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8 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 12 minutos
8 de Julio del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Las deficiencias de los líderes
El presidente Correa debe sentir una gran desazón ahora que el tiempo se le acorta. Ya no puede enfervorizar a las masas, como cuando inició su período presidencial. Su oratoria ya no tiene el mismo eco e impacto de entonces. Y es que ya no es “el crítico del gobierno anterior, sino el objeto de las críticas de sus opositores”.

El país se aproxima a definir su futuro en un acto electoral que va a poner a prueba a los ciudadanos, en cuanto a su capacidad de discernir y optar por tal o cual camino. Por lo general, los ciudadanos no eligen una ideología ni un programa de gobierno; su experiencia les lleva a decidirse en función de los resultados del gobierno que está por cesar en sus funciones. Cuando éste les ha defraudado, incumpliendo sus promesas de campaña, se vuelcan a favor del contrario, o sea de aquel candidato que capitaliza dicho descontento. El peligro está en que puede volverse a equivocar creyendo que “esta vez” sí se cumplirán los ofrecimientos.

En Cartas a la Dirección del diario El Comercio de 5 de julio de 2016, el ciudadano Juan Manuel Andrango opina acertadamente que para salir del subdesarrollo hace falta “el trabajo planificado, organizado y sostenido de toda la nación”. Critica a las cabezas de los comités pro mejoras, juntas parroquiales, cabildos “con los respectivos alcaldes hasta llegar al gobierno central”, por “gastar sus presupuestos en “obras” que en algo servirá a la comunidad, pero que ayuda en mucho a conseguir votos para futuras elecciones con muy poca visión de futuro y sin involucrar ni comprometer a los actores sociales(…) y como resultado terminan sus períodos siendo rechazados, unos, otros en cambio toman las riendas del poder y convierten al país, al cantón o a la parroquia en sus feudos desde donde ejercen un caudillismo negativo”.

¿Cómo salir de ese círculo vicioso de competencias electorales “entre actores con deficiencias similares” sin distingo de ideologías, todos aprestándose “a turnarse en el incumplimiento y burla de sus promesas”?

El citado ciudadano, con razón, señala que para superar las causas de tan repetidas frustraciones “hace falta trabajar en la estructura mental de los ecuatorianos” y que ello sólo es posible con la educación; una ciudadanía bien educada e informada es menos vulnerable a la demagogia y “puede ser capaz de tomar decisiones acertadas para elegir a un estadista que lleve al país por los caminos del crecimiento y desarrollo”.

Sin embargo, los estadistas no surgen por generación espontánea; necesitan poseer experiencia y capital intelectual; se trata de dos condiciones complementarias e indisociables. El caso de Correa ilustra bien el tema: su capital intelectual no tuvo el sustento de la experiencia, lo cual determinó el techo de calidad de su liderazgo. Fue gobernante pero no llegó a ser estadista. Su capacidad se expresó en su habilidad para aprovechar las oportunidades a su favor, para incrementar su poder personal; a ello contribuyeron sus dotes personales para la seducción de las masas, su dedicación al trabajo, su temple para lidiar con las tensiones inherentes a su funciones, en gran parte provocadas por su temperamento. Este estilo muy personalista no le permitió “ver más allá de la curva”, tampoco demostró capacidad para manejar las herramientas de gobierno, como la planificación, lo cual elevó el margen de error en la conducción de las políticas públicas. No tomó en cuenta las reglas del juego social, tuvo baja capacidad de evaluación de sus propias acciones y de las circunstancias que rodearon su gestión y careció por tanto de  capacidad de rectificación de sus reiteradas equivocaciones.

Esto significa que son las cabezas dirigentes las que requieren ser “reformadas”; o sea, que ellas adolecen de conocimientos para gobernar, aunque son reacios a admitirlo. Creen que es suficiente el “arte”, esto es sus habilidades, su carisma, su energía, su intuición; en unos casos, son intelectuales, teóricos, académicos, que desconocen la complejidad de la práctica política; en otros, son experimentados hombres o mujeres de acción, pero carentes de capital intelectual.

En el famoso diálogo entre el filósofo francés, Diderot y Catalina la Grande de Rusia, citado por el experto chileno Carlos Matus en ciencias y técnicas de gobierno, se aprecian las diferencias entre el intelectual y el político.

“Vos trabajáis sobre el papel, que todo lo soporta, en cambio yo, pobre emperatriz, trabajo sobre la piel humana, que es mucho más irritable y quisquillosa”.

El estadista debe ligar las ideas generales sobre el proyecto de gobierno con la práctica, es decir con la capacidad operacional de gobierno. Correa se apartó del proyecto de gobierno, entre otras cosas, porque le faltó capacidad operacional. La ideología no resuelve este bache. Un gobierno de izquierda se afirma en la ideología, en los principios y hace caso omiso de los obstáculos que surgen en el camino. La línea está trazada, la revolución “va porque va”. Correa pensó que con la concentración del poder le sería posible vencer esos obstáculos. Apostó a la gobernabilidad que le dio el petróleo y sus altos precios en el mercado internacional. La alta gobernabilidad que tuvo gracias a esos dos factores no fueron suficientes para que Correa pudiera conducir al país por la ruta trazada en el papel.

La acción de gobierno, más que por las metas que se trazó al inicio, estuvo determinado por la bonanza petrolera; fue esta, en realidad, la que dinamizó al gobierno. Esto hizo que la planificación fuera relegada a segundo plano. ¿Para qué planificar si está en mis manos la capacidad de invertir en lo que me dé más réditos políticos? La gran obra pública mostrará al país de lo que soy capaz. El gasto social marcará la diferencia entre el gobierno de la “revolución ciudadana” y los gobiernos de la larga noche neoliberal. Los indicadores sociales registrarán un mejoramiento de los niveles de vida de los sectores más pobres de la población. La estabilidad política será producto de la legitimidad de un gobierno que cumple con sus promesas.

Este cuadro de prosperidad sufrió cambios bruscos con la caída del precio del petróleo y la apreciación del dólar, circunstancias no previstas por el gobierno. La sostenibilidad de las reformas planteadas en distintos campos quedó trunca. Las escuelas del milenio, Yachay, la ampliación de la seguridad social, la modernización del servicio hospitalario, los proyectos hidroeléctricos, el cambio de la matriz productiva, se vieron afectados. El gobierno se vio obligado a encarar una realidad para lo cual ya no era suficiente la inteligencia práctica. Quedó evidenciado el techo de calidad del liderazgo de Correa.

El presidente no supo diferenciar el partido y el gobierno. Asumió la dirección tanto del uno como del otro, como si fueran lo mismo, sin entender que el Estado es una macroorganización con pluralidad de cabezas y que en él no se puede dar órdenes a quienes gozan de la misma representatividad originada en el mandato popular. Al asumir las principales responsabilidades de gestión y administración del Estado, sustrayéndolas de las demás instancias de poder, el presidente se convirtió en el principal autor de las equivocaciones de su gobierno. Ya no podía echar la culpa de ellas ni a sus subalternos ni a sus adversarios, aunque sí trató de atribuirlas a los factores externos mencionados.

Las deficiencias propias de una baja competencia de gobierno desembocaron en una aguda crisis ideológica que tuvo como protagonistas a los beneficiarios del manejo dispendioso de los recursos públicos. Las denuncias de actos de corrupción son múltiples y el gobierno lejos de responder y dar la cara, los encubre y persigue a los denunciantes. Los intereses particulares han prevalecido sobre los del Estado y de la sociedad, lo cual supuso una degradación de la ética social. Esto se agravó con “el relajamiento del control democrático”, dada la concentración de las funciones del Estado en el Ejecutivo. Los partidos políticos sufrieron la embestida de un régimen sustentado en el poder personal de un liderazgo que buscó siempre una consagración mediática. La millonaria propaganda que saturó los espacios de comunicación proyectó una imagen del país no concordante con la realidad. La credibilidad del presidente y los niveles de aceptación de su gestión son, en gran parte, producto de este marketing.

En términos estratégicos, el gobierno apostó a la imposición y a la persuasión. Lo primero supuso un uso desmedido de la autoridad y la jerarquía. Lo segundo se basó en la capacidad de seducción del líder, con el apoyo de una exposición mediática financiada con los recursos del Estado. No utilizó, o utilizó menos y muy deficientemente, el medio estratégico de la negociación que implica ceder algo si el otro también cede. Tampoco acudió a la mediación en situaciones límites. Hizo uso del juicio en tribunales bajo reglas jurídicas establecidas por el gobierno. Atizó la confrontación; “veamos quién pesa más”. También aplicó la disuasión mediante el amedrentamiento y un aparato legal “disuasivo”.  

El presidente Correa debe sentir una gran desazón ahora que el tiempo se le acorta. Ya no puede enfervorizar a las masas, como cuando inició su período presidencial. Su oratoria ya no tiene el mismo eco e impacto de entonces. Y es que ya no es “el crítico del gobierno anterior, sino el objeto de las críticas de sus opositores”. La propaganda contraria exhibe sus promesas incumplidas y su rencor no puede disimularlo cuando amenaza con lanzarse nuevamente de candidato en circunstancias tan distintas a las que rodearon su triunfal ascenso al poder. Teme que en las próximas elecciones prevalecerá el voto castigo, como causante de una nueva frustración de los que creyeron en su liderazgo.  

Las elecciones, más precisamente la campaña electoral, provoca una suerte de “borrachera” colectiva en la que llueven las promesas de los candidatos, todos ellos esperando cautivar a los electores con cantos de sirena. Una cosa es vencer en las elecciones por razones que, lamentablemente, poco tienen que ver con la capacidad de gobierno de los postulantes a tal o cual cargo. Cuando ganan las elecciones toman recién conciencia de en qué se han metido, pero ya es tarde. Los ganadores, por lo general, carecen de equipos de gobierno debidamente formados y capacitados. Entonces, el presidente no tiene más remedio que improvisar. No valora los tiempos, no prioriza los problemas a enfrentar. Su agenda de trabajo da más valor a las urgencias que a las importancias. La oficina del presidente es precaria, eso hace que las 24 horas del día le sean insuficientes.

Un liderazgo competente para ganar elecciones no es igual a la competencia para gobernar. El propio presidente Correa lo confirma: ganó tres elecciones-por cierto no enteramente libres- pero su desempeño, globalmente considerado, arroja muchas falencias que, sin duda, le pasarán factura en las próximas elecciones.

[PANAL DE IDEAS]

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