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30 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 4 minutos
30 de Septiembre del 2015
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

¿Cómo se preserva la credibilidad?
No veo que se pueda resguardar la credibilidad por medio de eslóganes, campañas de mercadeo, propaganda o con aquellas cancioncillas pegajosas, con un dejo de liturgia, aunque de baja calidad estética, que aluden al estilo de los responsables de la mercadotecnia de la RC, seguramente porque sus autores, productores e intérpretes son los mismos.

La revelación divulgada en una sabatina, sobre la existencia de un tesoro en la RC, me ha recordado aquella canción de Joan Manuel Serrat, Una de piratas. Y al volverla a escuchar, me he sorprendido por su clarividencia e ingenio para describir a quienes se sienten poseedores de un tesoro, cuando apenas son dueños de la mitad de un mapa de algún lugar remoto, obtenido siempre en un momento del pasado.

El tal tesoro, en el caso del correísmo, tiene un nombre que a todos gusta, aunque pocos lo puedan reivindicar: credibilidad.

¿Cómo se consolida la tenencia de este tesoro, el de la credibilidad?

Una primera respuesta es con la práctica permanente de la coherencia, de la consistencia, de la transparencia y de la autenticidad. La presencia de contradicciones, de inestabilidades, de ambigüedades y de simulaciones impide que se forje tal fortuna.

No veo que se pueda resguardar la credibilidad por medio de eslóganes, campañas de mercadeo, propaganda o con aquellas cancioncillas pegajosas, con un dejo de liturgia, aunque de baja calidad estética, que aluden al estilo de los responsables de la mercadotecnia de la RC, seguramente porque sus autores, productores e intérpretes son los mismos.

La credibilidad, calidad del creíble, de quien merece ser creído, implica confianza. Nadie puede ser obligado a creer en otra persona ni a confiar en ella. La credibilidad, por tanto, no la podemos imponer, ni comprar, ni inventarla de la nada. La ganamos libremente, por medio de las actitudes que desplegamos y por cómo ellas son percibidas por los otros, por quienes se encuentran en nuestro entorno.

Conseguirla puede demandar llevar toda una vida límpida. Perderla puede ser producto de un instante. Mientras mayor sea la credibilidad acumulada por un individuo, colectivo o institución, más difícil será malograrla, pues habrá almacenado un buen capital que le alcanzará durante un largo trecho. Pero si la disipa, la gasta, la derrocha, pretender recuperarla puede resultar una empresa cuesta arriba, quizá un imposible: un tesoro extraviado porque el plano de su ubicación fue engullido por las olas.

La credibilidad supone ausencia de maquillaje, mostrarse con la cara lavada, sin afeites ni imposturas y vivir valores éticos. El acompañarse por un séquito de  cortesanos, de aduladores o de escoltas enmascarados no contribuye a la credibilidad. Tampoco la sorna, la prepotencia o la amenaza. Peor el mantener un discurso puertas afuera y otro, en sus antípodas, puertas adentro.

Poco aporta para el mantenimiento de la credibilidad el negarse a admitir una realidad desagradable, perseverar en una conducta rechazada por muchos, evitar toda crítica y cerrar los ojos ante lo evidente. Actuar así equivale a operar como el pirata de la canción, dueño de un lorito que habla en francés y repite “una historia que no es”.

La credibilidad, sinónima de la fiabilidad, reitero, está vinculada con la realidad. Perseverar en repetir afirmaciones inadmisibles, por falsas, socava y debilita la confianza en la palabra de quien las enuncia. De ello puedo deducir que la credibilidad exige una buena dosis de autocrítica, capacidad de reflexión y humildad para reconocer errores. Solo así quien aspira a atesorarla podrá mantenerla y recuperarla, a cuenta de deshacer eventuales entuertos.

Lamentablemente, muchos dueños de supuestos tesoros disponen también de un caudal de soberbia y de ceguera que les causa daño sobre todo a sí mismos. Así solo inducen a que la suya sea una más de aquellas historias que, como las de los piratas, no tenga un “final feliz”.

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