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28 de Julio del 2015
Ideas
Lectura: 11 minutos
28 de Julio del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Cuba y Estados Unidos: ¿inicio de la tolerancia?
En la realidad de la vida, las cosas en Cuba caminaron al revés del discurso oficial. De manera acelerada y constante, fue llevada al abismo de la pobreza en el que la única verdadera grandeza fue la identidad con el país en sí mismo, con su historia pero, en la práctica, un país lanzado al espacio inhumano y antiético de la pobreza y de la no libertad. Un país condenado al ostracismo.

El lunes 20 de este mes, a las 16:00 flameó la bandera de Cuba en el Departamento de Estado. Cincuenta y cuatro años después de que los dos países se declararan enemigos políticos, sociales, económicos. Medio siglo después de que se empezase a tejer historias paralelas e incluso opuestas sobre un país que ha sobrevivido alimentado por la pobreza y por el mito, por la generosidad y por la precariedad. Hace ya más de treinta años el mito ya no conservaba nada de frescura y verdad como para crear adhesiones que no fuesen aquellas sostenidas en cierto romanticismo o en la negación de lo que realmente ha venido aconteciendo en la isla.

Hasta finales de los años ochenta, todavía se oía a los trovadores cantar al nuevo y auténtico paraíso, al de los ríos de leche y miel, al de la libertad y la alegría, al de la solidaridad y el progreso igualitario. Fidel, su líder máximo, era, al mismo tiempo, el gran héroe de esta resurrección y el promotor de la nueva religión que había sido capaz de convertir la perenne explotación, las viejas servidumbres, las ancestrales pobrezas, en libertad, autonomía, bienestar y riqueza distribuida entre todos. En ese paraíso, no había lugar ni para el primero ni para el último ciudadano pues todos por igual eran idénticos ante la ley, la olla y la palabra. Desde Fidel, han abundado en las Américas las grandes revoluciones realizadas en el papel y el micrófono.

Pero las realidades son construcciones lingüísticas y creaciones sociales concretas. Al mundo ideativo debe corresponder lo fáctico so pena de permanecer de manera exclusiva en el campo de las enunciaciones en el que el paraíso, la igualdad y la libertad son posibles. Y esto es lo que, finalmente, aconteció en Cuba. El poder político se concentró en Fidel que, por casi medio siglo, se dedicó a gobernar y a administrar un pueblo cuyo estilo de vida fue de mal en peor. Él que estaba seguro de poseer el preciso e infalible abracadabra para cambiar la pobreza en riqueza, el desorden en orden, la ignominia en grandeza, dejó el poder con un pueblo sumido en la precariedad.

En la realidad de la vida, las cosas en Cuba caminaron al revés del discurso oficial. De manera acelerada y constante, fue llevada al abismo de la pobreza en el que la única verdadera grandeza fue la identidad con el país en sí mismo, con su historia pero, en la práctica, un país lanzado al espacio inhumano y antiético de la pobreza y de la no libertad. Un país condenado al ostracismo. Cuando en cualquier sociedad prevalece sobre todos el criterio de una sola persona o de un grupo de poder, se estrechan los márgenes de acción y se reducen las expectativas de un futuro gratificante.

La existencia individual y colectiva no puede estar al servicio de la ideología convertida en vía y en punto de llegada. La ideología posee un carácter meramente instrumental pues, sea cual fuese y en todo orden del saber, no es más que una propuesta temporal que crece y se desarrolla siempre y cuando se adecue a las condiciones existenciales y sociales de los pueblos y posea en sí misma la conciencia clara de su temporalidad. Quienes predican la verdad absoluta y eterna no suelen ser más que embusteros. La ideología no puede, pues, convertirse en la meta de un pueblo sino en un instrumento ideativo que permita organizar el mundo colectivo y personal.

En Cuba, la ideología dejó de ser instrumental para convertirse en razón de existencia. No importa que el pueblo se muera de hambre. No importa que los tiempos del desarrollo se congelen para dar lugar a las anacronías existenciales, casi siempre sostenidas con el vigor de la amenaza que fuerza la repetición. Nada importa porque por encima de todo se halla la ideología transformada en una de las peores religiones dogmáticas. Como si ahí, en Cuba, los líderes no hubiesen tenido noticia alguna del fracaso rotundo de similares procesos en otros países.

La libertad, desde siempre, constituye la condición sin la cual no es posible proceso alguno de desarrollo personal y social. Levinas se refiere a la libertad como tarea absolutamente difícil de mantener pese a su imperativa necesidad. La libertad de cada sujeto para pensar, creer y actuar desde sus deseos. Desde el poder, libertad para sostener de manera inquebrantable la libertad de los otros y para no convertirse ni en su juez ni peor aun en su medida. Para Levinas, en los campos de concentración nazis se asesinó, primero y ante todo, la libertad de ser y de vivir desde las diferencias.
Es lo que pretenden hacer todos los movimientos extremistas.

Es posible que el marxismo-leninismo posea un cúmulo de virtudes que podrían facilitar un mejor desarrollo social y personal, pero no puede devenir religión dogmática para ser profesada por todos a las buenas o a las malas. La historia nos dice que todo pensamiento impuesto a la fuerza ha terminado castrando la libertad, las autonomías, los procesos de desarrollo personales y colectivos. En Cuba se persiguió y aun se persigue a los llamados disidentes, algunos tratados con igual crueldad como se trataba a los llamados herejes en los tiempos del antiguo cristianismo, enemigo acérrimo de la diferencia. Es absurdo que se hable de libertad y se persiga la diferencia en un país en el que al mismo tiempo existen presos políticos, sujetos detenidos, juzgados y sentenciados por el delito de pensar diferente. La libertad produce y sostiene la diferencia mas no la igualdad.

Por ende, bastaría la presencia en el país, de un solo preso político o la censura previa a un solo medio de comunicación para que el sistema llamado democrático se descalifique por sí mismo. Porque tan solo existe libertad en donde puede pensar y actuar la diferencia.

Nunca ha dado buenos resultados la sustitución de una religión por otra porque las religiones dogmáticas exigen un gran nivel de ceguera, de silencio y de sometimiento esclavizante. Cuando estas características forman parte de una ideología social o de un movimiento político, el destino final será su fracaso porque los desarrollos sociales exigen, como condición ineludible, desarrollos ideológicos que se sostengan en la piedra angular de la libertad.

De hecho, Cuba no quiso (en mucho todavía no quiere), mirar más allá de sus propias narices con tal de sostener férreamente los privilegios de los elegidos. Por ejemplo, fueron olímpicamente ignoradas o tratadas como acontecimientos aislados la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS.

Estos cambios no implican que, de manera necesaria, Cuba deba asumir modelos políticos y/o económicos de dudosa solvencia ética. No son pocos los modelos políticos que hablan de la libertad y que, sin embargo, hacen todo lo posible para que los ciudadanos se sometan a los modos de pensar de quienes ostentan el poder. Cualquier sistema impuesto y en el que los ciudadanos no pueden elegir libre y eficientemente, atenta en contra de la democracia.

Hace cincuenta años, no pocos países casi que exigían la invasión militar a la Isla para salvarla del mal. ¿Por qué alguien debe imponer a otros la supuesta o real salvación? Cuando la idea de salvación se une a la política, entonces nacen la prepotencia, la violencia, la infamia.

Este es el punto capital: el reconocimiento y el respeto a las diferencias que no vayan en contra de los derechos fundamentales de los pueblos. No es que Obama esté de acuerdo y menos que apoye el régimen totalitarista y familiar de los hermanos Castro. ¿Renunciarán los hermanos al viejo discurso socialista sostenedor de su poder y se decidirán por la ruta del respeto y apoyo a las diferencias?

La libertad consiste en la capacidad que poseen los sujetos de elegir sus propias dependencias. Una definición sencilla pero absolutamente compleja cuando en ella se incluye un sinnúmero de principios, normas y derechos. La libertad es un producto de la interrelación de los sujetos en los grupos sociales y en la ley. De hecho, la libertad se produce en la interrelación simbólica y real entre el sujeto, los otros y la ley.

Desde esta perspectiva, la liberad nunca puede aparecer como un don o una concesión otorgada por el poder puesto que el poder en sí mismo es un producto de la libertad. Cuando el poder se margina de la libertad de los otros, cuando, del modo que fuese, pretende manejar los hilos de la libertad, en ese momento se pervierte, se envilece.

Los pueblos no se alimentan de discursos ni de ideologías. El pan del progreso no se hornea en el horno de las promesas de paraísos ideológicos, sino en la industria, el comercio, la educación de calidad, la competencia sana y equitativa. En el territorio real y simbólico de la libertad.

[PANAL DE IDEAS]

Alfredo Espinosa Rodríguez
Carlos Burgos Jara
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Carlos Arcos Cabrera
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Luis Córdova-Alarcón
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