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17 de Marzo del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
17 de Marzo del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Cuando se cabrea, a veces dice la verdad
Entender la sociedad y la política como un campo de batalla en donde no hay oponentes sino enemigos que deben ser exterminados o excluidos, hace que las dictaduras se vuelvan paranoicas y capaces de encontrar motivaciones oscuras tendientes a desestabilizarlas o destruirlas, en cada palabra, en cada chiste, en cualquier texto, poema o noticia que no les sea grata.

Hace ya casi 2500 años Esquilo decía que la verdad es la primera víctima de la guerra. Puesto que las dictaduras miran a la sociedad y ejercen el poder desde la lógica de la polarización y el enfrentamiento, no nos resulta extraño que sean ellas quienes más sacrifiquen la verdad y busquen imponer un relato mentiroso y falaz para legitimar sus actos.

Entender la sociedad y la política como un campo de batalla en donde no hay oponentes sino enemigos que deben ser exterminados o excluidos, hace que las dictaduras se vuelvan paranoicas y capaces  de encontrar motivaciones oscuras tendientes a desestabilizarlas o destruirlas, en cada palabra, en cada chiste, en cualquier texto, poema o noticia que no les sea grata.

Ese espiral de paranoia y locura llegó a su máxima expresión en los regímenes comunistas y fascistas, siendo Stalin y Hitler sus monstruosos y mayores  exponentes.                

Es por ello que cuando se habla de totalitarismos o neototalitarismos, la referencia a 1984, la famosa novela de G. Orwell, se hace inevitable: todos los crímenes, las violaciones a los derechos de los ciudadanos, el deterioro abrumador de la economía, las hambrunas o el incumplimiento de los planes, son silenciados por el Ministerio de la Verdad, ese aparato mefistofélico que tiene por objetivo maquillar las cifras, reescribir el pasado y acabar con reputaciones, para de esa forma estructurar un gran relato de felicidad y abundancia en donde  el Gran Hermano encarna todos los poderes y bondades.    

Y si dejamos la literatura y revisamos la historia, encontramos grandes similitudes.  En su libro sobre las dictaduras de Stalin y Hitler, Richard Overy afirma: “El abismo entre lo que era real y lo que se pretendía que lo fuese es ahora tan evidente que parece increíble que los dos regímenes lograran sostener la ilusión o que sus respectivos pueblos les dieran crédito….Tanto los gobernantes como los gobernados tomaban parte de actos colectivos de tergiversación de tal manera que la verdad se convertía en falsedad y las falsedades pasaban por verdades”.

Y para ilustrar lo anterior, el mismo autor nos recuerda que cuando el régimen soviético se embarcaba en los años de terror más desembozados y los niveles de vida llegaban a límites insostenibles, Stalin afirmaba que “la vida se ha vuelto más alegre”. “Las numerosas imágenes de sonrientes trabajadores de granjas colectivas y cosechas abundantes se difundían en el mismo momento en que miles estaban en campos de trabajo y millones morían a causa de la peor hambruna del siglo”. 

Pero no se trata únicamente de un gran embuste, pues hay un aspecto que toca directamente la psiquis de los déspotas: transcurrido algún tiempo ellos también creen el relato que mandaron a construir sobre sí mismos. Lo que en un determinado momento solamente constituyó un sistema de propaganda y mentira para ganar el apoyo de la población, pasa a ser verdad no solamente para aquella, sino básicamente para quienes construyeron el relato.

Debe ser por eso, por la necesidad de afirmar esa única verdad en la que él también cree, que el Presidente suele decir que “no podrán detener los logros de una revolución que ya es leyenda y que transformó al país en muchos campos”, que todo lo han hecho bien y que desde fuera nos miran con envidia.

Que la crisis económica es inminente, que el desempleo crece, que las libertades se restringen y se criminaliza la protesta social, que la corrupción campea, que los indicadores sociales retroceden; nada de eso tiene importancia. Una buena dosis de propaganda, el maquillaje de algunas cifras, el cambio de metodología para medir la pobreza, la construcción de nuevos “índices multidimensionales”, entre otras cosas, les servirá para crear una realidad paralela que tranquilice su conciencia y afirme el relato.

Y claro, por si eso no le fuera suficiente, bastará con que mire los canales de televisión que él controla, o leer los periódicos oficiales, o escuchar las lisonjas y recibir las sonrisas aprobatorias de sus ministros y asesores. Yo lo entiendo, rodeado de aduladores y sirvientes cualquiera se enajena y pierde el sentido de la realidad.          

Pero hay una cosa más; desde que está en el poder y gracias a esos ataques de intemperancia que suelen sobrevenirle tan frecuentemente, ha repetido hasta el cansancio: “la prensa mercantilista es y seguirá siendo nuestro principal adversario, sin ella la oposición ni siquiera existiría”.

Salvando la adjetivación “mercantilista”, que es como él se refiere a la prensa independiente, el Presidente ha dicho una gran verdad: su principal adversario es, de hecho, la prensa. Y no porque la prensa así lo quiera, sino porque la prensa independiente tiene la obligación de rasgar ese gran manto de opacidad y propaganda que envuelve al régimen; de contrastar el relato del poder con la realidad y con otros relatos. Y cuando el relato del poder se resquebraja porque se enfrenta con otras verdades, también lo hace la ideología que sostiene al régimen, esa que les ha servido a muchos como coartada moral para quedarse dentro, defendiendo el “proyecto”; esa ideología que suplanta la realidad y los enajena.    

Si Presidente, son ellos, los que disienten y dudan del relato oficial, aquellos que cuentan su propia verdad, aquellos que impugnan el idilio totalitario que pretende construirse sobre esa gigantesca e impenetrable mentira; son ellos, nosotros, los ciudadanos que decimos NO, sus principales adversarios y oponentes. No somos sus enemigos, Presidente, porque no concebimos la política como guerra.       

Como en el cuento de Hans C. Andersen, es la prensa y la disidencia la que muestra que el hermoso traje que lleva el emperador es una enorme y burda mentira. Que el rey está desnudo.

[PANAL DE IDEAS]

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