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29 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
29 de Octubre del 2019
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Con democracia, todo. Sin democracia, nada
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A pesar de las recientes crisis en Chile, en Ecuador, no olvidemos a Perú y la indoblegable tiranía de Maduro, considero que profundizar y perfeccionar la democracia es el único camino posible para garantizar equidad y los derechos básicos que América Latina ha conquistado en estos años

En 2014, el PNUD encargó a Dante Caputo (1943-2018) preparar un detallado informe sobre la democracia en América Latina (Democracia en A. Latina). Resultó una decisión acertada. Caputo fue Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Raúl Alfonsín y responsable de las negociaciones entre Argentina y Chile por el canal de Beagle, diputado de la Nación ⎯como se dice en Argentina⎯, académico y funcionario internacional. Traigo a colación su hoja de vida para destacar la seriedad del estudio sobre nuestras democracias, aunque de poco sirva hoy, en el dominante mundo de las «noticias falsas».

En Ecuador se consultó a expresidentes, incluyendo a Lucio Gutiérrez, a diversos personajes públicos y ⎯como no podía ser de otra forma⎯ a dos destacados dirigentes del movimiento indígena de aquellos años: Miguel Lluco y Mariano Curicama. Si bien son polvos de otros lodos, cabe recordar que ambos fueron expulsados de la CONAIE y Pachakutik en 2012. Lluco fue uno de los fundadores del partido político Pachakutik, en tanto que Mariano Curicama fue el primer prefecto kichwa de Chimborazo. La razón de la expulsión fue que aquellos dos líderes querían mantener el acuerdo político firmado con Alianza País en 2009, que se había puesto en duda cuando el correísmo comenzó a golpear al movimiento indígena. Dos conclusiones: a) la alianza entre el correísmo y algunos dirigentes del movimiento indígena tiene larga data y, dados los acontecimientos de octubre, se mantiene; b) la tesis de la manipulación y de los infiltrados no tiene asidero alguno. Retornemos a nuestro tema. 

¿Qué nos dice el informe de Caputo? En América Latina, la democracia y la vida republicana iniciaron el camino juntas, hace algo más de doscientos años. Si comparásemos el momento fundacional de las repúblicas y la actualidad, la diferencia sería abismal: es un ejercicio vano. En todo caso, asediada por caudillos, dictadores civiles y militares, movimientos insurreccionales, crisis económicas letales, la democracia fue ganando espacio. En Chile y Uruguay encontró tierra fértil, en el caso de Chile con la interrupción de la dictadura de Pinochet. En otros países, con períodos más o menos oscuros, la democracia retornó como punto central de la lucha política. Luego de largas y, en muchos casos dolorosas luchas, llegó enriquecida con nuevos derechos para grupos sociales y políticos, por lo general excluidos del sistema. Un camino difícil, lleno de obstáculos, con retrocesos y avances que ha desembocado en una inédita experiencia democrática de treinta años ⎯con excepciones⎯ en toda América Latina. Desde la perspectiva de la ampliación de derechos, el saldo es netamente positivo. Sin embargo, existen áreas en que los avances han sido muy limitados o nulos. Uno de los mayores obstáculos ha sido la incapacidad de la democracia en América Latina para construir sociedades menos desiguales, más equitativas. El desafecto creciente de amplios grupos sociales, especialmente los jóvenes, guarda estrecha relación con la desigualdad y la falta de oportunidades. El caso de Chile es esclarecedor: con un crecimiento económico impresionante, sus beneficios se concentraron en pocas manos con la consecuente profunda insatisfacción que finalmente estalló. La corrupción ha desatado una profunda desconfianza sobre las instituciones de gobierno, el sistema político y de justicia. Y la enorme y avasalladora fuerza del populismo ⎯convertido en el gran contradictor del llamado neoliberalismo⎯ ofrece, dilapida y crea un círculo perverso en la política que lleva a los sistemas democráticos a un callejón sin salida. 

A pesar de las recientes crisis en Chile, en Ecuador, no olvidemos a Perú y la indoblegable tiranía de Maduro, considero que profundizar y perfeccionar la democracia es el único camino posible para garantizar equidad y los derechos básicos que América Latina ha conquistado en estos años.

Es evidente otro problema mayúsculo sobre el que insistió mi amigo Santiago Carcelén cuando conversamos sobre este tema: los mecanismos tradicionales de la representación política como los partidos políticos ya no cumplen con su función, si alguna vez la cumplieron. No es un problema acotado a América Latina. Contrariamente afecta en mayor o menor medida a las democracias. Los partidos políticos han dejado de ser el canal de representación de las demandas ciudadanas para convertirse en mecanismos de acceso al poder, a recursos públicos y a privilegios de pequeños grupos de interés. Su legitimidad está cuestionada. Sobrepasados por las grandes movilizaciones, ni aun los partidos llamados de masas han podido levantar sus banderas. ¿Puede sobrevivir una democracia sin partidos? ¿Qué tipo de organización política o social podrá desempeñar su rol? 

¿Cambiaría esta realidad echando la democracia por la borda? La elección de una mujer a la alcaldía de Bogotá, una mujer opuesta a los grandes partidos tradicionales y al uribismo, feminista y lesbiana, demuestra que solo es posible la irrupción de nuevos y renovados liderazgos en el marco de una democracia que hizo posible el proceso de paz en Colombia. Paradójicamente, los grandes castigados en las urnas han sido el uribismo y las FARC: dos corrientes autoritarias y violentas de signo opuesto.

A pesar de las recientes crisis en Chile, en Ecuador, no olvidemos a Perú y la indoblegable tiranía de Maduro, considero que profundizar y perfeccionar la democracia es el único camino posible para garantizar equidad y los derechos básicos que América Latina ha conquistado en estos años. Decirlo es fácil: no hay otro camino, aunque se asemeje a la puerta de escape para eludir la dura realidad de la incertidumbre. La democracia que nació de las luchas antidictatoriales de los años ochenta debe ser repensada y no sacrificada, aunque la tentación de hacerlo ronda por muchas cabezas. Hoy por hoy, lo sucedido en las calles de Quito y Santiago, con su carga de violencia, con la ambigüedad y limitación de sus consignas, puede ser visto como la señal de que no hay otra salida que más y más democracia para enfrentar las tareas no resueltas, entre ellas tener sociedades más justas, aunque esta no sea la única asignatura pendiente. 

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