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25 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 15 minutos
25 de Julio del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Condenado a muerte por sedición
A fines de esta semana se cumplirán 200 años de la muerte de Carlos Montúfar, uno de los mayores héroes de la historia ecuatoriana. Tercer hijo del Marqués de Selva Alegre, defendió el Estado de Quito de 1812 y se unió a las fuerzas de Simón Bolívar. Sus restos reposan en la catedral de Quito.

Nacido en Quito en 1780, tenía apenas 35 años cuando fue condenado a muerte por el general español Juan de Sámano y fusilado en la plaza de Buga (actual Colombia), no de frente sino de espaldas y no de pie sino sentado, como traidor, el 31 de julio de 1816. Montúfar había traicionado a España, claro está, pero porque España había traicionado a sus colonias, que, hartas del maltrato y la indiferencia del gobierno de la corona y de la brutal represión desatada, luchaban por su independencia.

El quiteño formaba parte del ejército comandado por el Libertador Simón Bolívar, quien lo nombró ayudante general y le dio el grado de coronel. Enviado a combatir al sur de Colombia a las órdenes del general francés, Manuel R. Serviez, participó en la batalla de la Cuchilla del Tambo (a pocos kilómetros de Popayán) el 29 de julio, que resultó desastrosa para las armas patriotas, habiendo sido apresado y condenado a muerte.

Las mujeres de Buga no lograron salvarle, por más que donaron joyas al militar realista como rescate del gallardo coronel quiteño. Sámano rechazó las súplicas de las damas de esta antigua ciudad del valle del Cauca, pues la guerra contra el ejército de Simón Bolívar, al que se había unido Montúfar, era sin cuartel.

Ya Bolívar había declarado en 1813 la Guerra a Muerte, debido precisamente a la crueldad de la represión española, y la había justificado en 1814, entre otras razones, porque “en los muros sangrientos de Quito fue donde España, la primera, despedazó los derechos de la naturaleza y de las naciones. Desde aquel momento del año de 1810, en que corría la sangre de los Quirogas, Salinas..., nos armaron con la espada de las represalias para vengar aquella, sobre todos los españoles. El lazo de las gentes estaba cortado por ellos: y por este solo primer atentado, la culpa de los crímenes y las desgracias que han seguido, debe recaer sobre los primeros infractores”. 

Carlos fue el tercer hijo de Juan Pío Montúfar (1758-1818) y Teresa Larrea. Como todo ecuatoriano sabe, Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, fue el primer presidente de la Junta Soberana de Quito instalada tras el golpe que destituyó al presidente de la Real Audiencia, Manuel Urriez, conde de Ruiz de Castilla, el 10 de agosto de 1809.

Para esa fecha, que se convertiría en histórica, su hijo no se hallaba en Quito sino precisamente en España, pues siete años antes, a sus 22 años, había dejado las tierras de la Presidencia de Quito y se había unido a las expediciones del sabio alemán Alejandro de Humboldt y al médico y naturalista francés Aimé Bonpland. Huéspedes de la familia Montúfar, los dos europeos se habían quedado en Quito medio año (de enero a junio de 1802), enloquecidos, como ellos mismos confiesan, por las maravillas naturales que encontraban en la flora, la fauna y la geología, de esta “la región más interesante del Universo”, al decir de Humboldt. Carlos les había acompañado en ascensiones al Pichincha, Antisana, Cayambe, Cotopaxi y a otras montañas.

Cuando decidieron proseguir al sur, el marqués entregó a Humboldt una fuerte cantidad de dinero para pagar por la manutención de Carlos hasta que llegara a España, que, aunque no lo sabían entonces, iba a producirse recién en 1805. En efecto, el joven Montúfar participó en todas las observaciones y peripecias de los dos sabios, en el centro y sur del actual Ecuador, donde ascendieron al Tungurahua y al Chimborazo, “la cima más alta de nuestro globo”; estudiaron las ruinas de Ingapirca; observaron la vida de los indígenas de las provincias del sur de la Audiencia y prestaron especial atención a los sitios de producción y calidades de los árboles de quina, de donde proviene la cascarilla.

Entraron al Perú, se fueron a la selva, navegaron por el Amazonas y regresaron, por el suroeste, al Perú, recorrieron su desértica costa y se quedaron dos meses en Lima (de fines de octubre a diciembre de 1802). Pasaron luego a Guayaquil (enero 1803), a Panamá y Acapulco. En México estuvieron un año entero, de marzo 1803 a marzo 1804, atravesándolo desde el Pacífico al Atlántico. Luego de pasar de Yucatán a Cuba, y cuando ya iban a seguir a Europa, decidieron visitar Estados Unidos, entre mayo y julio de 1804, y fueron durante tres semanas huéspedes del presidente Thomas Jefferson, quien no solo les atendió en Washington DC sino que les llevó de visita a Filadelfia. Por su cuenta también fueron a Baltimore, desde donde se trasladaron a Europa, desembarcando en Burdeos el 1 de agosto de 1804.

Su llegada a París fue apoteósica: fueron recibidos por una multitud que las crónicas de la época cifran en 10.000 personas. Para entonces, la correspondencia de Humboldt y Bonpland les había hecho famosos, y se seguía sus expediciones en América con vivo interés.

En diciembre de 1804, Humboldt y Montúfar fueron testigos en París de la coronación de Napoleón Bonaparte, al igual que Simón Bolívar, con el que Carlos trabó amistad. Luego se separaron: Montúfar tenía el propósito de cursar la carrera de las armas y representar los intereses de su padre ante la corte española mientras el sabio alemán regresaba a su casa en Berlín, el castillo de Tegel, aunque más tarde volvería a París, donde se radicaría por más de 20 años.

Para cuando inició sus expediciones con Humboldt y Bonpland, el joven Montúfar había tenido una esmerada educación en su casa con sus padres y con maestros particulares, que completó en el colegio y la Universidad Santo Tomás de Aquino, de Quito, donde se graduó de Maestro en Artes, en 1800. Pero, sin duda, los tres años en compañía de los sabios habían significado el mejor posgrado en ciencias naturales y, también, sociales y políticas, pues no solo habían recogido especímenes de la flora y fauna, medido y ascendido montañas, sino también habían observado la vida social de los pueblos, estudiado su pasado arqueológico y alternado con políticos y autoridades de los países que visitaron.

Con todo, Montúfar no lo iba a tener fácil en España. Tras la invasión napoleónica, el pueblo se había sublevado, comenzando por Madrid en mayo de 1802 y se hallaba en plena guerra de la independencia. Por otro lado, la crisis del imperio español en América se ahondaba rápidamente. La situación de inestabilidad fue probablemente la causa de que la carta de crédito que su padre había girado por 5.000 pesetas, y que Carlos presentó en Madrid, no le fuese pagada. Tampoco le llegaban las remesas que le habían ofrecido su padre y su tío, Pedro.

Por ello, no tuvo más que acudir a Humboldt, al que en una carta de 1806 llamaba “padre y amigo”, para que le prestara dinero. Humboldt le envió varios giros. Probablemente luego le llegó algo de dinero de su familia, porque no se han encontrado otros pedidos al sabio alemán. Así, en medio de estrecheces, Montúfar cursó los estudios en la Real Academia de Nobles, durante dos años, de donde salió para unirse al ejército español como oficial.

De inmediato se destacó en las filas militares. Fue nada menos que ayudante de campo del General Francisco Javier Castaños en la Batalla de Bailén en 1808, la primera derrota en campo abierto de los ejércitos napoleónicos en la historia. Castaños era cuñado del Luis Héctor, Barón de Carondelet, quien había sido muy amigo de Juan Pío Montúfar y de los ilustrados quiteños de fines del siglo XVIII, por lo que acogió con especial predilección al joven oficial. También participó en el rechazo al asedio francés a Zaragoza y en la batalla de Somosierra, ambas favorables a las armas francesas.

En estas y otras batallas, su desempeño fue tan gallardo y decisivo que fue nombrado teniente coronel de los reales ejércitos e integrado al regimiento de Húsares de la Guardia, siendo, además, condecorado por la Junta Suprema Central, que gobernaba España en ausencia del rey Fernando VII.

En 1810 se embarcó de regreso a América con un importante encargo del Consejo de Regencia: promover la formación en Quito de una junta de gobierno provincial que reconociera a la Junta española, para lo que llevaba el título de Comisionado Regio, con todos los poderes. Con el viajaban, en el mismo navío, otros dos comisionados regios: su primo, el quiteño Antonio Villavicencio Verástegui, con misión similar para Nueva Granada y José de Cos Iriberri para el Perú.

Al llegar a La Guaira el 18 de abril los tres reciben noticias de la agitación de Caracas, donde justamente se declara la independencia al día siguiente. Allá les llegan noticias de las revueltas autonomistas acaecidas en Quito y Bogotá. Obviamente, esto les lleva a cuestionarse sobre su propia misión y a decidirse a apoyar la causa americana.

Pasan a Cartagena, y por la vía del Magdalena van a Bogotá, donde ya había una junta autonomista. Allí se queda Antonio, mientras Carlos prosigue su viaje a Quito, a la que llega en septiembre de 1810, es decir después de la masacre del 2 de agosto, que ya no pudo evitar. La violencia de la represión y la indignada reacción de Quito había provocado una situación insostenible. Carlos, con sus poderes de comisionado, ayuda a que se instale una Segunda Junta Soberana, presidida por el Obispo Cuero y Caicedo.

El gobierno del Estado de Quito le encarga entonces su ejército, y al frente del mismo lucha en varias batallas contra las tropas de Aymerich, Montes y Sámano, y llega a ocupar por las armas la ciudad de Cuenca, en abril de 1812. Sin embargo, la falta de apoyo de las otras regiones y la feroz reacción española condujeron a la derrota a esa segunda Junta Revolucionaria quiteña, tanto en la batalla del Panecillo, el 7 de noviembre de 1812 como, en la derrota definitiva, la de la batalla de Ibarra del 1 de diciembre.

Oculto de los realistas se hallaba Carlos Montúfar, cuando fue delatado a las autoridades españolas por los “sanchistas”. Los Sánchez de Orellana, una pudiente familia de origen lojano se había convertido en tres generaciones, a partir del comercio de la cascarilla, en una de las más ricas de la audiencia y era ya dueña de extensas propiedades en el centro y norte de la Sierra ––además de haber adquirido el título de marqués, para no ser menos que el marqués de Selva Alegre, concediéndole el rey de España el de marqués de Villa Orellana––. Rivales comerciales de los Montúfar habían trasladado esa rivalidad a la contienda política. Por eso habían aparecido en primera hora como los más radicales, los que querían la independencia inmediata y la proclamación de la república, pero, llegada la hora de la verdad, se habían volteado otra vez para acomodarse con el bando triunfante, los españoles.

La delación condujo a los realistas a encontrar y apresar a Carlos Montúfar, que fue tomado preso y enviado al destierro (1814). Pero un nuevo giro del destino lo esperaba: hallándose en Panamá, logra escapar de la cárcel. No piensa en salvar su vida sino en la causa de la libertad: se embarca en secreto y se une al ejército de Bolívar, que le nombra coronel de su ejército y ayudante general, y a quien acompaña en su triunfal ingreso a Santafé de Bogotá en diciembre de ese año.

La guerra independentista no está sellada, ni mucho menos. Bolívar le ordena acompañar al general Serviez para liberar el sur de la Nueva Granada, a donde han avanzado los ejércitos de Montes y Sámano. Desgraciadamente, tras la derrota en la Cuchilla del Tambo, donde pierde su caballo y debe luchar a pie, es tomado preso, condenado a muerte y fusilado por los realistas en Buga.

Los restos de este héroe fueron devueltos al municipio de Quito por el de Buga en las primeras décadas de este siglo y fueron conservados en un cofre en la Capilla de las Almas de la Catedral, hasta que, en el 2008, el FONSAL construyó un mausoleo en esa misma iglesia primada para rendir homenaje a este héroe.

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