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29 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
29 de Julio del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Los cuarenta años de democracia
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¿Se puede sostener que con el ex presidente Rafael Correa se dejó atrás ese período de inestabilidad institucional y económica que primó en los primeros veinte años de democracia?

En una entrevista en El País, de 9 de diciembre de 2018, el ex presidente colombiano, Juan Manuel Santos, afirma que “la construcción de la paz es más difícil que la consecución de la paz”. Esta opinión me parece que también aplica a la democracia. Salir de la dictadura militar, no obstante las dificultades que hubo que vencer, fue el punto de partida para construir la democracia.

Los cuarenta años de democracia en el Ecuador, muestran que su construcción ha sido mucho más difícil que salir de la dictadura. Igual que en el caso de la paz, a la que alude Santos, la democracia “requiere más tiempo, más esfuerzos, modificar sentimientos, prejuicios, formas de pensar”.

La educación para la democracia, según Humberto Maturana, biólogo e investigador chileno, exige comprender la fuerza de la cultura patriarcal que predomina en las relaciones políticas. Si bien los partidos políticos son consustanciales a la existencia de la democracia, ellos no nacen en el vacío. Independientemente de su ideología, son portadores de tendencias oligárquicas. Los partidos en teoría más interesados en la democracia, como los partidos liberales y socialistas, no eran democráticos por dentro, ni en Europa ni tampoco en América latina; igual que los conservadores practicaron la concentración del poder en la cumbre, y a su interior se libraron luchas fratricidas. No es, pues, casual que como alternativa hayan emergido regímenes populistas autoritarios, como el de Mussolini y Hitler.

La ley de hierro de la oligarquía de Robert Michels, sociólogo alemán y amigo íntimo de Weber, que cuando murió apoyaba al gobierno fascista de Italia, sigue teniendo vigencia. El brillante análisis de este sociólogo, irónicamente nos proveyó, dice Seymour Lipset, renombrado politólogo liberal, “una de las principales armas intelectuales del arsenal de la libertad”.

El progresismo encarnado en fuerzas sociales y políticas renovadoras que emergió en la alianza militar-tecnocrática del desarrollismo, no logró consolidar el proyecto que sustentó la transición, basado en un régimen de partidos, que presuponía la eliminación del caudillismo y del predominio oligárquico.

Volviendo al caso ecuatoriano, los partidos modernos que impulsaron el retorno a la democracia, si bien contribuyeron a poner límites a la oligarquía a nivel de país, no conjuraron los peligros oligárquicos al interior de sus propios partidos. La dictadura de las cúpulas ahuyentó a los adherentes y simpatizantes de los partidos, y esto también alcanzó a los electores. Tal contradicción desembocó en la llamada partidocracia.

El progresismo encarnado en fuerzas sociales y políticas renovadoras que emergió en la alianza militar-tecnocrática del desarrollismo, no logró consolidar el proyecto que sustentó la transición, basado en un régimen de partidos, que presuponía la eliminación del caudillismo y del predominio oligárquico. La modernización del sistema político chocó con lo que señaló Santos, a propósito de la paz. Las formas de pensar y las prácticas siguieron afincadas en el pasado que se quiso desterrar.

El progresismo se alejó de la reforma social frente a la crisis económica. Los partidos que lideraron la transición a la democracia esquivaron los principios y los amoldaron a las circunstancias, dejando el campo abierto a tendencias neoliberales que debilitaron aún más el proceso de democratización iniciado en 1979. Ese vacío pretendió ser llenado por los movimientos sociales que no se sintieron representados por los nuevos ni por los viejos partidos, pero que tampoco propusieron alternativas democráticas válidas a la monopolización de la representación política del “sistema proteccionista de partidos”. Su orientación anti sistémica no advirtió las tentaciones autoritarias que se filtraron en sus filas. De ahí que adoptaran posiciones equívocas respecto de la democracia liberal. El reemplazo de ésta por una democracia participativa engendró la aberración de ese quinto poder del Estado que hoy revela su verdadera faz.

¿Se puede sostener que con el ex presidente Rafael Correa se dejó atrás ese período de inestabilidad institucional y económica que primó en los primeros veinte años de democracia? ¿No fue Ruptura de los 25, partido fundado por María Paula Romo, producto de esa inestabilidad? Ella lo explica: “en el año 2004, el 12 de septiembre organizamos un evento público que se llamó Ruptura de los 25. Se cumplían 25 años de regreso a la democracia en el país (…) había quebrado el sistema financiero”.

Osvaldo Hurtado sostiene que las dictaduras del siglo XXI representan un novedoso fenómeno político por el que “gobiernos democráticos elegidos por el pueblo se transforman en dictaduras, mediante la manipulación de las instituciones constitucionales”. Entonces, mal se podría hablar de estabilidad democrática. Con Correa se produjo un desmantelamiento del estado de derecho, que devino en una dictadura disfrazada de constitucionalismo. Tal proyecto autoritario que giró en torno al poder del Ejecutivo, sin los pesos y contrapesos de las otras funciones del Estado, chocó con esa institucionalidad que, pese a todos los deslices, se instauró hace cuarenta años.

El propio presidente Moreno para legitimarse en el poder se vio obligado a restaurar ese camino abierto entonces. Creo que aquí reside el valor del proceso que arrancó en 1979.

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