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12 de Diciembre del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
12 de Diciembre del 2016
Ana Minga

Periodista de Investigación, escritora de poesía y narrativa corta, especialista en perfilación criminal.

¿Cuándo los perros valen más que los políticos?
¿Su perro alguna vez lo ha decepcionado? Si la respuesta es "nunca", eso no pasa con los malos políticos. En las últimas fiestas de Quito, más de un quiteño quedó con la boca abierta cuando vieron que su alcalde bailó con el Presidente de la República.

La respuesta inmediata sería ¡siempre! Quizá haya alguna excepción, pero con los políticos que ya conocemos, siempre vamos a preferir a un leal y confiable perro.

Lástima que los perros vivan poco y los políticos deshonestos celebren varios cumpleaños. Brutal es que haya perros en la calle que son maltratados por lo que se llama pueblo, como si el frío y el hambre no fueran suficiente crueldad.

Y ese pueblo al que representan los políticos, mientras maltrata perros, aplaude a sus políticos mentirosos. El título de este texto debió ser ¿Cuándo un perro vale más que un alcalde? Pero, porque señalar a alguien en específico si dentro de la política ecuatoriana varios sujetos tienen rasgos psicopáticos.

Cuando hablo de alcalde y de perros, indudablemente me refiero al alcalde de Loja, José Bolívar “El Chato” Castillo,  quien meses atrás sugirió desaparecer a los perros que no tienen dueño, porque él no puede hacer una ciudadela para perros e indicó muy sonriente que la carne de los perros puede servir de abono, pues así es la vida, todo es reciclaje y lo que no se recicla, contamina.

La noticia se regó a escala nacional y causó reacciones negativas hacia el alcalde por su indolencia, pues en lugar de buscar alternativas, actuó como un verdugo con espada dispuesto a cortar lo que estorba. Dentro de criminalística estos actos se toman con cuidado, porque si no se siente clemencia por el dolor de un ser indefenso, no se tendrá compasión por nada ni nadie.

Pero la crueldad no solo está en un alcalde. En el enlace ciudadano 502, luego de que el presidente Rafael Correa, elogiara la administración de “El Chato” Castillo y este llenara de “flores” al Presidente, hubo una risa general cuando el Primer Mandatario dijo que cuando llegó a Loja no vio ni un perro en las calles. El Jefe de Estado soltó la carcajada y con él toda la audiencia. ¿Se reían porque el alcalde mandó a matar a los perros? ¡Repulsivo circo! donde autoridades y pueblo reían por la sugerencia de matar perros de la calle.

Que los perros de la calle sufren diariamente y que por ello es mejor la muerte, puede sonar hasta como un acto de compasión (que no me gusta), la muerte como un acto de amor. Pero aquí no hay ningún acto de amor, aquí se trata de “ser prácticos” para limpiar el paisaje. Todo lo que estorba debe ser eliminado y eso no solo tiene que ver con los perros, dentro de esta lógica, las ideas que van contra el poder, también deben ser eliminadas.

¿Su perro alguna vez lo ha decepcionado? Si la respuesta es "nunca", eso no pasa con los malos políticos. En las últimas fiestas de Quito, más de un quiteño quedó con la boca abierta cuando vieron que su alcalde bailó con el Presidente de la República. Mauricio Rodas decepciona a los quiteños por su doble discurso. Un día sale a las calles a protestar porque “Quito no se ahueva carajo” y luego va a darle serenata con baile incluido al Jefe que lidera un gobierno supuestamente contrario a su ideología. Rodas baila en el Palacio de Carondelet a pesar de que el vicealcalde de Quito, Eduardo del Pozo, recibió una sentencia condenatoria porque así lo quiso Correa. Vea este acto y compárelo con los de su perro. 

Y si damos ejemplos de alcaldes, no olvidemos al alcalde de Cuenca, Marcelo Cabrera, quien prometió a los cuencanos no seguir con el proyecto del tranvía pues era algo trazado por el alcalde de Alianza País, Paúl Granda. El voto de los cuencanos fue un voto en contra de Alianza País. Cabrera ganó y puso en marcha el tranvía, proyecto por el cual hay innumerables quejas, las mismas que se constatan si uno camina por las calles de Cuenca.

“Siempre la gente se queja”, dirán. Sí, más cuando le mienten. ¿Su perro le ha mentido alguna vez?

Ahora el tranvía es una pesadilla para Cabrera. Cuando sale de su despacho a inspeccionar las obras, algún ciudadano le grita desde su negocio cerrado: ¡Alcalde! Esta obra me arruinó mi negocio, mire las calles destruidas ¡Hasta cuándo!

Lealtad, credibilidad y confianza usted las encontrará en un perro. Ayude a los perros de la calle, primero porque es justo y segundo porque se lo agradecerán o ¿usted ha visto un político agradecido con el votante de a pie? (No hablo del votante que invierte en las campañas porque a él sí tienen que agradecerle, por algo depositó su capital).

Abrace a su perro, vale más que un mal político.

 

 

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