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11 de Febrero del 2015
Ideas
Lectura: 9 minutos
11 de Febrero del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Claro que hay comediantes ingleses, ¡y qué buenos son!
¿Trató Oliver de ofender? Ese es el estilo del humor británico, aunque no se busca la ofensa sino la ironía, cruel y cómica. Y no hay duda que Correa ha dado motivo, porque todo lo que Oliver relató de Correa es verdadero (¿o se inventó algo?).

El humor británico, y dentro de él, el inglés tiene una de las más largas tradiciones en la cultura occidental. Desde el poema temprano medieval Beowulf, pasando por el padre de la literatura inglesa, Geoffrey Chaucer (1343-1400), y William Shakespeare (1564-1616) hasta esos maravillosos genios de los siglos XIX y XX como Gilbert K. Chesterton (1874-1936), Evelyn Waugh (1903-1966) y el irlandés que vivió 70 años en Londres, George Bernard Shaw (1856-1950), pasa una corriente del típico humor británico: sarcasmo dicho con la mayor naturalidad, lo que desarma a quien va dirigido. En la secundaria, mis compañeros y yo estudiamos y nos reímos con estos y otros autores británicos, pues nuestro maestro, Hernán Rodríguez Castelo, nos transmitió su entusiasmo por ellos.

Del rápido y sagaz humor británico es la anécdota contada miles de veces de cuando Shaw invitó a Winston Churchill (1974-1965), político con el cual no se llevaba muy bien, al estreno de una de sus obras de teatro, con una esquela que decía: “Venga usted con un amigo, si es que lo tiene”, a lo que Churchill contestó “Me es imposible asistir, acudiré a la segunda presentación, si es que la hay”. Y del propio Churchill la respuesta a aquella laborista que le dijo que de ser su esposa le daría veneno: “Y yo, mi querida señora, de ser su marido, me lo tomaría”.

Por eso, la respuesta de Rafael Correa al humorista John Oliver solo puede nacer de la ignorancia (cosa difícil) o de la soberbia (más de acuerdo con el perfil del personaje).

Preguntar en Twitter “¿Si han existido comediantes ingleses? Seguro?” (frase en la que hay dos faltas de ortografía, identifíquelas) demuestra que Oliver tiene razón en mofarse de la hipersensibilidad de Correa, aunque, claro, uno no esté de acuerdo con todas las palabras que utilizó.

Es peligroso generalizar pero de verdad que la cultura belga no se distingue por su sentido del humor, y tal vez eso ha influido para mal en Correa. O como decía más arriba, su reacción tuitera nace de la soberbia, innumerables veces comprobada en estos ocho años.

Ricky Gervais, un exitoso comediante británico, decía, en una columna en Time en 2011, que el humor británico es sarcástico y que se encanta en bajar a la autoridad uno o dos escalones de su pedestal. Solo por el gusto que les da. Y, añadiría, se explica por el gran escepticismo que todo británico tiene sobre la vida, los triunfos, los atletas, los políticos. No les gusta celebrar nada demasiado pronto. Como dice Gervais, a los niños gringos sus mamás y maestros les crían diciendo que pueden ser el siguiente presidente de EE.UU.; a los niños británicos les dicen: “Eso no sucederá contigo”.

Los gringos (y los belgas) no suelen entender la ironía. A veces asoma en sus mejores comedias, teatrales o fílmicas, pero lo cierto es que en la vida diaria, no la usan ni la entienden y están muy lejos de  los británicos, sean estos ingleses, escoceses, galeses o irlandeses, que la usan casi como preposiciones en el habla de cada día. Gervais explica que el molestar a los amigos (en lo que, por cierto, los ecuatorianos también nos gozamos, aunque no con el sarcasmo brutal de los británicos), es a la vez escudo y arma. Friegan sin compasión a las personas, tanto a las que quieren como a las que les caen mal. Y -¡esto es lo más importante!-, se burlan de sí mismos. Lo hacen porque su escepticismo se extiende hasta ellos mismos y eso les cura de la soberbia. Y si usan como dagas el sarcasmo y la ironía lo equilibran con porciones iguales de burla contra sí mismos. Es el permiso de los británicos para poder atacar al otro.

Esto, por supuesto, puede ser tomado con desagrado por los que reciben la broma. Pero los británicos ni se inmutan. Buscan encontrar una respuesta adecuada, humorística, sarcástica, que venza al adversario. Un libro que presté y nunca recuperé recopilaba anécdotas del Parlamento británico hay la de aquel parlamentario conservador que, antes de empezar la sesión, acaricia la calva de su contrincante laborista y le dice: “¡Oh, qué calva tan redonda, parece las nalgas de mi mujer!”. El laborista, sin inmutarse, se toca su propia calva, la siente un rato y dice “¡Es verdad!”. ¡Eso es velocidad mental! Eso es un boxeo intelectual. “Puede ser hasta un signo de afecto, si me caes bien, o una bomba contra tu ego, si me caes mal”, dice Gervais. “Lo único que te queda es discernir de cuál de las dos se trata”.

No puedo dejar de recomendar los listados sobre las series cómicas, tertulias, standups, comentaristas cómicos, programas cómicos de ciencia ficción, de las cadenas de televisión británicas (ver, por ejemplo, las que trae Wikipedia, clasificadas por los que usan más el doble sentido, la insinuación de mal proceder, el humor negro, la ironía política, etc.) Probablemente no hay en la Tierra un conjunto de espectáculos cómicos como los que ha tenido las últimas décadas la televisión británica, ¡y a Correa se le ocurre preguntar si ha habido comediantes ingleses! Albarda sobre aparejo.

El Presidente del Ecuador está haciéndose famoso por las razones equivocadas: cada vez se conoce en el mundo su represión a la prensa libre; sus venganzas contra quienes le gritan algo en la calle; sus amigos dictadores; su persecución a los activistas sociales, ecológicos, anti mineros; y su “madre de todas las batallas”, la de sus trolls con los demás  trolls, y ahora por entrar a la polémica con un comediante británico de la cadena HBO, que tiene un promedio de 2 millones de personas en su teleaudiencia en EE.UU., y que también transmite semanalmente su programa en Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Hungría, Brasil, Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, mientras muchos segmentos del programa llegan a ser vistos en Youtube por varios millones de internautas.

Si Oliver fue cruel y cínico con Correa, es porque él se lo buscó con su delirante guerra contra quienes le critican en Twitter y Facebook. ¿Trató Oliver de ofender? Ese es el estilo del humor británico, aunque no se busca la ofensa sino la ironía, cruel y cómica. Y no hay duda que Correa ha dado motivo, porque todo lo que Oliver relató de Correa es verdadero (¿o se inventó algo?).

Lo que nunca logrará el aparato comunicacional de Correa es que Oliver y su programa Last Week Tonight with John Oliver o HBO ofrezcan disculpas. No lo hizo con el primer ministro de Australia ni con el príncipe  heredero de Tailandia, al que llamó bufón e idiota. Que los caricaturistas rectifiquen (y que, como Bonil, muestre al hacerlo su genialidad) Correa lo logra con su feroz aparato represivo interno. Pero él y sus secuaces están locos si quieren aherrojar a la prensa en el exterior. En este episodio en particular, Correa obtiene cada vez más popularidad negativa: ya varios medios estadounidenses han recogido la noticia y Correa queda peor en cada artículo que aparece. El propósito de Oliver era que la gente se riera, pero también que pensara, y parece que lo que está logrando.

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