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4 de Diciembre del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
4 de Diciembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Correa, Alianza PAIS y poder eterno
Inevitablemente, el rostro de Correa se transforma cuando se le pregunta sobre la verdad. Para esta clase de políticos, la verdad se convierte en una realidad ilusoria, en un asunto absolutamente criterial. La verdad es el enunciado que enuncia el poder. Nada tiene, pues, que ver con la realidad de los hechos ni con lo testimonial de quienes se encuentran en la otra orilla del poder.

El juicio al vicepresidente Glas y los criterios del expresidente Correa sobre quien fuera su vicepresidente plantean de manera necesaria el tema de la verdad y su relación con la política y la justicia. Desde su prepotencia, que ya no le sirve de mucho, para Correa la verdad poco o nada tiene que ver ahí puesto que él ya dijo que su viejo y gran amigo es tan inocente como un niño. Las palabras de Correa dicen siempre la verdad y toda la verdad.

Luego de escuchar las cansinas y repetitivas respuestas de Correa en la entrevista de CNN y las historias de Glas a través de su abogado, parecería que todo es ilusorio, una fantasía que la ciudadanía y la justicia elaboran en torno a esa dura realidad que Correa, Glas, la mayoría absoluta de la Asamblea y otros más construyeron en una década. Esa década erradicada del campo de la verdad y de la honorabilidad. Esa década significada en la prepotencia, el autoritarismo y la venganza. La década sin justicia ni libertad.

Para Glas, para Correa y para el ala correísta de AP, la verdad corresponde a una mitología que ellos construyeron en una inmensa década en la que se adueñaron del país. Correa, que desde el comienzo de la entrevista en CNN se sabía a sí mismo entre la espada y la pared, volvió a su propia mitología según la cual todo lo hecho por él y los suyos fue bueno, veraz y honorable. No se cansó de insistir en la relación inquebrantable, existencial, entre su desempeño político, el bien y la verdad. Por lo mismo, de modo alguno le correspondía el mal del engaño. Él con Glas y los suyos se hallaba tan por encima de los otros que a esas alturas no podían llegar jamás ni las briznas de la mentira, del engaño, de la corrupción. Todos ellos se mantuvieron siempre tan inmaculados como nacieron.

Insistió en que su primo sí tenía un título válido y hasta alabó su desempeño. Se resistió hasta el absurdo a aceptar que ese señor no se graduó de nada. Y él, sin cuyo saber y venia, no se movía ni una hoja en el bosque del país, ignoraba lo que hacía su vicepresidente y ciertos ministros, desconocía el verdadero alcance de algunas obras millonarias, ignoraba que la potenciación de la refinería de Esmeraldas era una estafa y que la supuesta refinería del Pacífico un burdo latrocinio.

Inevitablemente, el rostro de Correa se transforma cuando se le pregunta sobre la verdad. Para esta clase de políticos, la verdad se convierte en una realidad ilusoria, en un asunto absolutamente criterial. La verdad es el enunciado que enuncia el poder. Nada tiene, pues, que ver con la realidad de los hechos ni con lo testimonial de quienes se encuentran en la otra orilla del poder. El tema del poliducto Pascuales-Cuenca casi le suena a misterio medioeval. Él, sin cuya venia no se movía una hoja del árbol país, no sabía nada de la magnitud de su obra. Tan ingenuo que en sus narices se robaron el país y él ni vio ni olió nada.

En la política de los caudillos, la verdad deviene realidad mítica, ilusoria y sobre todo innecesaria. Esa clase de poderes se sostiene en su perversa capacidad de hacer de la verdad una cosa absolutamente real, maleable, manipulable y desechable. Una cosa que toma la forma de una obra determinada: el poliducto, la carretera, el edificio. Averiguar sobre el costo real de una obra carece de importancia política y ética. Al pueblo le interesan, dice Correa, los puentes, los grandes edificios burocráticos regados por las ciudades, las carreteras, las refinerías, las escuelas del milenio. Al pueblo no le interesa si se pagó mil por lo que costaba diez o si Yachay se deshace bajo el peso de la corrupción. Pequeñeces de la insana, ciega y envidiosa oposición. Y si ahora algunos edificios están desocupados, ya habrá alguien que los ocupe mañana. El entrevistador no cesa de insistir en el tema de la verdad, Correa no escucha bien algunas preguntas porque, dice, falla el sistema de enlace. Durante diez años tan solo se escuchó a sí mismo.  

Desde el poder, es fácil construir una visión perversa de la verdad. Desde los ideólogos del socialismo del siglo XXI, el poder es una cosa de la que es indispensable apropiarse en el más estricto sentido de la palabra. No se trata de una función temporalmente otorgada por el poder ciudadano. No, es un bien obtenido y ganado en una suerte de lotería que constituye la elección. Como Morales, también Correa pelea a brazo partido por la reelección indefinida. La próxima consulta le hiere en el alma. Volverá a Bélgica y no habrá retorno.

Es que la reelección indefinida se convierte en una condición sine qua non porque, de lo contrario, se perdería el dominio logrado en la primera elección. Evo Morales lo tiene muy claro. Y también los de Alianza PAIS. Correa quiso que Moreno no fuese más que un eslabón indispensable para su irrenunciable derecho a ser dueño del país mediante la reelección indefinida que lo haría presidente por toda la eternidad.

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