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19 de Noviembre del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
19 de Noviembre del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Cuba hacia la democracia?
Cuba se quedó sin Batista pero también sin libertad, sin autonomía, sin mercados, sin capacidad para elegir entre lo bueno y lo mejor, entre el bien y el mal. Se quedó sin propiedad privada. A cambio, los Castro y sus adláteres se adueñaron de todo incluso del bien y del mal, de la verdad y del error.

A simple vista parecería inaudito el giro hacia la democracia que pretende dar Cuba. ¿Será realmente cierto que no se trata de una proclama más a la que Cuba se acostumbró desde que Fidel se apropiara de todos los poderes del Estado? 

En Cuba se vive la más auténtica de todas las democracias, se decía dentro del país y lo repitieron a coro todos aquellos que no solo apostaron a Fidel sino que lo hicieron como parte de un convencimiento de que el marxismo redimiría a los pueblos de la esclavitud social y económica del capitalismo. Unos lo dijeron sabiendo que engañaban, a sabiendas que ese marxismo se hizo en Europa del Este. 

No sería del todo justo pensar que más vale tarde que nunca. En efecto, la revolución castrista sí salvó a Cuba de la esclavitud a la que le tuvieron sometidos quienes hicieron de la democracia una máscara tras la cual se ocultaron las más grandes e infames experiencias, esa democracia que hizo de Cuba un casino y un burdel. Buena parte de quienes en esos años tocábamos a las puertas de un nuevo mundo que nosotros mismos nos habíamos decidido construir apostamos a Castro. Castro vendría a significar el quiebre del viejo orden social y político que nos habíamos propuesto destruir íntimamente acompañados de Kafka, Sartre, Camus, Gide, Bernanos. No fuimos ni comunistas ni socialistas ni anarquistas. Solo una nueva juventud profunda y honradamente cuestionadora de los viejos órdenes sociales, comenzando por el familiar y el religioso. Entonces tuvimos casi un nuevo ídolo: veneramos a Fidel hasta con honestidad. 

No faltaron, sin embargo, quienes lo convirtieron en ídolo y en fetiche. Todos aquellos que con su fe se volvieron sordos y ciegos para negar el desastre y así mantener vivo al héroe a toda costa. Hubo gobernantes que se apoyaron en su figura para delinquir de todas las formas posibles. 

Cuba se quedó sin Batista pero también sin libertad, sin autonomía, sin mercados, sin capacidad para elegir entre lo bueno y lo mejor, entre el bien y el mal. Se quedó sin propiedad privada. A cambio, los Castro y sus adláteres se adueñaron de todo incluso del bien y del mal, de la verdad y del error. 

Cuando pierdes la capacidad de equivocarte, o te has esclavizado o ya estás muerto.

En el balance, el costo de la idolatría política sigue siendo inmenso. Con el paso de las décadas se fue haciendo cada vez más patética la realidad de un país que había perdido todas sus libertades y que se había empobrecido a tal extremo que la gran tarea de la mayoría de ciudadanos se redujo a sobrevivir. Al mismo tiempo, el régimen de Fidel ya no podía ocultar su hundimiento con el manto de su verborrea y de su perenne ofrecimiento de un paraíso que nunca llegó ni con el encarcelamiento y desaparición de sus opositores. 

Desde su enfermedad por el poder y pese al descalabro, Fidel se vacunó en contra de lo que él consideró la más grave de las enfermedades incurables: la perestroika. Con esta negación, Fidel confirmó, de una vez por todas, su espíritu de dictador. 

Todos quienes ofertan el paraíso y la salvación eterna pertenecen al mundo de la farsa. Da igual que se ofrezcan paraísos terrenales o espirituales, siempre se tratará de una explotación infame del sufrimiento, de la carencia, del dolor y de la desesperanza. 

Sin duda que la presión de los EEUU tuvo no poco que ver en la pauperización de la Isla. Sin embargo, sería política y socialmente ingenuo colocar ahí el peso de un descalabro cuyo origen se halla primero y ante todo en el manejo de una ideología sostenida en la negación de la libertad, en la abolición de las diferencias y en la apropiación del poder como si se tratase de un bien personal. 

A todo esto habría que añadir algo fundamental: la eliminación de la propiedad privada, algo que pertenece a la esencia misma de todo sujeto y de toda sociedad.

En el descalabro económico de la Isla tienen mucho que ver algunos países latinoamericanos. No pocos gobiernos democráticos de Latinoamérica coquetearon con el gobierno de Cuba haciéndose los de la vista gorda ante una realidad precaria e inclusive inhumana. Algunos de estos gobiernos creyeron que certificaban su modernidad y autenticidad si se referían a Fidel como al gran salvador no solo de Cuba sino también de América latina: Fidel el héroe que logró establecer en Cuba la única y verdadera democracia. 

Impúdicamente se coqueteó con Fidel y se lo sostuvo a sabiendas de que la Isla se hundía irremediablemente en la pobreza, a sabiendas de que la democracia había sido sustituida por un cruel personalismo que no aceptaba contradicción alguna. A sabiendas de que las cárceles se hallaban llenas de ciudadanos cuyo único delito fue y sigue siendo todavía pensar de otra manera. 

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