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23 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
23 de Marzo del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Covid: entre la tragedia y el engaño
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Por un principio de ética básica, el poder no puede jugar con semejante enemigo porque de por medio está la vida de miles de ciudadanos y no una silla en la presidencia o un curul en el parlamento. Sería absolutamente perverso e imperdonable que alguien del poder pretenda sacar réditos políticos de esta peste.

E  stos, Fabio, ay dolor, que ves ahora, campos de soledad, mustios collados… fueron hasta hace poco, un país activo, bullicioso y optimista. Claro que sí, hasta que llegó el mal. Es cierto que su llegada ya fue enunciada. Pero algunos dioses del poder estuvieron atentos a otros menesteres y no le prestaron adecuada y suficiente atención. O cuando se decidieron a hablar, tergiversaron la verdad, la pasaron por el tamiz político y de ahí salió totalmente cambiada. Porque este es uno de los trabajos importantes del poder: engañar. 

Suena raro, pero es cierto que el poder se sostiene en la capacidad de manipular la verdad hasta el límite del engaño. Incluso puede ir más allá y hablar desde el territorio mismo del engaño. Los ingenuos y los débiles toman esos discursos al pie de la letra. Por desgracia, los ingenuos y sencillos son más, y a ellos se unen aquellos que medran del poder, los que viven y se alimentan de él. Y todos estos son mucho, demasiados. Son los que se preocupan del pueblo solo de labios afuera porque lo que les anima es su propio bienestar y el de los suyos. Hay quienes saben medrar bien del mal ajeno. 

Una parte del país estuvo adecuadamente informada por canales internacionales. Y hubo serias diferencias entre el aquí y el allá. En buena medida, el poder del discurso estriba en su capacidad de decir verdades a medias y también mentiras totales. De eso se alimenta y vive. Si el poder dijese siempre la verdad, moriría de orfandad absoluta porque a una parte importante de ciudadanos vive de ser engañada. 

La renuncia de la ministra de salud constituye un ejemplo de cómo es necesario engañar para gobernar. Cuando alguien en ese mundo cerrado sobre sí mismo dice la verdad, sobra. La verdad del poder era que el país se hallaba adecuadamente preparado para recibir el corona virus y escapar bastante bien de su devastadora presencia. Con la serenidad que les caracteriza lo dicen todos aquellos que manejan los hilos claros, opacos y oscuros del país. Pero la ministra de salud es una médica. Por ende, en ella prima la necesidad de decir la verdad cuando se trata de examinar, diagnosticar y organizar el tratamiento.  Y la verdad es que el mal llegó a un país en soletas sin un plan sólidamente aplicable para dar la cara al mal. Por supuesto, quien dice esas verdades no podría ser parte de un gobierno que, como es común y corrientemente, debe engañar para sobrevivir.

La renuncia de la ministra de salud constituye un ejemplo de cómo es necesario engañar para gobernar. Cuando alguien en ese mundo cerrado sobre sí mismo dice la verdad, sobra.

Como ha acontecido casi siempre, el mal nos sorprendió mal preparados. Gracias a los nuevos elementos de comunicación, una parte de la población sabía que el mal era muchísimo más grave de lo que afirmaban los sagrados lenguajes del poder. Cuando se atrevió a hablar la verdadera verdad sobre el corona virus, entonces no le quedó otra alternativa que abandonar la cabina de mando de un ministerio que no puede navegar al garete en medio de la actual tempestad. 

La situación del país es sumamente conflictiva. Por ende, no hay ni tiempo ni lugar para metáforas y menos todavía para engaños propositivos del orden que fueren. Por desgracia, una parte del ejercicio del poder se desenvuelve en los campos del engaño e incluso de la mentira. Engaña y reinarás, viejo y vivo principio que ha sostenido y sostiene los ejercicios del poder. 

Pero con la salud no se juega y menos aun cuando se enfrenta a un enemigo azas poderoso y cruel como el Sar-Cov.2 que posee mil frentes de ataque sin que exista todavía un arma suficientemente eficaz para enfrentarlo y vencerlo. Por un principio de ética básica, el poder no puede jugar con semejante enemigo porque de por medio está la vida de miles de ciudadanos y no una silla en la presidencia o un curul en el parlamento. Sería absolutamente perverso e imperdonable que alguien del poder pretenda sacar réditos políticos de esta peste. Pero sabemos que esta es una tentación en la que con cierta facilidad caen no pocos políticos. Algunos incluso han logrado amasar fortunas en épocas de crisis. ¿Quién los vigila? 

Casi el país entero se ha encerrado. Una excelente estrategia para permitir que se desarrolle un eficaz plan para vencer al enemigo: aislarse, quedarse encasa. Sencilla formula pero difícil de cumplir para no pocos pues se trata de un encierro que o acrecienta o destapa claustrofobias a veces inmanejables. La claustrofobia no es un chiste sino una enfermedad incontrolable. ¿Quién y los ayudará cuando entren en crisis?

Al otro lado de la claustrofobia, hay que reconocer que existe un grupo importante de la sociedad que vive en constante enfrentamiento al orden y a la ley. Si muchas otras normas sociales son constantemente violadas, ¿por qué no ésta? Cuanto más que para no pocos de este grupo, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte no valen mucho. Un grupo que en estas circunstancias empezará a tener un protagonismo muy pernicioso si es que las autoridades no lo toman muy en serio para controlarlo. 

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