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6 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
6 de Junio del 2016
María Fernanda Moscoso

Investigadora independiente, migrante y transdisciplinar, explora el mundo entre el arte, la escritura y la etnografía.

Conocimientos peligrosos, divinos y maravillosos
El saber tiene una belleza. El conocimiento académico tiene un peligro. El peligro de enseñarnos a pensar que existe un mundo que está dado y que al estar dado, puede ser objeto de inquisiciones e investigaciones que no hacen más que confirmar los límites del mismo. Así, el mundo no se puede transformar.

Hace unos días, una docente de una universidad española nos decía que en la actividad científica la imaginación ha de tener límites. La imaginación puede desorientar porque tiene el peligro de ver las cosas:

<Como no son>
<Como no son en realidad>

En otras palabras, la ausencia de imaginación te permite ver el mundo tal  y como es. La docencia consiste en varias cosas; entre otras, en asumir que se posee un conocimiento que es altamente valorado, tanto en el mundo académico como fuera de él. Al revés no siempre es igual. Es decir, el saber que se genera fuera pocas veces es valorado dentro de la universidad. A lo mucho es apropiado, pero nada más.

Pero no se trata solo de los saberes de dentro y de fuera; se trata también de lo que pensamos sobre esos conocimientos, es decir, sobre cómo pensamos el pensar, cuáles son las ideas que circulan sobre la generación de conocimientos sobre el mundo. Se trata de cuestiones simples pero que tienen un enorme peso porque son los pilares de nuestras prácticas docentes e incluso, de las políticas públicas que se ponen en marcha en el campo de la educación, la ciencia y el conocimiento.

Foster Wallace se suicidó a los 46 años. En las trincheras del día a día de la vida adulta, escribió, los lugares comunes insignificantes pueden tener una importancia de vida o muerte. Y hay una cuestión central, definitiva, contundente, que nos hemos dejado fuera de las instituciones educativas: aprender a pensar. No se nos enseña a pensar, entre otras cosas, porque cada vez que negamos la imaginación, destruimos cualquier posibilidad de explorar los límites de lo que nos es dado. Poner los comunes insignificantes en cuestión no es tarea fácil. Poner los comunes insignificantes en cuestión no es tarea fácil. Poner los comunes insignificantes en cuestión no es tarea fácil.

Pero, ¿realmente es posible el conocimiento sin la imaginación? El conocimiento académico, que es minoritario, que es cada vez más un producto que se compra y se vende; que se genera en universidades que se parecen cada vez más a empresas, que se centra en la obsesión por unos resultados (publicaciones en revistas indexadas y paseos por congresos), que consiste en la reproducción de agendas de investigación afines a los Estados, que se importa desde Europa y EEUU, que es impartido por docentes que niegan la imaginación, no nos enseña a pensar. Y si no se nos enseña a pensar, las posibilidades de poner los comunes insignificantes en cuestión son mínimas.

El saber tiene una belleza. El conocimiento académico tiene un peligro. El peligro de enseñarnos a pensar que existe un mundo que está dado y que al estar dado, puede ser objeto de inquisiciones e investigaciones que no hacen más que confirmar los límites del mismo. Así, el mundo no se puede transformar. Se generan ideas que, a través de un método, se convierten en verdades, que se publican en revistas que nadie lee, que se exponen en lujosos congresos del tercer mundo en los que hablamos de pobreza sin ellos, los pobres. 

Las certidumbres niegan el conocimiento, destruyen la posibilidad de desarrollar una imaginación capaz de poner en cuestión cómo y en qué pensamos. No, la imaginación no conduce a no ver las cosas tal y como son.  No puede hacerlo. Es exactamente lo contrario. Allí donde no existe la necesidad de cuestionar lo dado, de poner los comunes insignificantes en cuestión, no hay conocimiento. En la universidad no hay conocimiento. Y si lo hay, se trata de un saber raro. Y los saberes raros producen miedo, son excluidos, generan recelos. Recelo es temor. El temor es la sospecha de que algo es malo y perjudicial. Los conocimientos raros son, por tanto, conocimientos sospechosos.  

Aquí hablo de una cosa muy sencilla: del ejercicio de pensar cómo pensamos y de imaginar otras posibilidades de mirar el mundo (que no son las dadas). Hablo de la generación de conocimientos raros y sospechosos. Hay una escena de una película de Jean-Luc Godard que es una joya. Está un tipo cantando que es preciso estar atentos y fuertes. No tenemos tiempo de temer la muerte. Se acerca una mujer y le pregunta por la dirección del cine político. Él le responde y también le da las coordenadas del cine del Tercer Mundo: un cine peligroso, divino y maravilloso. Cuando Foster Wallace dice "This is water", se refiere a la posibilidad de la generación de conocimientos raros en el mundo académico. Conocimientos peligrosos, divinos y maravillosos.

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