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30 de Marzo del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
30 de Marzo del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

¿Ciudadanos o personas?
Si la interpelación viene de un régimen disciplinario, esta se convierte en una herramienta de opresión y disciplinamiento. Bajo estas circunstancias yo prefiero ser persona y no ciudadano. El correísmo ha construido su propia noción de ¨ciudadanía¨. El proceso no es nuevo, empezó en el 2007 con los eslóganes cursis que definieron la campaña del actual Presidente donde se anunciaba que quien amara a su patria debía necesariamente apoyar el proyecto político del economista.

Louis Althusser planteó el concepto de interpelación ideológica. Esta idea expone la diferencia entre individuo y sujeto. Un ¨sujeto¨ no es más que un individuo interpelado. Pongamos un ejemplo. Miremos a una persona cualquiera conduciendo por la ciudad. De repente el señor policía le interpela increpándole ¨oye tú detente¨. En ese momento nuestro individuo queda ¨sujeto¨ a la pesada estructura normativa diseñada para regular el tránsito y deberá dar explicaciones sobre su cumplimiento. Mientras el conductor le explica al oficial como su irresponsable  perro se comió la licencia de conducir el día anterior, su cuerpo es sometido de manera irrenunciable al laberinto de instituciones burocráticas creadas para disciplinarlo.

La interpelación no es necesariamente negativa. Las personas que cohabitan en una sociedad son interpelados como  ¨ciudadanos¨, porque han sido sujetos a una suerte de contrato social donde se establecen una serie de reglas de convivencia básicas.  Por supuesto, el significante ¨ciudadanía¨ varía enormemente en relación a quien es el actor que genera la interpelación. Desde la perspectiva liberal,  la ciudadanía esta basada en el respeto (relativo) por el individuo, el cual goza de derechos construidos para contrarrestar los poderes, estatales y privados, que puedan alienarlo, y cuyas obligaciones están basadas a su vez en los derechos de los otros miembros de la sociedad. El ciudadano, liberal, está protegido, (en teoría) de los excesos de poder del Estado o el mercado.  Desde luego, este modelo de democracia está muy lejos de ser perfecto y ha sido erosionado por los vicios de las sociedades modernas, particularmente la lucha de intereses que se desarrolla aún en el seno de as instituciones políticas.


Pero créame, hay cosas mucho peores que el modelo liberal de ciudadanía. Basta con ojear un libro de Milan Kundera (Checoslovaquia), o de Aleksandr Solzhenitsyn (Rusia) para entender que ser ciudadano en el bloque del este durante la guerra fría consistía básicamente en permanecer inmóvil  dentro del metro cuadrado que había trazado para ti el benévolo Estado soviético. Cualquier acción individual fuera de ese margen era pagado con alienación, intimidación o  un boleto para irse de vacaciones a alguno de los coquetos spas del archipiélago Gulag.

Ni hablar de lo que significa ser ciudadano en algún reino de ciencia ficción como Corea del Norte, o de ser una ciudadana de Irán, donde las chicas han de procurar cubrir sus curvas con un abrigo largo en pleno verano y usar una pañoleta sobre su cabellos, los cuales ha sido identificados como lascivos por las normas de interpelación de aquella nación. Frente a eso la noción liberal de ciudadanía es un mal menor. 

La palabra ¨ciudadano¨ es polisémica, y su significado dependerá del juego de lenguaje desde el que es enunciada. Ciudadanía no significa lo mismo para una militante feminista en la Suecia de los setentas que para un preso político en la Argentina de la misma época. Las palabras no son más que sonidos, significantes huérfanos a la espera de significado, y ninguna palabra ha sido más manoseada durante la historia que ¨ciudadano¨.

El correismo ha construido su propia noción de ¨ciudadanía¨. El proceso no es nuevo, empezó en el 2007 con los eslóganes cursis que definieron la campaña del actual presidente donde se anunciaba que quien amara a su patria debía necesariamente apoyar el proyecto político del economista. Además, la  Constitución del 2008 nos dijo que los derechos individuales y liberales eran negativos e imperfectos y que convenía dotar a la patria de derechos colectivos, es decir interpelar al individuo para que marche alegremente tras el flautista mágico del colectivismo.

Por supuesto el cebo se veía bonito, y poco a poco la sociedad ecuatoriana quedó enredada en un nuevo universo de significación donde la noción de ciudadanía liberal fue reemplazada por una nueva mitología política llamada ¨revolución ciudadana¨.  A partir de entonces, el ciudadano tendría derecho de aclamar al líder, y elegirlo cíclicamente corriendo de manera histérica en  una estupenda rueda de hámster conformada por la nueva institucionalidad correista. Por supuesto, intimidar a los opositores, es otro de los derechos del que gozan los relucientes ciudadanos revolucionarios.

Sin embargo, pienso que los individuos podemos negarnos a ser interpelados por una ideología opresiva. Las personas tienen pleno derecho de no aceptar ser sujetas a la pintoresca interpretación de ciudadanía que ha estructurado el correismo o cualquier otra propuesta colectivista, incluyendo aquellas que se autodefinen como críticas pero cuya base ideológica tiene vertientes dudosamente democráticas. En este contexto, me  llamó la atención que varias personas que se sumaron a la marcha del 19 de marzo se negaron a ser etiquetadas, incluso por los diferentes colectivos de oposición que estuvieron presentes. Esta es una muy buena señal, quiere decir que varios individuos han tomado distancia de las estructuras de acción colectivistas (revise la historia reciente del Ecuador, los populismos salen calientitos del útero del colectivismo acrítico) y han escogido la acción autónoma y reflexiva desde la suma de individualidades rechazando la ambigüedad de la masa.

La ciudadanía es algo positivo, solo si el concepto de ¨ciudadano¨ ha sido generado desde un proceso de acción comunicativa, en un ejercicio consensual, crítico e intersubjetivo dentro del mundo de la vida (tomo la idea de Habermas). Pero si la interpelación viene de un régimen disciplinario, esta se convierte en una herramienta de opresión y disciplinamiento. Bajo estas circunstancias yo prefiero ser persona y no ciudadano. Como dijo Charly García en una simpática canción dedicada al represivo estado argentino de los  setentas ¨si ellos son la patria yo soy extranjero¨.

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