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25 de Septiembre del 2017
Ideas
Lectura: 4 minutos
25 de Septiembre del 2017
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Correa, agente de la CIA
No sé qué dirán y pensarán los correístas rudimentarios a propósito del escándalo de espionaje de la SENAIN. Ahora resulta que algunos de ellos también han sido espiados. Y no precisamente para precautelar el “proyecto”, sino para obtener información delicada. O, en buen romance, para aplicarles futuros chantajes y vendettas.

Los regímenes policiales tienen un elemento en común: la justificación religiosa de sus propósitos. En su libro Los orígenes del totalitarismo, Hanna Arendt analiza aquellos elementos que permitieron la entronización del estalinismo y del nazismo. Presta especial importancia a la híper-ideologización de ambos procesos. Más precisamente, a la enajenación inducida de la población. Tanto el milenarismo racial de Hitler como el fatalismo comunista de Stalin justificaron toda clase de excesos y abusos a nombre de una finalidad aparentemente trascendental, mítica.

Todo se reducía, sin embargo, a la simple conservación de una estructura de poder basada en jerarquías y exclusiones. Los regímenes policiales necesitan de cúpulas incondicionales y de cómplices que aseguren la perpetuación del esquema de control. Son las clásicas argollas del poder, que se benefician de la opacidad en la administración del Estado.

En mis épocas de estudiante universitario, todo aquello que oliera a seguridad política era automáticamente asociado con la CIA. Sobre todo, desde las visiones conspiracionistas propias de la izquierda. Los aparatos de inteligencia y espionaje no tenían otra misión que asegurar el funcionamiento de un sistema que servía a intereses externos.

Durante una década, el correato pretendió invertir en su propio provecho este viejo esquema de estigmatización política. Ahora resultaba que la función agenciosa era ejercida por sectores civiles críticos del gobierno. Sobre todo, si provenían de la izquierda. Por el contrario, los aparatos de seguridad política supuestamente estaban defendiendo el “proyecto”.

De este modo se buscó descalificar a movimientos sociales, organizaciones de base, líderes comunitarios, intelectuales honestos, gremios independientes, periodistas… Hasta de la Comisión Cívica Anticorrupción han insinuado pestes.

No sé qué dirán y pensarán los correístas rudimentarios a propósito del escándalo de espionaje de la SENAIN. Ahora resulta que algunos de ellos también han sido espiados. Y no precisamente para precautelar el “proyecto”, sino para obtener información delicada. O, en buen romance, para aplicarles futuros chantajes y vendettas.

Algunos de estos sorprendidos y piadosos militantes de Alianza País se preguntarán —si todavía tienen restos de conciencia— para qué y a quién servían estos sistemas de control político. Porque la SENAIN superó con creces, en sofisticación y perversidad, a los organismos de inteligencia de todos los gobiernos anteriores.

¿Tendrán los serviciales intelectuales, publicistas, corifeos y columnistas del correísmo la mínima decencia para señalar que el principal responsable de este esquema de vigilancia, espionaje interno y control político fue Rafael Correa? ¿O para preguntarse a quién mismo benefició el autoritarismo de todos estos años? Con la misma soltura de huesos con que han acusado a medio mundo de estar al servicio de la derecha internacional y del imperialismo, deberían interpretar las medidas policiales aplicadas por su jefe máximo.

Desde su visión pedestre de la política, tendrían que concluir que todo se redujo a una estrategia para favorecer intereses ajenos a los intereses nacionales. Sobre todo, tratándose de un gobierno que favoreció a los grupos monopólicos, que vendió el país a las transnacionales y que subordinó la soberanía nacional a los intereses del capitalismo global. ¿Qué más podía pedir la CIA de un gobierno tercermundista?

 

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