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7 de Abril del 2021
Ideas
Lectura: 13 minutos
7 de Abril del 2021
Mateo Febres Guzmán

Estudiante de Relaciones Internacionales; colaborador en revista Ideario para ensayo, cuento y poesía. Reside en Guadalajara, México. 

Contra Arauz y contra Lasso
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¿Acaso no tiene la derecha latinoamericana nada más que proponer, que la única opción viable es votar partiendo desde el miedo, sin coherencia entre lo que uno cree y lo que vota?

Había escrito una pequeña crónica que encapsulaba pensamiento y sensación en torno a los últimos días de la campaña electoral. Plagiando a Thompson, le puse de título, a secas: Miedo y asco en la campaña electoral. Me senté a escribirla a raíz de la repugnancia que me provocó un ingrato episodio de días recientes, en que se observó en las calles del país a migrantes sosteniendo cartones con mensajes electorales al tenor de: “por votar por el socialismo estoy aquí pidiendo limosna”, o “yo tenía una casa y trabajo – votamos mal y aquí estoy. Vota bien”. Si se trató de una estrategia proveniente del lado correísta o de la derecha, o si más bien fue, como han aducido algunos actores, el voluntarismo de algún espontáneo, lo cierto es que se estaba ante la más pueril bajeza en una campaña electoral que de por sí ya era rastrera. Para lucrar políticamente del dolor de los migrantes hace falta ser un sinvergüenza, y hace falta un grado miserable de crueldad.

El texto había quedado, y lo imprimí ya solo presto a corregirlo el día siguiente. Fue entonces que, como sucede muchas veces, vi publicado en la revista Plan V un texto que, con mayor finura y destreza, lograba poner en la hoja en blanco todo aquello que yo ya estaba sintiendo, algo a lo que no podía añadir o quitar nada, así que terminé por desechar lo que escribí.

Lo que María Fernanda Solíz plantea en esa crónica a la que me refiero, En nombre de la izquierda, es precisamente la culminación de los sentires suscitados a partir de los varios meses de desgaste y descomposición que ha significado este proceso electoral. El Ecuador, como en 2013 y 2017, una vez más condenado al binarismo, puesto a escoger entre lo malo y lo peor. A pesar de los resultados esperanzadores que obtuvo el movimiento indígena el 7 de febrero, que se haya impuesto nuevamente la dicotomía correísmo-vs-Lasso es buena prueba de que este país sigue estancado en su quehacer político.

Todo está tan polarizado, y tan maniqueo es el debate, que parecería que en este país ya simplemente no se puede ser de izquierda si no se tiene en un altar a Rafael Correa, baboseando ante su imagen de caudillo irredento, o, peor aún, que no se puede ser un interlocutor válido si no se vota sistemáticamente a la derecha neoliberal porque es-por-el-que-toca-votar para que Correa no regrese o para que el Ecuador no se convierta en Venezuela en un futuro cercano. Hace mucho que ambos discursos me parecen abismales.

Lo que vocifera esa izquierda extractivista y autoritaria es el ejemplo vivo de cuán dogmático y sectario se puede llegar a ser. Esto, a la larga y a la corta, no es más que una claudicación de los principios por los que se lucha. Estar con la Revolución, para esa orilla, es optar por la ceguera frente a la realidad de corrupción y de persecución a la disidencia, que uno, que ha crecido durante los años en que Correa gobernaba a viva voz, tiene como un inevitable referente del embrutecimiento de un proyecto político y de la lujuria por el poder; la descomposición ética del mal llamado progresismo ecuatoriano. Si es que ese es el progresismo aquí, habría que entonces declararse un conservador, un capellán, un aprendiz de monaguillo. 

Para los otros, los voceros reaccionarios y colonizados del neoliberalismo, en cambio, no es concebible tener principios, porque lo único que conocen es el voto útil, nacido del temor. Sin excepción, todas las personas con las que he hablado de esto, pregoneras del votar-por-Lasso para que no vuelva Correa, me han dicho lo mismo: al menos a Lasso se le puede hacer oposición; al menos con Lasso no seremos Venezuela. Ese discurso acomodado, ¿no es el mismo que incansablemente se ha encargado la derecha de promulgar desde México hasta la Argentina cada vez que hay una elección? ¿Acaso no se tiene nada más que proponer, que la única opción viable es votar partiendo desde el miedo, sin coherencia entre lo que uno cree y lo que vota? No cabe la menor duda: en América Latina, la derecha ha perdido la partida ética hace bastante tiempo. Y en Ecuador la campaña de Guillermo Lasso mendigando votos disfrazado de ecologista, feminista, y defensor de los derechos de las minorías no puede sino sumirme en el hastío y en la náusea.

Sin excepción, todas las personas con las que he hablado de esto, pregoneras del votar-por-Lasso para que no vuelva Correa, me han dicho lo mismo: al menos a Lasso se le puede hacer oposición; al menos con Lasso no seremos Venezuela.

Dice Solíz: “Yo no quiero el retorno del correísmo, me aterra ese monstruo prepotente, incapaz de reconocer errores, ni límites éticos, que adoctrina y usa las mieles de la defensa de la izquierda para en su nombre hacer todo lo que le place, además, con el cinismo de defender lo indefendible”. Por supuesto que el correísmo es un peligro. El retorno de ese modelo, y la larga cola que trae, no le haría ningún bien a este país. Pero para nada estoy seguro de que una eventual presidencia de Guillermo Lasso no nos vaya a hacer también pedazos. Ambos proyectos han fracasado ya, y esto se puede corroborar en nuestra historia más reciente.

Si hablamos de la autodenominada Revolución Ciudadana, casi todo ya está dicho. Los diez años que Correa gobernó, acaparando todos los poderes del Estado, se persiguió a la oposición, se silenció a la prensa, y se configuró una estructura delictiva que institucionalizó el pago de sobornos para el financiamiento ilícito de las campañas electorales. No por nada está el expresidente afincado en un ático de Bélgica, consumido por sus demonios, y sus más cercanos colaboradores prófugos o en prisión. Además, es claro que Correa destruyó a la izquierda ecuatoriana, llenó de odio y fanatismo a la ciudadanía, arrastró a la dirigencia indígena, y explotó el petróleo para financiar todas sus obras con inmensos sobreprecios, en gravísimo perjuicio de las comunidades amazónicas. En materia de derechos, ese falso progresismo no titubeó para bloquear toda iniciativa que buscara ampliarlos: basta recordar las numerosas negativas a la posibilidad de despenalizar el aborto, o el machismo bárbaro y la misoginia con que se condujo este país por una década. Fueron autoritarios y corruptos, pero, además, conservadores. Y, como apunta Solíz: “un gobierno que reprime a su pueblo no es revolucionario sino reaccionario”. ¿Con qué desvergonzada cara pueden ellos decirse progresistas?

El fracaso del neoliberalismo, por el otro lado, es demasiado amplio en América Latina como para describirlo aquí. En Ecuador, no obstante, los dos precedentes históricos se pueden observar, de la forma más inmediata, en el feriado bancario de 1999 ─que terminó con una apresurada dolarización de la economía─, y en el peso muerto en que se ha convertido el actual régimen presidido por Lenín Moreno. En ambos momentos, la figura de Guillermo Lasso se ha hecho presente: a inicios del siglo, meses después del negro acaecer del feriado bancario, en el que los banqueros corruptos de ese entonces se enriquecieron con el dinero de los depositantes, llevando a la quiebra a los bancos del país, Guillermo Lasso se desempeñó como Superministro de Economía. Si bien no se ha probado el cometimiento de un ilícito de su parte, lo cierto es que Lasso, como tantos otros economistas que en estos últimos cuatro años han vuelto, como momias resurrectas, a ocupar carteras de Estado, han estado siempre a favor de ese recetario para el hambre. Más recientemente, en la actual administración, el candidato se vanagloriaba de haber influido en las decisiones económicas de Moreno, aplaudiendo, de paso, la labor de la exministra María Paula Romo, que reprimió violentamente al pueblo durante el estallido de octubre de 2019, que se produjo en rechazo al alza del precio de los combustibles.

En materia de derechos, la candidatura de Lasso se asemeja mucho a los sueños más delirantes de la derecha tradicional: militante pro-vida, se vio en la urgencia de enviar una carta al presidente de la República pidiéndole que vetara la reforma que despenalizaría el aborto por violación el año pasado, ha propuesto también permitir el porte de armas a los ciudadanos de sectores rurales, y, entre sus adherentes se encuentran grupos de extrema derecha que en estas elecciones, en alianza con su partido, han conseguido curules en el Legislativo. Cometió, además, el error de aliarse en esta elección con el Partido Social Cristiano que, durante los años en que fue gobierno, so pretexto de la seguridad, y reeditando las prácticas de un tardío macartismo tropical, terminó por convertir a este país en una jaula de atropellos a los Derechos Humanos. Ese partido, que baila al son que le toquen, no demorará en hacerle oposición si es que llegase a ser electo. Y ahora, que el país atraviesa una profunda crisis en materia de seguridad, la derecha, en la extensión total de su musculatura, es un peligro andante. Tan peligrosa como el correísmo que representa Andrés Arauz. 

Estos dos proyectos fracasados se disputan el poder en Ecuador, el 11 de abril. El país, puesto de nuevo entre la espada y la pared. Se planteen las excusas que se planteen para votar por el uno o por el otro, la pregunta de fondo es qué tan cómodo se siente uno acolitando a que cualquiera de ellos se instale en el Palacio de Gobierno. Estoy cansado de la izquierda esa, de pacotilla, que, de regresar, regresaría con correa en mano a desatar su venganza y a buscar prolongarse en el poder por muchos años. Pero no puede el miedo dar parálisis, y la coherencia con los principios es irrenunciable, como irrenunciable es también la resistencia, que es siempre, por naturaleza, crítica con el poder.

Estoy cansado de la izquierda esa, de pacotilla, que, de regresar, regresaría con correa en mano a desatar su venganza y a buscar prolongarse en el poder por muchos años. Pero no puede el miedo dar parálisis, y la coherencia con los principios es irrenunciable, como irrenunciable es también la resistencia, que es siempre, por naturaleza, crítica con el poder.

En esta hora de definiciones y de encrucijada, el voto nulo como opción democrática representa la posibilidad de resistir ante la inminencia de que retorne el autoritarismo o se vuelva a plantar, en todo su opaco poderío, la doctrina neoliberal. Han pasado quince años desde que llegó Correa, y el Ecuador sigue empeñado a los intereses que propugnan dos machitos bravos que pelean entre sí.  El voto nulo es hoy una tentativa ética que no se postra ante las ambiciones hegemónicas de un candidato u otro, sino que opta, como un gesto irreverente de coherencia, por disentir del poder y sus omnímodas narrativas de dominación.

Publicado originalmente en Ideario de México

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