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1 de Marzo del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
1 de Marzo del 2016
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

Cuerpo siempre abierto
Es imposible contar a quienes desaparecen. Cada vez que explotan ante nuestros ojos casos como el de Marina y María José, las dos jóvenes viajeras asesinadas en Montañita, se remueve la lista sin fin de los ausentes. Todos sabemos de alguien, todos reclamamos por alguien.

…la ciudad oculta a otra ciudad bajo sus fauces.
No la nombra, no la quiere ver.

César Cabello

Somos la distancia entre desaparecidos
esa suma brutal de pájaros inertes

Edison Navarro

 

Las familias que buscan viven con una incertidumbre de la que hacen su cotidiano. Las familias que encuentran inician el doloroso camino de un duelo que tendrá que enfrentar la impunidad y la inoperancia de la justicia. Como si hablara de la búsqueda de Marina y María José, Alexandra Córdova, madre de David Romo, desaparecido en 2013, dice: “Los desaparecidos no sólo desaparecen aquí, desaparecen en todo el mundo.” Las personas desaparecidas se van de todos nosotros. Tanto con las desapariciones como en los hallazgos sin vida, nos enfrentamos a un Estado que no tiene la voluntad de desmantelar la violencia, que no se preocupa por prevenirla y que ni siquiera logra sancionarla.

A David aún no lo han encontrado, como a miles de personas en Ecuador, a ancianos, a niños raptados por sus padres o madres, a mujeres que han sido vendidas como mercancía. Seguimos esperando por él, por ellos y exigimos que no se calculen los resultados de estos casos como trofeos. Seguimos esperando junto con sus familias, que han vivido lo inenarrable al buscarlos. Por eso la interpelación al Estado, porque no tenemos otro mecanismo que esta justicia, aunque ese mismo Estado elija ignorar las características de la violencia sobre la que pretende legislar.

Sabemos que tenemos que convivir con estas violencias y por eso es inexcusable desconocer sus manifestaciones diversas, no son un monstruo de una sola cabeza. Marina y María José murieron por ser mujeres. Las violencias tienen múltiples formas y nos atacan en nuestras distintas vulnerabilidades porque somos vulnerables de distintas maneras. No hay violencias más urgentes de erradicar que otras ni muertes más importantes, pero sí hay violencias que cuentan con mayor tolerancia social. Rechazamos la persecución religiosa, por ejemplo, o nos horrorizamos frente a la violencia racista, pero no somos capaces de identificar la violencia macha. Hay algo que elegimos no ver, una obcecación que nos conduce a negar un tipo específico de violencia. Somos capaces de justificar los crímenes contra las mujeres cuando decimos “se lo buscó”. Hemos elegido la peor forma de la ignorancia, que es no querer entender.

Un cuerpo de mujer es algo que el mundo macho mira como un cuerpo siempre abierto que puede ser tomado, penetrado o tocado, que puede ser desnudado con la mirada o con las manos sin consentimiento. Para el mundo macho, un cuerpo de mujer puede ser usado de varias maneras e históricamente ha tenido menos valor que otros, esto es innegable. Es un cuerpo. No una persona plena, no una mujer, no un ser humano.

El cuerpo de una mujer es un cuerpo siempre expuesto porque el mundo que compartimos ha querido mantenerlo abierto para los otros. Son privilegios de uso que han mantenido quienes han estado en el poder durante siglos, y son hombres. Un tipo de hombre. Y un tipo de mujer que ha respaldado esos privilegios aunque vayan contra su propia vida. Si hoy las mujeres morimos menos, es porque nuestro cuerpo se ha vuelto más soberano. Se ha protegido, ha aprendido y se ha organizado para resistir. Vidas enteras de mujeres consisten en sobrevivir cada día, en preservar la vida, en intentar llegar a casa sin daño. Seguimos muriendo con una frecuencia tal que algunos países han condenado esta violencia como “un genocidio a cuentagotas”. Es el caso de México, Guatemala, India, China, distintos contextos con una selección similar: niñas y mujeres.

Por eso, hemos sido las mujeres quienes nos hemos construido como personas plenas para preservar nuestro cuerpo, ser sus dueñas y habitarlo. En alianza con las mujeres, muchos hombres y sociedades enteras han cedido sus privilegios históricos. Estaba el derecho de tomar la virginidad de las mujeres que fueran parte de una propiedad; de violar a las mujeres de la familia; estaba el derecho de apedrear a las adúlteras; de matar por celos, de decirle puta a una mujer y deslegitimarla como persona. Estaba y está. Estas son violencias selectivas, por eso hoy, cuando estas violencias escalan hasta la muerte y el Estado se vuelve cómplice por su pasividad, hablamos de feminicidio. Un hombre que renuncia a estos poderes y una mujer que deja de apoyarlos están contribuyendo a frenar las muertes de las mujeres. Una persona que defiende estas formas atávicas está asintiendo: nos pueden matar, ya seamos niñas, mujeres biológicas, hombres femeninos o mujeres transgénero.

En este estado de cosas, leer que las víctimas son culpables es desolador, porque revela que seguimos dispuestos a apoyar esta cadena de violencias contra las mujeres. Seguimos culpando a las “zorras”, no a los zorros. Es preferible juzgar qué vestían Marina y María José, si habían bebido alcohol o no, si aceptaron irse con desconocidos. Sus familias recalcan que ambas eran buenas muchachas. La violencia no distingue entre buenas muchachas y chicas malas, las culpa a todas. Es más fácil juzgar sus libertades que aceptar de una vez por todas que hay toda una idea de “qué es una mujer” que tenemos interiorizada y que es cómplice de los agresores que deciden desaparecer a las mujeres.

En el caso de Marina y María José, que se suma al caso de Karina del Pozo, de Vanessa Landínez, de Gabby Díaz, siempre hubo alguien qué preguntó qué llevaban puesto y por qué habían salido solas. En el caso de Vanessa, seguimos esperando, así como seguimos esperando que se haga justicia por cientos de mujeres anónimas de toda condición social cuyos casos no significan réditos políticos y que por eso permanecen abandonados por la justicia.

En cuanto al caso de Marina y María José, es preferible cuestionar la cultura de Montañita, el uso de drogas y los estilos de vida de la gente que viaja o vive allá. Es más fácil cerrar bares y poner horas de cierre cada vez más temprano, como si la violencia empezara a las tres de la mañana. La noche no es el único tiempo de la violencia, lo saben las mujeres agredidas en sus casas a todas horas o vulneradas al tomar el bus en la mañana. La intervención que anuncia el Ministerio del Interior en Montañita será retrógrada y torpe e irá en consonancia con las políticas altamente punitivas del gobierno respecto de las drogas y la prisión. Irán presos microtraficantes, habrá chivos expiatorios y eso tendrá mucho de racista, sin duda. Ya ha habido al respecto comentarios que perturban aún más: los hombres pobres y oscuros, el perfil agresor más probable. Esa intervención será llevada con autoritarismo macho, es decir, preservará las formas de violencia que debería contribuir a erradicar.

Seguimos simulando que no hay cadenas de violencia que se han llevado a muchas personas y a muchas mujeres. Las familias de María José y de Marina han denunciado que el Estado ecuatoriano miente, no aceptan la versión del Ministerio del Interior y demandan que se investigue una red de trata que podría estar involucrada en este crimen. Cerrar bares y arrestar consumidores de marihuana va a ser un elemento más de este simulacro de pobre factura.

Marina, María José, Karina, Vanessa, Angélica, no fue culpa de ustedes. Ustedes no son responsables de sus propias muertes. No fue su ropa, no fueron su sonrisa ni las decisiones que tomaron mientras vivían su vida. Ustedes no se hicieron golpear, violar ni asesinar. Ya no podemos tenerlas de vuelta ni conocerlas, escuchar su voz ni mirarlas en una foto que no diga “desaparecida”. Pero no fueron ustedes. Fueron ellos. No ustedes.

[PANAL DE IDEAS]

Pablo Piedra Vivar
Alfredo Espinosa Rodríguez
Carlos Rivera
Gabriel Hidalgo Andrade
Fernando López Milán
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Alexis Oviedo
Gonzalo Ordóñez

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