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2 de Marzo del 2022
Ideas
Lectura: 11 minutos
2 de Marzo del 2022
Rubén Darío Buitrón
Comunicación: la guerra perdida de Putin
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Encerrado en su burbuja, y aunque unos dicen que está loco y otros que su desesperación puede llevarlo a tomar decisiones bélicas gravísimas para el mundo, los desafíos le llegan de todas partes: millones de ciudadanos se concentran cada día en las principales plazas de París, Berlín, Londres, Varsovia, Praga, Roma y otras grandes capitales de Europa para rechazar la orática invasión a Ucrania.

El domingo 27 murió en combate la escritora y periodista ucraniana Iryna Tsvila, quien desde el primer día que se anunció la invasión rusa vistió su traje militar y salió, junto con su esposo -también asesinado- a defender la frontera ucraniana.

Iryna era una valiente escritora que luchaba contra cualquier amenaza a la estabilidad y a la paz interna en su país. Fue quien editó y publicó el conmovedor libro “Voces de la guerra. Historias de veteranos”.
Su muerte desató la ira, el dolor, la rabia y alentó, aún más, el deseo de luchar entre los ucranianos, civiles y militares, que no le han hecho fácil a Rusia su abusiva invasión.

Qué equivocados estuvieron quienes hace dos décadas confiaban o esperaban que el líder ruso Vladimir Putin, erigido en una suerte de monarca del siglo XXI, modernizara la sociedad rusa y liderara a su pueblo con un sistema democrático que durante siglos le fue negado por el poder detentado desde los zares feudalistas del siglo XIX hasta la tiranía del comunista Josep Stalin.

La caída del muro de Berlín, en 1988, no fue para la jerarquía rusa un nuevo amanecer para la paz en el mundo, sino una humillación. Y aunque parecía que se vendría el descongelamiento de la guerra fría entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos, en realidad Putin, la oligarquía y los altos exjefes de la KGB que lo rodean diseñaron pacientemente un gobierno autoritario, implacable, intolerante y abusivo.

Si con el temible Stalin no existían las libertades, tampoco existen con Putin, quien, en reiteradas veces (aunque dice repudiar la estructura del disminuido partido comunista en su país), ha perfeccionado los métodos de tenencia absoluta del Estado mediante el rígido control de los poderes ejecutivo, legislativo, judicial, electoral, militar, policial, mediático, sindical y social.

La libertad de expresión y de prensa, la libertad de reunión y de asociación son mitos en la Rusia de Putin. Quien se atreva a intentar ejercerlas tiene dos destinos: la cárcel en las heladas estepas de Siberia o el asesinato.

En ese país, hoy desnudado en sus intenciones neoexpansionistas al atacar Ucrania, no solo hay censura a las libertades tradicionales sino a todo lo que pudiera significar una fuga de información o de opinión deliberante dentro y fuera del país. Hace dos años, Putin endureció sus leyes contra los contenidos en redes sociales y contra quienes comenten online en cualquiera de las plataformas.

La nueva normativa permite al gobierno bloquear, cerrar y censurar sitios de internet y hasta condenar a prisión o a la muerte a los opositores.

Ocho años antes, en el 2012, una jueza condenó a dos años de cárcel a las cantantes del grupo Pussy Riots por su “rezo en contra de Putin” durante una ceremonia religiosa de la iglesia ortodoxa.

Seis años atrás, el 7 de octubre de 2005, justamente el día del cumpleaños de Putin, en un gesto macabro sus fieles asesinos entregaron al presidente, como regalo por su onomástico, el cadáver de la prestigiosa periodista Anna Politkosvskaya. Ella era la investigadora del diario Nóvaya Gazeta y dirigía, personalmente, las investigaciones contra los abusos del ejército ruso en Chechenia, donde las fuerzas leales a Putin masacraron a más de cien mil ciudadanos que exigían autonomía y libertades.

Anna Politkosvskaya había anticipado que su vida corría peligro, pero que no dejaría de publicar sus investigaciones contra las brutalidades del Kremlin. La mataron cuando anunció que en su periódico estaba por aparecer un informe periodístico clave en la indagación sobre los crímenes en Chechenia.
El líder checheno de entonces, Ramzan Kadirov, ya anunciaba al mundo lo que vendría con un Putin cada vez más desalmado y enloquecido por el poder total, pero el planeta estaba, como siempre, dedicado a olvidar los horrores que también cometían y cometen la OTAN y los Estados Unidos en sus invasiones a Irak, a Siria, a Yemen, a Afganistán… Y también a declarar amnesia frente los otros horrores, que ya se han vuelto cotidianos, frente al juego geopolítico de “Occidente”, cómplice directo o indirecto del sistemático genocidio del brutal ejército de Israel contra el frágil pueblo palestino.

Los estudiosos de la trayectoria de Putin afirman que su ambición de poder la venía cultivando desde que era un obscuro agente de la KGB soviética (similar a la CIA norteamericana) en los tiempos en que bajo la presidencia de un enfermo e incapaz presidente Leonid Breschnev empezó a derrumbarse la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Poco a poco fue construyendo su imagen y su figura hasta que, cuando llegó la debacle y la extinción de la URSS, Putin había ascendido sigilosamente hasta llegar a controlar el país cuando entendió que para llegar al poder absoluto tendría que contar con el apoyo de los nuevos oligarcas corruptos y mafiosos (conocidos como “la familia”), con la motivación y el rearme a un ejército desmoralizado, con el dominio de las instituciones jurídicas y constitucionales y con la fresa en el pastel: los medios de comunicación, sobre todo los canales de televisión, de los cuales se apropió persiguiendo, encarcelando y obligando a los dueños de esos canales a entregarlos al Estado.

Encerrado en su burbuja, y aunque unos dicen que está loco y otros que su desesperación puede llevarlo a tomar decisiones bélicas gravísimas para el mundo, los desafíos le llegan de todas partes: millones de ciudadanos se concentran cada día en las principales plazas de París, Berlín, Londres.

Así construyó una red televisiva totalmente sumisa al régimen y luego expandió sus dominios e influencia al crear el canal internacional Russian Today (RT) y el servicio mundial de noticias Sputnik.
Con todas las herramientas del poder, Putin ha mantenido en el analfabetismo informativo a los ciudadanos rusos, cuya gran mayoría solo tienen una versión del mundo: la que el intolerante y cruel mandatario decide que se difunda.

Pero cuando el jueves 24 de febrero de este año decidió iniciar la invasión a Ucrania empezó a mostrar sus flaquezas y debilidades.

Cortó totalmente la posibilidad de que llegaran a Rusia las señales de otros medios de televisión e internet (en especial de los países cercanos y de Europa y EEUU) y prohibió que los ciudadanos rusos intentaran acceder a otras fuentes que no fueran las oficiales.

Los europeos le respondieron igual: bloquearon por completo las señales de RT y Sputnik y Putin se quedó sin sus parlantes mediáticos y políticos.

La interrupción del internet en Rusia para que no funcionaran las redes sociales tampoco le resultó: la respuesta fue del multimillonario estadounidense Elon Musk, quien activó su satélite Starlink para que toda Ucrania y sus países vecinos tuvieran plena comunicación, tanto de los medios como de las redes y del internet.

Sin la posibilidad de aterrorizar al mundo con sus mensajes apocalípticos que incluyen la posibilidad de un ataque nuclear a Ucrania y a sus aliados (que son, por mayoría absoluta, todos los países que integran la OTAN, la Unión Europea y Estados Unidos), Putin va perdiendo una de las principales batallas que se libran en una guerra: la de la comunicación.

Encerrado en su burbuja, y aunque unos dicen que está loco y otros que su desesperación puede llevarlo a tomar decisiones bélicas gravísimas para el mundo, los desafíos le llegan de todas partes: millones de ciudadanos se concentran cada día en las principales plazas de París, Berlín, Londres, Varsovia, Praga, Roma y otras grandes capitales de Europa para rechazar la orática invasión a Ucrania.

Hasta países tradicionalmente neutrales, como Suiza, han decidido enviar ayuda militar, económica y logística a quienes resisten en Ucrania. Un gesto que conmovió al mundo fue el ocurrido en Lisboa, Portugal, cuando entró a la cancha el jugador ucraniano del Benfica, Ivan Yavemchuk. La ovación, que al futbolista le estremeció hasta las lágrimas, fue total y duró al menos unos diez minutos. El mundo no quiere guerra y así se lo hace saber al invasor Putin.

Lo que se le viene al jerarca ruso es muy difícil si no logra salir de la burbuja en la que está metido. Las transnacionales informáticas Apple y Google cortarán el acceso de Rusia a sus playstores pero, sobre todo, a las plataformas de smartphones que usan en Moscú y en todo la nación.

La valiente periodista ucraniana Anastania Lapatina, quien cuenta con más de un millón de seguidores en Twitter, informa cada media hora lo que ocurre dentro de su país y sus contundentes mensajes llegan a todo el mundo.

Uno de los más recientes, que ayuda a entender lo que está pasando en estos momentos, es este: “Putin pensó que la invasión era cuestión de dos o tres días, pero nunca se le ocurrió reflexionar que los ucranianos tenemos una enorme capacidad de resistencia y un profundo amor a nuestro país”.

[PANAL DE IDEAS]

Natalia Sierra
Pablo Piedra Vivar
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Carlos Arcos Cabrera
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Andrés Quishpe
Alfredo Espinosa Rodríguez
Giovanni Carrión Cevallos
Fernando López Milán
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