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13 de Junio del 2023
Ideas
Lectura: 6 minutos
13 de Junio del 2023
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Es cuestión de tiempo
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¿Conseguirá Rafael Correa su venganza política desde el exilio y con un volátil apoyo electoral? ¿La Revolución Ciudadana se resume en las ansias de una sola persona ebria de vanidad?

El correísmo está ansioso por volver al poder. Antes deben librar una intensa batalla interna. Jorge Glas recuperó su libertad, sus derechos políticos y el mando del partido. Atrás quedaron los días de Rafael Correa y este es un nuevo momento: el correísmo sin Correa.

La acefalía de su caudillo y la sorpresiva emergencia de nuevos liderazgos locales en la organización han provocado que la deriva reaccionaria del correísmo se detenga frente a un parteaguas. Al interior de la organización cada vez hay menos que quieren el retorno de Rafael Correa mientras otros, en silencio, lo prefieren lejos, callado y en el exilio. Glas puede decir lo que sea públicamente, pero, tras ser el único en enfrentar prolongadamente las cárceles más difíciles del país, su inmolación le permite afrontar la actual campaña presidencial sin ser recibido a tomatazos en ningún lugar. Pese a contrariar la ley, Glas puede caminar libremente por el país. Correa no. 

Jorge Glas llega al correísmo para detener su intensa caída. Atrás quedaron los días de las victorias aplastantes. Hoy a la Revolución Ciudadana le cuesta ganar.

En las últimas elecciones subnacionales el correísmo consiguió triunfos en las principales ciudades y provincias ecuatorianas, pero con resultados muy estrechos. En Quito ganó la alcaldía con el 25% de los votos, a un poco más del 2% de distancia del segundo candidato más votado. En Pichincha ganó la prefectura con el 28%, a 2% de distancia del segundo candidato en la elección. En Azuay ganó la prefectura con el 20% de los votos, a menos del 1% de distancia del segundo candidato. Y aunque no se puede decir lo mismo en otros distritos como Guayaquil y Guayas, en donde ganó con alrededor de 9 puntos de distancia, a nivel nacional acumula un promedio similar, situado en aproximadamente el 25% de los votos, lo que la convierte en la principal fuerza política del país, pero seguida muy de cerca por otras organizaciones con menores recursos, organización, despliegue o movilización.

Cada vez menos correístas, al interior del partido, quieren que vuelva Rafael Correa. Y es que el expresidente no ahorra oportunidades para amenazar con que satisfará su deseo de desagravio. Insiste en que están urgidos en instalar un órgano constituyente que reponga las instituciones al lugar en donde las dejaron antes de irse, que restituya su estado de inocencia y que restablezca a los funcionarios que estén dispuestos a hacer este reconocimiento como a perseguir a sus persecutores. ¿Conseguirá su venganza política desde el exilio y con un volátil apoyo electoral? ¿La Revolución Ciudadana se resume en las ansias de una sola persona ebria de vanidad? 

Todas las encuestas atribuyen un 30% a favor del correísmo, pero frente a un 80% de indecisos. Entonces esos 30 puntos tienen que compararse con el 20% de encuestados que han decidido su preferencia. Eso significa que el correísmo arranca con alrededor de un 5% de voto duro, aunque puede crecer al 25%, si se compara con los resultados de las últimas elecciones seccionales. El voto disciplinado del correísmo no es del 20, del 25 o del 30 por ciento, como intentan decir sus voceros. Ese es su techo electoral.

Precisamente, entre el 22% y el 26% se sitúa el voto del populismo histórico en el país desde el retorno democrático en 1979. Hay otras propensiones electorales: la socialdemócrata, la conservadora, el liberal y la indigenista. Todas consiguen, de forma variable, con distintos colores, números e identificaciones, un quinto de esos votos. En este punto está la competencia, en cómo conseguir la atención de los votantes más blandos que se deciden a última hora. Eso también dicen las encuestas: que, en la semana previa a las elecciones, incluso durante el silencio electoral, el 70% de los electores toma una decisión.

El correísmo ya no puede apostar por la venganza como relato electoral. En su mejor momento, Rafael Correa conquistó el 57% de los votos en las presidenciales de 2013 jugándose por una estrategia de intensa polarización, agresión y conflicto. En esa elección, su coalición consiguió votantes del populismo, de la socialdemocracia y del indigenismo. Desde entonces, el aerostático del populismo correísta fue gradualmente desinflándose y perdiendo altura hasta que tuvo que apostar, a última hora, por un discurso de reconciliación con Lenin Moreno que consiguió el 39% en las presidenciales de 2017. Incluso después se conformaron con el segundo lugar de Andrés Arauz que consiguió menos, el 32% en las presidenciales de 2021. Y el descenso continúa. La ambición de venganza es un peso inmenso en el globo correísta.

El expresidente Rafael Correa repite constante y furiosamente: es cuestión de tiempo. Sus periodistas e influenciadores digitales, escondidos detrás de ejércitos de cuentas falsas en las redes sociales, amplifican esta expresión acompañada de injurias y nuevas amenazas de persecución, ahondando en el relato de la venganza.

¿Es cuestión de tiempo? No, es cuestión de votos y el correísmo los pierde constantemente porque su único afán es volver al poder.

@ghidalgoandrade

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