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21 de Marzo del 2022
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Marzo del 2022
Gonzalo Ordóñez

Es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito; Magíster en Comunicación, con mención en Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.

Coaching sexual y política
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La relación entre una dominatriz y su sumiso es un acuerdo moral, estético y sexual; en el cual el sumiso se libera de los prejuicios y el miedo al estigma de una masculinidad que responde a las relaciones de poder establecidas, pero no a su humanidad.

En el programa de la radio universitaria Voz Andina Internacional, Los Observadores, que conduzco, junto a Luiz Enríquez, entrevisté a Zelda Zonk quien es una ciberactivista por los derechos de las trabajadoras sexuales y coaching sexual para todo tipo de problemas. Destaco, por ejemplo, su asesoramiento para la sexualidad de personas discapacitadas, un respiro de humanidad para las personas involucradas y sus familias.

Sobre el ciberactivismo, Zelda comentó que, en su trabajo de apoyo a las servidoras sexuales, la recuperación de la autoestima pasa por romper el prejuicio social de que no es “un trabajo honrado”.

Un trabajo honesto es el que produce ingresos sin engañar por los resultados ofrecidos. ¿Es honesto el empresario que disminuye el tamaño del pan, pero mantiene su precio? ¿Los asambleístas que se retiran antes de la discusión de un proyecto de ley, que puede afectar negativamente a la gente, con el fin de obtener ganancias políticas, hacen un trabajo honrado? ¿Es decente el trabajo de un taxista que truca el taxímetro? ¿Qué decir del mecánico que cambia piezas nuevas por viejas de otros vehículos? ¿El del burócrata que obtiene el puesto por presión política y no por sus capacidades?

Zelda ha sufrido múltiples embates por la hipócrita moralina social; han bajado sus plataformas publicitarias y de contacto. Esto es posible en democracia, únicamente, porque se confunde moral con ética. La moral es personal, usted puede considerar sucio y depravado el BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo), pues la solución es muy sencilla, no sea curioso, no se entrometa. Ahora, si usted y muchas otras personas están de acuerdo, sigue siendo un problema moral, que un grupo esté de acuerdo o en contra no cambia que sea un asunto moral.

De otra parte, la ética es social, significa que se regulan los límites y posibilidades del comportamiento personal en función del mayor grado de libertad posible. “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. De acuerdo, pero básico, tampoco “hagas a los demás lo que te gusta que te hagan a ti”.

Esta confusión, cuando pasa por quien nos gobierna, conduce a la violencia; a veces a masacres humanas. Un recordatorio de esto es la insensible discusión sobre el aborto por violación. Que una persona no esté de acuerdo por sus convicciones, es su problema, pero que esa persona sea un asambleísta o un presidente lo vuelve un problema para las mujeres, niñas violadas y de las familias sin recursos que tienen que cargar con la irresponsabilidad de los moralistas.

La ética se basa en la información científica de mayor actualidad disponible, en el análisis social de la situación y en la mejor salida para las partes involucradas, no las interesadas.

La relación entre una dominatriz y su sumiso es un acuerdo moral, estético y sexual; en el cual el sumiso se libera de los prejuicios y el miedo al estigma de una masculinidad que responde a las relaciones de poder establecidas, pero no a su humanidad.

Mencioné el BDSM porque Zelda también es dominatriz. ¡Oh! Lector estoy mirando su cara, mezcla de curiosidad, asombro y miedo no confesado. Seguramente usted pensaba como yo, que la relación entre un sumiso y una dominatriz consiste en el acto sexual con violencia.

¡Ignorancia no me poseas! Para nada, es una relación basada en la confianza, que permite al sumiso reconocerse a sí mismo. Recomiendo mirar la serie Bonding, en la plataforma Netflix, para comprender, por ejemplo, que el sexo puede ser innecesario o complementario, no es lo relevante.

Como dice la protagonista, Tiff: “Todos piensan que la dominación es sexo. Y en realidad es liberarse de la vergüenza” que proviene de la ruptura de los roles asignados socialmente y la posiblidad de ejercer un rol faltante en la construcción de la personalidad; lo que convierte, además, a la relación dominatriz–sumiso en un acto político, pues cuestiona el derecho individual a juzgar la intimidad del otro.

“En cada caso, la gente define el criterio de un grupo y se pregunta por qué el otro grupo es diferente” (Meyers, 2005). Pero la definición del criterio solo vale para el grupo, de ninguna manera para el otro, simplemente porque es diferente.

La idea de que las personas distintas a mí, poco o demasiado, deben parecerse a mis criterios de lo que es una persona, está en la base de todo autoritarismo, es la fuente que alimenta al populista, la clave de la manipulación social.

Cuando un líder dice orgulloso que su posición es radical porque está defendiendo al pueblo, los desvalidos, los pobres, afirma que quien no esté de acuerdo será un enemigo, Seguramente este líder recibirá poder de quienes lo apoyen, también se fortalecerá con la derrota de sus opositores.

En cada uno de nosotros, un temor, una herida, una carencia del pasado formó una idea que nos protege de los cambios y de la incertidumbre. Cuando nos falta alegría, humanidad, amor, esas ideas se transforman en proclamas morales esperando la oportunidad de imponerse a otros. 

Ocurre con las parejas románticas, entre padres e hijos, sobre todo, en la política de los extremos; el lugar donde las emociones pueden convertirse en estiércol y apestar la diversidad humana. Es sabido que los líderes con discursos más radicalmente sociales, al llegar al poder, también se convierten en los gobiernos más vergonzosamente moralistas, sexistas, xenófobos y crueles; lo que es comprensible, pues los extremos son cobardes, su incapacidad de ceder o negociar invariablemente conduce a obligar la aceptación de sus ideas por la fuerza simbólica (de las instituciones públicas) o por la violencia.

La relación entre una dominatriz y su sumiso es un acuerdo moral, estético y sexual; en el cual el sumiso se libera de los prejuicios y el miedo al estigma de una masculinidad que responde a las relaciones de poder establecidas, pero no a su humanidad. Ceder poder a una mujer, un hecho político que afirma la diversidad como eje de la convivencia. 

Los moralistas son cobardes: la vida que no pueden lograr, que temen o que no quieren vivir, se la impiden a otros, para no sentirse culpables por la inconformidad con sus propias vidas.

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