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16 de Marzo del 2015
Ideas
Lectura: 10 minutos
16 de Marzo del 2015
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

Crónica de un fracaso anunciado: fin del “milagro ecuatoriano”
Millones y millones de dólares despilfarrados con el objetivo de introducir al país en la lógica capitalista y convertirlo en un nicho de consumo mercantil, tanto en el ámbito público estatal como privado doméstico. Millones y millones de dólares para configurar la fantasía capitalista, que como era obvio duraría lo poco que duró.

Como resultado de 25 años de luchas antineoliberales y de una creciente conciencia política de la sociedad, asumió la administración del Estado el movimiento Alianza PAIS con un programa de gobierno que se suponía transformaría el país, en cumplimiento de las demandas populares.

Ocho años después, la sociedad ecuatoriana se enfrenta a otra crisis económica, quizá de peores consecuencias que las que conllevó el neoliberalismo. Durante este último periodo, los “revolucionarios” de PAIS decidieron gastar todas las divisas conseguidas por venta de petróleo, en la época de su mejor precio internacional; endeudar al país con la China y una vez más con el BM; entregar la mitad de la reserva de oro nacional a la Goldman Sachs; extender la frontera extractiva petrolera y minera; firmar el TLC con la Unión Europea. Todas estas decisiones, que volvieron a hipotecar al país, fueron tomadas con el tan usado argumento de modernizar el Ecuador.

Así, a la par del despilfarro de las mega-obras, que como todos sabemos aseguran los grandes negocios tanto para los funcionaros estatales que contratan como, obviamente, para las empresas contratadas, se gastaron millones de dólares en publicidad política para configurar la ficción desarrollista y convencer a la población del supuesto milagro ecuatoriano. Tanta manipulación mediática, junto al gasto estatal que como siempre engorda las arcas de las empresas nacionales y extranjeras que participa en las millonarias licitaciones de los negocios capitalistas, lograron incorporar a la población ecuatoriana en la ideología consumista, necesaria para que el valor se realice como acumulación de capital.

La sociedad, casi en su totalidad, entró en un estado de alucinación colectiva, conocida comúnmente como el síndrome del nuevo rico. Enloquecimos de fatua vanidad con las mega-obras de infraestructura, con el crecimiento inmobiliario, con la construcción de elefantes blancos cuyo mejor símbolo son Yachay y el nuevo edificio de Unasur, con el incremento del consumo doméstico, con sueldos desproporcionados para ciertos sectores simbólicamente referentes del consumo (como los rectores y profesores de las nuevas universidades de “elite”)... Bien decía Foucault que los neoliberales alemanes recomendaban ampliar el marco mercantil capitalista con procesos sostenidos de colonización de los mundos de la vida, sea a nivel real o ideológico.

En el caso de nuestro país, este último periodo se dieron los dos procesos de colonización mercantil: a nivel real, con la destrucción de los tejidos comunitarios de los mundos de la vida campesinos, por efecto de la ampliación del extractivismo y de los agro-negocios, cuanto por la destrucción de la organización política de los movimientos sociales; a nivel ideológico, con la neocolonización simbólica de las sensibilidades de los pueblos ancestrales, así como de las subjetividades de la población mestiza de las clases medias y los sectores populares, ambas poblaciones quedaron atrapadas en la ficción del progreso capitalista (crecimiento económico, incremento del consumo).

Millones y millones de dólares despilfarrados con el objetivo de introducir al país en la lógica capitalista y convertirlo en un nicho de consumo mercantil, tanto en el ámbito público estatal como privado doméstico. Millones y millones de dólares para configurar la fantasía capitalista, que como era obvio duraría lo poco que duró. Otra vez estamos a punto de retornar al lugar exacto donde comenzó una vez más este falso espejismo del progreso capitalista, es decir, a la espesa  hojarasca al cual siempre regresamos después de un nuevo-viejo conocido fracaso modernizador, como magistralmente lo relata García Márquez en sus novelas.

Peor aún, no es cierto que regresamos al punto de inicio, regresamos a un lugar más atiborrado de  fracasos, frustraciones, desilusiones, empobrecimiento. A diferencia del ángel de la historia, descrito por  Walter Benjamín, que arrastrado por el vendaval del progreso regresa a ver al pasado y solo ve ruinas, nosotros, pueblos de los márgenes, no logramos siquiera entrar del todo en esa historia, estamos atrapados en la espesa hojarasca que cada intento modernizador nos deja y que hoy amenaza con asfixiarnos.

Con el mismo cinismo con el cual nos vendieron el sueño ecuatoriano-americano despilfarrando la riqueza social y motivándonos a consumir, hoy los promulgadores de la ficción desarrollista nos piden que nos ajustemos los cinturones, que limitemos el gasto.

Es curioso como la lógica pendular del capital se repite por todos los rincones del planeta, es lo que acaba de suceder en los países del mediterráneo. Primero les incitan a gastar para engordar las arcas del capital nacional y transnacional y, luego, cuando esta falsa ilusión se desploma les obligan a volverse austeros para pagar las deudas que contrajeron en época de “crecimiento”. No es un secreto para nadie que no hay producción suficiente para la acumulación capitalista, que no hay explotación del trabajo ni de la naturaleza que sea excesiva para la voracidad del capital, que no hay consumo que satisfaga la valorización mercantil. 

Sin  ninguna vergüenza en la cara, después de malversar la riqueza social,  hoy nos dicen que las salvaguardas  a las importaciones son para proteger la dolarización (de la cual debían haber salido cuando las condiciones económicas eran las adecuadas y no cuando estamos al borde del colapso), para incentivar el consumo del producto nacional que ellos mismos se encargaron de asfixiar en su incapacidad de llevar adelante una revolución agraria.         

La trampa del sistema, en la que tan complacientes cayeron los “revolucionarios” progresistas, consiste en plantear dos alternativas que en realidad responden a la misma demanda de la acumulación de capital. O nos dedicamos a consumir como locos para asegurar la revalorización del valor, a  nombre de pagar deuda social y de sustituir importaciones con el llamado cambio de matriz productiva  (neodesarrollismo) o nos dedicamos a pagar la deuda que contrajimos para consumir, para lo cual hay que restringir el consumo estatal y doméstico (neoliberalismo). Al final, las dos lógicas están articuladas a la acumulación de capital, según el ciclo en que éste se encuentre.

A los 25 años de ajuste estructural, les siguió estos ocho años de expansión del consumo y ahora, al parecer, entramos nuevamente en un ciclo de ajuste, que como sabemos empobrece a las mayorías y enriquecen a unos cuantos grupos de poder que siempre son lo que ganan.  No se necesita ser economista para saber que la riqueza de una sociedad está en su capacidad de producir lo que necesita para reproducirse con dignidad y no en la renta de sus recursos naturales, cuyo precio es tan manipulable por el mercado mundial, en el cual, además,  no tenemos ninguna influencia. Tampoco es difícil entender que se debe consumir lo que se necesita y no endeudarse para consumir lo que no se necesita, para luego tener que vender hasta el alma para pagar una deuda externa que sabemos es impagable.

Tampoco se necesita ser economista para entender que el movimiento pendular del capital nos hunde  más y más en sus ciclos de crisis, de los cuales saca provecho para aumentar su ganancia. Un poco de sentido común basta para comprender que es urgente emprender un proyecto distinto que nos permita construir el tan anhelado Buen Vivir, solo posible fuera del desarrollo capitalista. Ante este anunciado fracaso que traerá otra ola de empobrecimiento para la mayoría de la sociedad ecuatoriana, es importante regresar al pasado, al punto previo en el cual permitimos que los “revolucionarios” de PAIS decidan mantenernos en el círculo vicioso del capital (neoliberalismo/neodesarrollismo). Regresar a la apertura del deseo de otro mundo, a ese instante por fuera del continuo de la historia moderna donde pudimos sustraernos de las promesas capitalistas y pudimos emprender la tarea de reconstruir el mundo de la vida campesina, aquel donde se encuentra nuestra riqueza social real. En ocho años habríamos logrado construir las bases de una transformación cierta de la economía campesina, no para hacerla desaparecer, sino para fortalecerla,  lo cual nos hubiera permitido garantizar no solo el alimento soberano para el país, sino excedentes para exportar alimentos sanos y de calidad. Hubiésemos podido mostrar al mundo, o al menos al continente, que es posible una alternativa al desarrollo que no destruya  la naturaleza ni los tejidos sociales que ella hace posible. Pudimos mostrarnos a nosotros y nosotras que es viable una buena vida sin gran industria contaminante, sin extractivismo devastador de la naturaleza, sin explotación laboral, sin consumo obsceno, en otras palabras una vida humana digna.

Como la historia, a pesar de lo que la ideología dominante dice,  es reversible, hoy, enfrentados nuevamente al fracaso de la promesa capitalista podemos empezar a hacer lo que no hicimos hace 8 años, para lo cual no es necesario esperar al 17.

[PANAL DE IDEAS]

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