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29 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 10 minutos
29 de Julio del 2019
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

De cuerpos y reinas
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En realidad, el prohibicionismo, del que forma parte la decisión de la Alcaldía de Quito, es una cruzada contra la alegría. La acción social, parecen querer decirnos los prohibicionistas, es una cosa seria (léase aburrida).

Aparte del costo, el principal argumento de la Alcaldía para no realizar la elección de la reina de Quito este año es que los concursos de este tipo “cosifican” a las mujeres, las convierten en objetos. La decisión de la Municipalidad, según Liliana Yunda, presidente del Patronato Municipal, ha sido felicitada por ONU Mujeres.

Cuando habla de “cosificar”, se puede entender que, para Liliana Yunda, la participación en el concurso “Reina de Quito” convierte a las mujeres en objetos materiales inanimados (que eso son las cosas), carentes de voluntad y derechos. Algo así como los antiguos esclavos griegos, considerados por sus amos simples instrumentos de trabajo, de los cuales podían disponer a su gusto.

Si la inferencia es exacta, me parece que quien en realidad “cosifica” a las mujeres que han participado en el mencionado evento es la señora Yunda, pues, desde su punto de vista, estas, como cosas en las que se habían convertido por obra y gracia del concurso, carecían de la capacidad intelectual suficiente para saber qué es lo que estaban haciendo, y de la voluntad y discernimiento necesarios para tomar decisiones adecuadas.

La pretendida “cosificación” está en que uno de los criterios centrales para elegir a la reina de Quito es estético: la belleza corporal de las candidatas. El cuerpo, decía Platón, es la cárcel del alma. Los cristianos, por su parte, identificaban al cuerpo, especialmente el de las mujeres, con el pecado.

En la actualidad, en lugar de oponer el alma al cuerpo, suele oponerse este a la inteligencia. Lo que ha dado lugar a la idea —errónea— de que las mujeres bellas son tontas. El dualismo platónico y cristiano, como puede advertirse, sigue vigente. Y, aparte de la Iglesia, sus defensores más acérrimos son los espíritus religiosos que nutren las filas de los distintos “progresismos”.

Contrariamente a lo que estas personas piensan, la realidad nos dice que tal separación no existe y que los seres humanos, hombres y mujeres, son cuerpo. De hecho, la mente no es más que el funcionamiento del cerebro. Sin este órgano, la mente y, por tanto, la inteligencia y el espíritu del que hablan los religiosos, no existirían. Muere el cuerpo y la inteligencia desaparece.

Los puritanos, antiguos y modernos, siempre han rechazado al cuerpo, y lo han sometido a la suciedad y al sufrimiento. Wislawa Szimborska, comentando un libro sobre la higiene en Europa desde la Edad Media hasta el siglo XX, dice: “La higiene de esos siglos (XVI y XVII) se limitaba a frotarse la epidermis con pañuelos blancos y a utilizar perfume. Solo se daba agua a cara y manos. Y si alguien decidía darse un baño (una vez cada dos años), este hecho se convertía en un acontecimiento sobre el que mucho se hablaría, antes y después (…). En el caso de que hubiese algún bicho raro al que le gustase bañarse más a menudo, estaba obligado a refrenar esa pasión con tal de que no lo considerasen un libertino de esos o un degenerado”.

Lo corporal, para los hermanos Yunda, es un antivalor o, en el mejor de los casos, un valor inferior a la inteligencia, que, al parecer, no tiene para ellos una base biológica. Todavía, como en el siglo XVII, el cuerpo es visto como un enemigo, como la fuente del deseo que pierde a los hombres. La belleza, en este sentido, se asocia con la lascivia. Y el hombre que voltea a ver a una mujer guapa no puede ser más que un pervertido, un cochino.

El cuerpo solo es bueno cuando se esfuerza, como en el atletismo, o cuando trabaja —mejor si es doce horas al día—, pero no cuando se muestra; pues otra de las viejas oposiciones que revive la decisión del Municipio es la de forma y esencia. La belleza, para los puritanos, no es sino forma. ¿Pero no es el arte, acaso, la expresión de la aguda conciencia de las formas que tiene el artista?

El cuerpo solo es bueno cuando se esfuerza, como en el atletismo, o cuando trabaja —mejor si es doce horas al día—, pero no cuando se muestra; pues otra de las viejas oposiciones que revive la decisión del Municipio es la de forma y esencia. La belleza, para los puritanos, no es sino forma. ¿Pero no es el arte, acaso, la expresión de la aguda conciencia de las formas que tiene el artista?

Nadie se atreve a cuestionar las competencias de ajedrez o las de gimnasia, aunque no todos los jugadores de ajedrez tienen el mismo talento que Kasparov, ni todas las practicantes de gimnasia, el talento de Nadia Comaneci. En tales certámenes, siempre hay alguien que gana y alguien que pierde.

Liliana Yunda, en cambio, cuestiona el concurso “Reina de Quito”, porque discrimina a las mujeres que no cumplen determinados estándares de belleza. Estos, ciertamente, no son los mismos en todas las sociedades. Lo que no implica que haya algunas mujeres que se ajusten más que otras a los estándares socialmente aceptados. Con base en estos estándares, en cuyo establecimiento no hemos tenido intervención alguna, juzgamos si una persona es bella o no. Los hechos sociales, decía Durkheim, son anteriores a los individuos y ejercen un poder coactivo sobre ellos.

Hombres bellos, mujeres bellas. Bellos amaneceres y bellos pájaros. Su contemplación afina los sentidos y aleja la muerte por unos instantes. Contemplar el paso de muchas mujeres bellas, en consecuencia, no puede ser malo. No lo es, cuando algunas de ellas circulan por la calle. ¿Será malo, entonces, cuando desfilan en un evento público, en un acto no espontáneo, sino organizado? No encuentro razones para justificar un juicio negativo a este respecto.

Más aún, en el caso de la elección de la reina de Quito, la publicidad del evento se relaciona con un objetivo público: sostener un proyecto que apoya a los niños con síndrome de Down. Hay, efectivamente, otros métodos para recaudar fondos; muchos de ellos secretos. Solo que el secretismo en cuestiones públicas —como cada día tenemos la ocasión de comprobar— puede ser la marca de lo indebido. La conciencia de lo indebido, de lo ilegal, es lo que lleva a la gente a adoptar comportamientos clandestinos y vergonzantes.

Combinar el vestido con el maquillaje, buscar la armonía entre estos elementos y la figura femenina, y adaptar todo esto a una situación y a un momento específicos exige un esfuerzo de autoconocimiento y autoconstrucción muy grande. Hay en las participantes en este tipo de concursos una fuerte conciencia de sus formas y actitudes, y un empeño por realzarlas. Hay una motivación pública y un público ante el cual deben presentarse. Y lo hacen de la mejor manera. Es decir, con respeto: por el cuidado que han puesto en mostrarse a los demás, y con alegría.

En realidad, el prohibicionismo, del que forma parte la decisión de la Alcaldía de Quito, es una cruzada contra la alegría. La acción social, parecen querer decirnos los prohibicionistas, es una cosa seria (léase aburrida). Una cosa de especialistas y seguidores de las viejas y nuevas religiones: de esas confesiones laicas que, de modo frecuente, suelen poner a los animales o a la naturaleza por encima del ser humano. ¿Para qué traer hijos a este mundo desgraciado, cuando podemos adoptar un perro o un gato? El mismo alcalde los regala, sin preguntar a los receptores del obsequio si lo quieren o están en condiciones de cuidarlo.

Toda decisión política —y la suspensión del concurso para elegir a la reina de Quito lo es— busca beneficiar a alguien. Los políticos no son inocentes y tratan de que sus decisiones redunden en beneficio propio. ¿No será que Yunda tiene ambiciones políticas que van más allá de la alcaldía? ¿No será, por eso, que quiere ganarse el apoyo, aparte del de los animalistas, de los sectores de la izquierda y las organizaciones de derechos humanos?

Ante la decisión de suspender el concurso “Reina de Quito”, Paola Vintimilla, exganadora de este evento, dijo:  "Me parece mucho más reprochable ponerle a una mujer en un canal de televisión prácticamente desnuda, aprovechándose de su necesidad económica. Eso ha pasado con el mismo señor Yunda" (Diario El Comercio). Si lo que afirma Vintimilla es cierto, la resolución del alcalde sería una muestra más de la hipocresía que domina en nuestras costumbres y vida política. “Empresa corrupta y corruptora”, decía Rafael Correa de Odebrecht, la mayor financista de las campañas electorales de su partido.

 

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