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26 de Octubre del 2014
Ideas
Lectura: 11 minutos
26 de Octubre del 2014
Lizardo Herrera

Es PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos. 

Consumo, desarrollismo y buen vivir en el Ecuador
En el Ecuador actual, el énfasis de la modernización más que en la industrialización, está en crear las condiciones y la infraestructura necesaria para que el país se incorpore a la sociedad del conocimiento o al capitalismo global. Al igual que sucedió en los años 50, el Estado realiza una gran inversión en la construcción de carreteras y otros mega proyectos que dependen del crédito externo, en especial de China, a cambio del acceso de ese país a los recursos naturales ecuatorianos.

El geógrafo marxista David Harvey recientemente visitó Ecuador y Bolivia. En el segundo país, concedió una entrevista al Centro de Investigaciones Sociales, en donde explica su concepto de neoliberalismo y da su parecer sobre los gobiernos sudamericanos. Acerca del Ecuador, Harvey dice que le impresiona la retórica del buen vivir y de la Revolución Ciudadana, pero considera que ha habido pocos cambios sustanciales y encuentra que existe una diferencia importante entre la retórica y la realidad.

Entiende que la noción de buen vivir del gobierno ecuatoriano es un tanto vacía, debido a que no tiene una base concreta y además se halla atrapada por una lógica de modernización capitalista incompatible con la ética o los ideales socialistas. La noción de buen vivir de Rafael Correa, según este pensador, en lugar de rescatar el valor de uso o lograr una mayor redistribución de la riqueza, corre el riesgo de traer consigo una monetización o mercantilización aún mayor.

Me gustaría comparar el proyecto modernizador que Harvey identifica en el gobierno de Correa con la modernización que se implementó en América Latina a partir de los años 50. En esos años, el historiador Tulio Halperin Donghi indica que se llevó a cabo un agresivo proceso de industrialización. Esta industrialización, según este historiador, requería de tres cosas: un cambio en la matriz productiva a partir de la sustitución de importaciones, una ampliación de la base de consumo para desarrollar el mercado interno y el acceso a créditos e inversión extranjera.

Los procesos de industrialización en el continente, sin embargo, siempre fueron precarios en tanto ocurrieron en condiciones internacionales adversas que de entrada los condenaban al fracaso, pues sus costos de producción eran mucho más altos que los de los países centrales y, por ende, eran incapaces de satisfacer el consumo interno. Con el fin de corregir los desequilibrios internacionales, la solución desarrollista o industrializadora impuso un arancel a las importaciones y planteó una mayor diversificación económica; sin embargo, según Halperin, este proceso de diversificación se proponía como un proceso de largo aliento y dependía del crédito internacional y la inversión externa, los cuales paulatinamente eliminaron las restricciones del mercado interno haciendo inviable la industrialización en el largo plazo.

En el Ecuador actual, el énfasis de la modernización más que en la industrialización, está en crear las condiciones y la infraestructura necesaria para que el país se incorpore a la sociedad del conocimiento o al capitalismo global. Al igual que sucedió en los años 50, el Estado realiza una gran inversión en la construcción de carreteras y otros mega proyectos que dependen del crédito externo, en especial de China, a cambio del acceso de ese país a los recursos naturales ecuatorianos.

Asimismo, con el propósito de desarrollar el mercado interno, el Gobierno también implementó una política social de carácter asistencialista, gracias a la cual logró construir una base de legitimidad importante. Sin embargo, la matriz productiva del país sigue siendo de índole extractivista y agroexportadora. Esto quiere decir, primero, que el grueso de los ingresos económicos provienen de la explotación petrolera y la agroexportación; segundo, el Gobierno amplió la base social de consumo, pero no a partir de una mayor diversificación de la economía, sino a través del gasto del Estado gracias a los ingresos extraordinarios que recibió por las exportaciones petroleras; tercero, y este es el punto más problemático, se busca implementar el cambio de matriz productiva a partir del capital que se piensa obtener de la explotación minera a gran escala.

Aunque suene contradictorio, el gobierno ecuatoriano plantea un extractivismo mayor para salir del extractivismo; sin embargo, dada la dependencia del crédito externo y de la inversión extranjera que suponen los proyectos de inversión minera o petrolera, se corre el riesgo de entrar en círculo vicioso o en un nuevo intento fallido de modernización tal como sucedió en tiempo de la segunda posguerra en América Latina.

Mi profesor, Juan Duchesne Winter, argumenta que los neopopulismos sudamericanos han creado una base política y social a partir de la ampliación del consumo. Según Duchesne Winter, esta ampliación del consumo ha significado tanto el surgimiento de nuevas élites como el desplazamiento de poblaciones campesinas e indígenas a quienes se les ha quitado sus recursos haciéndoles dependientes del Estado y más pobres en términos relativos. Los neodesarrollismos, desde la perspectiva de este autor, traen consigo una mayor expoliación de la base natural poniendo en riesgo el sostenimiento real y autogestionado de la población.

Entre las características de la industrialización latinoamericana de los años 50, Halperin destaca la creación de un consenso social a partir de un discurso que en lugar de analizar sus propias contradicciones, usó como chivo expiatorio “el atraso económico-tecnológico” de la agricultura planteando la urgencia de una reforma agraria para justificar una modernización que era demasiado lenta. Esto significó una fuerte desestructuración para las comunidades campesinas, quienes tuvieron que producir los alimentos para una población urbana en aumento a un costo que apenas les garantizaba la subsistencia. Producto de ello, la migración del campo a la ciudad creció aún más proveyendo de un ejército de mano de obra barata a las industrias emergentes, pero trayendo a su vez más presión para las comunidades campesinas.

Aunque el Gobierno de Correa no se enfoca en la reforma agraria, sí cuestiona a las organizaciones indígenas y ecologistas que se oponen a la megaminería. De acuerdo con el Presidente ecuatoriano, estas organizaciones “sin ninguna solvencia moral” exigen que no se explote el petróleo perdiendo de vista el costo que eso significaría para el país por los recursos no recibidos. Correa piensa que es legítimo hacer “uso del extractivismo para salir de él, para pasar de la economía de recursos finitos a la economía de recursos infinitos: aquella basada en el talento humano y el conocimiento, pero sin el absurdo de rechazar el aprovechamiento de nuestros recursos naturales y ser mendigos sentados en costales de oro".

No obstante, el Presidente ecuatoriano pierde de vista que la economía extractivista a lo largo de la historia ha tenido un fuerte impacto para las comunidades indígenas y campesinas. Por ejemplo, los territorios ancentrales de la Amazonía han sufrido mucha presión por parte del capital minero, petrolero o maderero. El ingreso de las comunidades indígenas amazónicas a la economía de mercado, las vuelve económicamente dependientes y no mejora su calidad de vida. La solución que propone el presidente ecuatoriano se dirige básicamente a ampliar la capacidad de consumo en el país y en lugar de aliviar la presión hacia las comunidades indígenas, la incrementa. Esto significa, como lo señala Duchesne Winter, que la mayor expoliación de la naturaleza que pone en riesgo el sostenimiento y la autogestión de la población haciéndola dependiente del Estado y, por ende, más pobre en términos relativos.

La retórica del buen vivir que usa el Gobierno, en este sentido, más que insertar al país en esa economía recursos infinitos basada en el talento humano, está ligada a un ethos consumista que no necesariamente mejora la calidad de vida de la población y depende de los recursos que el Estado recibe del exterior. El agresivo gasto del Estado ha generado una mayor capacidad de consumo entre los ecuatorianos, pero el modelo económico en lugar de seguir una matriz productiva diferente, como lo mencioné antes, sigue anclado en una economía extractivista-agroexportadora vulnerable a los vaivenes del capitalismo global.

De la misma manera, al igual que en los años 50, la retórica de Correa en lugar de cuestionar las contradicciones de un modelo de desarrollo basado en la ampliación de la base del consumo, reproduce la retórica del atraso económico tildando de retrógrados a quienes resisten su cambio de matriz productiva desde las luchas indígenas o ecologistas y que buscan garantizar, entre otras cosas, la soberanía alimentaria del país. David Harvey ya advirtió que si la noción de buen vivir coincide con el deseo de comprar bienes o servicios en los centros comerciales, es incompatible con una ética que se plantee una vida digna, pues no se estaría cambiando la matriz productiva, sino favoreciendo el consumo tal como sucedió con la modernización fallida de los años 50.

Cuando Duchesne Winter habla de la necesidad de garantizar el sostenimiento real y auto gestionado de la población, desde mi punto de vista, se refiere a un modelo de desarrollo alternativo que no sea dependiente del mercado externo ni del Estado y a una forma de vida en la que, entre muchos otros elementos, se busca garantizar la alimentación de la población (la soberanía alimentaria) o el acceso a aire puro y fuentes de agua no contaminada. Esta forma de entender el sostenimiento y la autogestión se relaciona con otra noción del buen vivir: aquella que propusieron las comunidades indígenas ecuatorianas y que dio origen al concepto que aparece en la constitución ecuatoriana. Esta visión alternativa ancla al buen vivir o sumak kawsay en lo concreto tal como lo reclama Harvey  y lo saca del ámbito del consumo en donde lo ubica con tanta insistencia la retórica gobiernista.

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