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8 de Marzo del 2021
Ideas
Lectura: 6 minutos
8 de Marzo del 2021
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

A clases: ¿suicidio colectivo?
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Un mundo de pobrezas nos atraviesa y nos hace. Pobrezas económicas. Pero también éticas y lógicas. Las primeras dan cuenta de nuestro subdesarrollo económico. Las segundas, de nuestras carencias lógicas y éticas.

La pandemia es la pandemia. Y no hay forma de, como niños, taparse los ojos para convencerse de que las cosas ya desaparecieron o que no son tan graves. Posiblemente sea demasiado prematuro pensar que, porque ya ha transcurrido más de un año, las condiciones epidemiológicas no han cambiado significativamente en bien. 

Hace un par de días falleció, víctima del coronavirus, un médico clínico, compañero de labores: uno más en esa serie de profesionales de la salud que han dado su vida por cuidarnos, por estar al pie del cañón. Solo podemos pensar en sus familias para quienes no existe lógica alguna que explique y justifique esas muertes. 

Un mundo de pobrezas nos atraviesa y nos hace. Pobrezas económicas. Pero también éticas y lógicas. Las primeras dan cuenta de nuestro subdesarrollo económico. Las segundas, de nuestras carencias lógicas y éticas.

No se trata de valorar con la misma balanza el peso simbólico de los cuidados asumidos para evitar los contagios y las exigencias de educación presencial que posee la población escolarizada, desde la educación básica hasta la universitaria. 

No vivimos en un estado de excepción por necedad del poder. No. Lo excepcional proviene de la asesina presencia de un mal al que no se lo puede dar la espalda ni un minuto. Tampoco alguien puede, como niño, taparse los ojos para que mágicamente desaparezca el mal. Nadie puede hacerse el sordo y el ciego para ni ver ni escuchar los ayes de dolor que no cesan en el país por la muere de seres queridos a causa de la Covid 19. 

El cambio de situación frente al mal no depende tan solo del tiempo transcurrido, tal como creen algunos. No porque ya hemos pasado más de un año en cuarentena, los niños ya estarán seguros y listos para su retorno a las aulas. No es el tiempo el que nos inmuniza sino la vacuna.

Es cierto que los niños aprenden mejor en su escuela, con su profesor y sus compañeros. Es cierto que el trabajo presencial suele ser mejor que el trabajo a distancia. También es cierto que estar sanos y seguros es mejor que vivir en la incertidumbre y la enfermedad. 

parecería prematuro que tanto los municipios como el ministerio de educación pretendan reiniciar labores educativas presenciales, aunque solo sea de manera experimental. ¿Qué es lo que van a experimentar?

Es igualmente cierto que la pandemia no ha desaparecido. Sin duda han mejorado ciertas condiciones personales y sociales, lo que nos permite vivir un poco más en libertad. Pero el mal no ha desaparecido, ni aquí ni en ningún país. Se halla en medio de nosotros y no sabemos hasta cuándo. Por ende, continúan los contagios y también las muertes, incluidas las de seres queridos. 

Se pensó que el coronavirus respetaba a los niños. Pero no es así, aunque parecería que son menos propensos a infectarse. Es decir, el riesgo existe. Y, probablemente, si los niños de distintas familias y barrios diversos se agrupan en la escuela, la probabilidad de contagio será proporcionalmente mayor. ¿Vale la pena exponerlos tan solo por razones académicas? 

¿Y los maestros y maestras? Posiblemente estén sanos al iniciar el retorno a clases. ¿Quién podrá asegurar que permanecerán sanos indefinidamente? ¿Es que estarán vacunados? Lo único cierto, en torno a la vacuna, es que el país representa la última rueda en el coche del sistema regional de salud. Es mejor que nadie se dé el lujo de permanecer adherido a las fantasías creyendo que son realidad. Lo impredecible del contagio debe permanecer como alerta incuestionable.

También es probable que sean profesoras y profesoras que, ya hartos del encierro, quieran retornar a sus centros educativos como única alternativa para huir del encierro. Pero el país exige cautela, prudencia e inteligencia. No hacen falta ni más enfermos ni más muertos.

¿Y la vacuna? En realidad, es un tema que aun pertenece al mundo mágico del poder. Ya llegó ese puñado de vacunas que lo administró tan alegre y caritativamente un ministro de salud. Ahora hay más pero apenas si alcanza para una parte pequeña y muy seleccionada del personal de los centros médicos y clínicas. A la mayoría le corresponde la paciencia y la esperanza. 

Por ende, parecería prematuro que tanto los municipios como el ministerio de educación pretendan reiniciar labores educativas presenciales, aunque solo sea de manera experimental. ¿Qué es lo que van a experimentar? ¿Acaso cómo el virus se transmite en grupos de estudiantes y maestros? ¿Acaso ya poseen las excelentes estrategias de prevención aun no descubiertas todavía? 

Posiblemente no valga la pena ese intento. Sería mejor que todos nos armemos de más paciencia y de más lógica. Es preciso aceptar en toda su dimensión las limitaciones que nos han impuesto las condiciones del coronavirus. Ningún maestro, ningún estudiante se morirá por no asistir a la escuela. Pero posiblemente sí por el coronavirus.

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