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6 de Septiembre del 2017
Ideas
Lectura: 7 minutos
6 de Septiembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

De cómo olvidarse de la corrupción
El corrupto invierte los códigos que sostienen la vida cotidiana. Es decir, los códigos mediante los cuales los sujetos se relacionan entre sí sobre la base de la veracidad de lo que se afirma y que se transmite al otro. Lo primero que se corrompe es, pues, el lenguaje hasta el punto de crear un nuevo sistema comunicacional sostenido en la mentira.

Quienes ejercen el poder poseen la incompresible cualidad de descomponer las normas que rigen su ejercicio y la virtud de convivir con lo putrefacto e incluso de gozar de ello. Corrupto es aquel que se beneficia de los dones del poder, el que engaña desde el poder, el que utiliza los bienes y servicios del poder para su propio beneficio. Es corrupto quien utiliza los lenguajes del poder para engañar, para disfrazar la maldad con vestimentas de honorabilidad, de verdad y de justicia.

El corrupto invierte los códigos que sostienen la vida cotidiana. Es decir, los códigos mediante los cuales los sujetos se relacionan entre sí sobre la base de la veracidad de lo que se afirma y que se transmite al otro. Lo primero que se corrompe es, pues, el lenguaje hasta el punto de crear un nuevo sistema comunicacional sostenido en la mentira. Con este nuevo lenguaje se comunican entre sí los corruptos y saben exactamente lo que quieren decir, por ejemplo, con vidrio: cuando lo dicen y lo escuchan, ninguno de ellos se equivoca.

De hecho, en política, los más importantes discursos sobre la verdad y la honorabilidad han sido producidos por personajes absolutamente corruptos que, desde las tarimas del poder, ya ni siquiera se sonrojan cuando hablan de respeto al otro y a renglón seguido destruyen la honra del adversario, del opositor, de todos aquellos que no comulgan con sus ideas. La primera gran corrupción se produce, pues, en los lenguajes. Cuando mencionan términos como honorabilidad, verdad, sinceridad, no dicen lo que los otros entienden porque estas palabras han sido previamente despojadas de su sentido.

Los corruptos enmascaran, pues, su posición perversa con profundos y sesudos discursos sobre la verdad, la justicia y la honorabilidad. Más aún, incluso se convierten en apóstoles de la verdad y hasta invocan el martirio en su nombre. Así logran que los otros, los pueblos, las masas, los consideren tan inmaculadamente veraces y honestos que resulta lógico depositar en ellos toda fe y toda confianza.

Sin embargo, quien mucho habla de la pera, comérsela quiere. Todavía se escuchan los ecos de los megarrelatos sobre la verdad y la honorabilidad de los políticos del régimen anterior, en especial del expresidente que todavía ahora no cesa de pontificar y de engañar. Puesto que no es fácil solapar mentiras y engaños, se torna prácticamente indispensable sostener el discurso del engaño con un engaño más. Desde ahí se acusa a los otros, en especial a los inocentes, de corrupción y de maldad.

Entonces las miradas ya no se posan sobre el verdadero corrupto sino sobre aquellos a quienes el poder ha acusado de tales. Ya no se persigue a los infames que vendieron su conciencia por millones de dólares sino a quienes se juntan para identificar los actos corruptos y denunciarlos públicamente. Como hizo el ex procurador corrupto con la comisión anticorrupción: con qué gentileza y santidad los perdonó. Los mismo cabe para los jueces que los sentenciaron.

Así se entiende cómo, en un gobierno que se dedicó a tiempo completo a predicar la verdad y la honradez, haya crecido y prosperado de manera insospechada el mal de la corrupción. ¿Cómo fue posible que en el país de “las manos limpias y de los corazones ardientes”, se hayan dado probablemente los actos más corruptos de la historia contemporánea del país? ¿Por qué fue hecho para la corrupción?

En tiempos del correato, se hizo de la verdad y de la honradez proyectos de vida cotidiana. Pero rápidamente se evidenció que se trataba únicamente de un slogan para vender la imagen de un presidente prepotente y para justificar un sinnúmero de acciones realizadas al margen de la ley. Con el discurso de las manos limpias se violaron de manera patética y permanente los derechos de los ciudadanos. Corazones ardientes de millones de dólares obtenidos ya sea a través de la justicia o bien en las coimas por contratos maquiavélicamente elaborados.

El malhadado 30S constituye un ejemplo clarísimo de ese manejo perverso y pernicioso no solo del hecho en sí mismo sino de las consecuencias sociales y políticas que se produjeron. De un acto absolutamente indigno de un presidente que desnuda su pecho y pide que le disparen unos policías que protestan por algo que supuestamente atenta en contra de sus intereses, a una rebelión policial planificada existe un inmenso trecho que solo la perversión del poder y de las palabras puede llenar. El 30S sirvió a Correa para intentar construir la imagen de mártir y de héroe.  

Sin embargo, ese acontecimiento evidenció que ya se habían pervertido los órdenes del saber, de la verdad y de la justicia. Ese día el país transitó de la manera más infame, de la ruta de la villanía a la heroica victimización. Este se transformaría luego en el modelo con el que el poder se victimizaría y perseguiría a los otros en la década ganada.   

Entonces, la corrupción se convirtió en preclara virtud del poder llegando a invadir espacios importantes del gobierno tal como lo revelan las actuales investigaciones internacionales y nacionales. Con esa virtud se hizo silencio sobre la vergonzosa valija diplomática, sobre los pativideos. Con ese silencio se realizaron despedidas con champagne y flores a los falsos economistas, a ministros y asesores usurpadores de cientos de miles y de millones de dólares. Desde la benevolencia de la complicidad, se les concedió tiempo suficiente para arreglar sus cosas e irse fuera. Solo entonces, el Fiscal General se tornaba hacendoso y ordenaba su captura.

Son ellos los que, desde dentro y desde fuera del país, no se amilanan ante el absurdo de dar a todos lecciones de honorabilidad y de verdad.

[PANAL DE IDEAS]

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