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2 de Diciembre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
2 de Diciembre del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Corrupción, ¿el país sin salvación?
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Hay una corrupción que pertenece a ciertos sujetos políticos cuya lista crece exponencialmente, semana tras semana, mes a mes. La política se convierte en el escenario del accionar corrupto del país. Lo representa a la perfección.

Por desgracia, el tema de la corrupción se ha vuelto prácticamente un lugar común no solo en el discurso social y político de país, lo cual en sí mismo ya tiene mucha importancia. Lo corrupto ha invadido las prácticas sociales y políticas. Ni siquiera se lo disimula pues el exhibicionismo es su vestimenta. 

Que no se confunda la política con los partidos políticos. La política tiene que ver con todo aquello que se refiere al ejercicio del poder en su relación con el bien común. La política nos pertenece a todos: desde el presidente de la república hasta el último ciudadano. Toda relación es una relación de poder. Y todo poder forma parte de los actos políticos. 

Hay una corrupción que pertenece a ciertos sujetos políticos cuya lista crece exponencialmente, semana tras semana, mes a mes. La política se convierte en el escenario del accionar corrupto del país. Lo representa a la perfección. 

No cesan de hacerse evidentes los festines de miles de millones de dólares robados durante el correato. Cada día se evidencian las sutiles y groseras estrategias utilizadas entonces para enriquecerse. El costo de las recetas seleccionadas para la preparación del arroz verde apenas si constituye una parte ínfima de la preparación de ese gran festín que duraría diez inmensos años y al que generosamente invitó a su gente el economista Correa. 

Hay que recordar que a ese festín se llegaron con las manos limpias y los corazones ardientes como para disfrutar a plenitud de los exquisitos y grandes platos especialmente preparados para esos invitados cuya lista total aun no se conoce. Hay algunos empleados del correato que todavía se resisten a darnos a conocer los miembros de ese grupo tan privilegiado y también buena parte del menú servido en el festín que dudaría tan solo diez años. 

Hay una corrupción que pertenece a ciertos sujetos políticos cuya lista crece exponencialmente, semana tras semana, mes a mes. La política se convierte en el escenario del accionar corrupto del país. Lo representa a la perfección.

 El tema de la corrupción no es tan sencillo como algunos creen ni tan complejo como pretenden otros. Tal vez sea necesario recorrer, paso a paso, las rutas de todos y cada uno de los gran y medianos contratos del correato. Lo que acontece es que, mientras la Fiscalía General se propone un proceso de investigación, los infiltrados en los diferentes poderes del Estado, cuentan con suficientes estrategias para dar las oportunas voces de alarma. Un moderno y sólido chasqui con tecnología de punta que llega incluso a Bélgica. A tiempo, los principales sindicados se han puesto a buen recaudo.

Posiblemente el caso Tuárez no sea el mejor, pero sí uno de los buenos ejemplos para entender cómo la corrupción pudo abarcar a tirios y troyanos y funcionar perfectamente bien a vista y paciencia de fiscales y jueces, Y por otra parte, cómo pudo sobrepasar los límites de los ejercicios de la vida social, política, jurídica e incluso religiosa. 

Con el cura Tuárez, el proceso de corrupción se perfecciona porque en él se juntan los dos mundos, el civil y el eclesiástico, con la pretensión de que de esa manera nada quede fuera del poder destructivo que anida en el corazón del corrupto. Un heroico maridaje entre el bien el mal, entre la ley y su destrucción, entre lo divino y lo demoníaco. 

Al arroz verde de la corrupción civil, se junta la maloliente basura eclesial muy bien capitalizada por Tuárez que se encarga de convencernos de que para el país político y ético ya no hay salvación alguna. De que todas las cartas se han echado y que el único juego que resta es el de la misma corrupción, la de su ley que no es otra que la de la perversión social.

En efecto, parecería que cada vez son menos los que se escandalizan. Esta falta de escándalo constituiría el punto perfecto de la construcción perversa. Es decir, se ha logrado que finalmente tanto las actitudes como los actos corruptos se inserten de tal manera en los ejercicios de lo social y político que lleguen a formar parte de su constitución jurídica, ética y social. Algunos de entre ellos, farisaicamente, no cesan de rasgarse las vestiduras. Así, solo logran evidenciar sus podredumbres.

A eso apuntan las intervenciones de ciertos políticos en el exilio como las del mismo Correa que jamás dirá ni media palabra sobre la corrupción porque sería escupir al cielo. Al contrario, no cesa de presentarse como el ícono del bien y el defensor de los pobres corruptos oprimidos, perseguidos, juzgados y sentenciados. En su ética, el bien consiste en ser sustancialmente perverso. 

El país calla. Es capaz de salir a las calles, incendiar edificios, destruir escuelas. Pero guarda un silencio maloliente sobre la corrupción y sus actores que estuvieron tan presentes en las tragedias de octubre. En parte, en octubre se dio un intento de abolir toda ética social para que el Mal nos gobierne a su antojo. 

No existe redención alguna que venga de fuera. No existe papá Noé. Al país, a sus gobernantes, a todos compete la tarea de redimirnos a nosotros mismos. Ya basta de ese excedente de hipocresía que destilan algunos discursos oficiales. 

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