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17 de Diciembre del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
17 de Diciembre del 2020
Carlos Rivera

Economista, catedrático de la Universidad de Cuenca. 

Del Consenso de Washington al Consenso de Caracas
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La burbuja de la prosperidad de la revolución ciudadana reventó tan pronto terminó el boom petrolero, y este delirante proyecto acabo en el mayor de los fracasos, puesto que se violaba todos los principios de eficiencia y sostenibilidad en el manejo de los fondos públicos, ni se contaba ya con recursos para mantener los programas de asistencialismo populista y compra de conciencias.

A inicios de los años 90, los principales órganos de gobierno estadounidenses, así como las mayores instituciones financieras internacionales (FMI, BM, BID), llegaron a acuerdos básicos de que los grandes objetivos económicos eran crecimiento económico, baja inflación y equilibrio en la balanza de pagos, y que se los alcanzaban con disciplina fiscal, corrección de subsidios, priorización del gasto público, reforma tributaria,  liberalización financiera, comercial y de la inversión extranjera directa, privatización, desregulación y seguridad jurídica; lo que en el argot académico y de la política pública, se llegó a denominar el Consenso de Washington.

Una década después, el balance de resultados no llegó a ser positivo y se comenzó a hablar con mucha fuerza de la larga noche neoliberal. Sin embargo, debe destacarse que Ecuador nunca llegó a ser un buen alumno del Consenso de Washington, por lo que echarle la culpa de los males de esa época es bastante discutible. En todo caso, este discurso pegó tanto que, en el 2007, enrumbó a la revolución ciudadana al poder, bajo la tutela y guía espiritual del Socialismo del Siglo XXI. Destacaba nítidamente la figura de Hugo Chávez gracias al poder de su chequera más que por su intelecto, y por ello lo denominó Consenso de Caracas, aunque los verdaderos ideólogos de este nuevo socialismo estaban en La Habana, los mismos que manejaban a su gusto, tal cual titiriteros, al comandante y al resto de acólitos en la región.

En contraste al pobre desempeño en materia de aplicación de las políticas sugeridas por el Consenso de Washington, nuestro país llego a ser de los mejores alumnos del Socialismo del Siglo XXI. En efecto, prometieron más democracia, pero en la práctica, hicieron todo lo contrario. En lo económico, aprovechando el boom petrolero y un endeudamiento sin fin y en las peores condiciones financieras, levantaron una burbuja de prosperidad y la idea de una sociedad rica e igualitaria con base a las grandes inversiones en infraestructura,  educación y salud, acompañado de la sobre regulación estatal, las medidas proteccionistas y un sistema  tributario fuertemente progresivo en respuesta a objetivos de equidad. Esta burbuja de la prosperidad se reventó tan pronto se acabó el boom petrolero, y este delirante proyecto acabo en el mayor de los fracasos, puesto que se violaba todos los principios de eficiencia y sostenibilidad en el manejo de los fondos públicos, a la vez que ya no se contaba con recursos para mantener los programas de asistencialismo populista y compra de conciencias.

La burbuja de la prosperidad de la revolución ciudadana reventó tan pronto terminó el boom petrolero, y este delirante proyecto acabo en el mayor de los fracasos, puesto que se violaba todos los principios de eficiencia y sostenibilidad en el manejo de los fondos públicos, ni se contaba ya con recursos para mantener los programas de asistencialismo populista y compra de conciencias

Luego de un interludio agridulce de cuatro años, la revolución ciudadana anclada al Socialismo del Siglo XXI, viene por más y cuyas perlas, aunque luego retractadas, van desde la emisión de dinero electrónico sin respaldo físico, hasta la admiración abierta y sin desparpajo por el modelo venezolano, pasando por la alucinación hecha pública de quedarse 50 años en el poder y la consolidación del rol activo del Estado en la economía, el cual pareciera ser el único gran director de orquesta del desarrollo económico que existe para los revolucionarios; respecto de lo cual, solamente se puede anticipar nuevamente el más absoluto y rotundo fracaso. 

El fracaso previsible de cualquier modelo de dirección estatal lo podemos explicar en las sabias palabras del gran Milton Friedman: “Si uno se gasta su dinero en uno mismo, uno se preocupa mucho de cuanto se gasta, así como de cómo se lo gasta; si uno se gasta su dinero en otros, uno sigue estando muy preocupado de cuanto se gasta, más no tanto en cómo se gasta; si uno se gasta el dinero de otros en uno mismo, uno no está tan preocupado de cuanto se gasta, pero sí muy preocupado de cómo se gasta. Sin embargo, si uno se gasta el dinero de otros en otros terceros, uno casi nunca se preocupa en cuanto se gasta ni en cómo se gasta”.

Con esto, no quiero decir que debemos regresar nuestros ojos al Consenso de Washington, puesto que ha corrido mucha agua bajo el puente. Tanto por los aportes académicos que iniciaron en el mismo Consenso de Barcelona de 2004 y las lecciones que nos dejó la crisis financiera del 2008, los economistas hemos pasado de los objetivos de estabilidad macro y financiera a una visión más amplia. Esta incluye una perspectiva de medioambiente, el combate a la pobreza y la mala distribución del ingreso, al mismo tiempo que se ha desarrollado una praxis más ecléctica en cuanto a la instrumentalización de la política económica, dejando los fundamentalismos de lado y lado. Lo que no está en discusión son los fundamentos de una economía sana, esto es la  importancia de la estabilidad macroeconómica, la asignación de recursos por parte del Estado y la apertura como principios claves del desarrollo económico, pero reconociendo que el traslado de estos principios a políticas concretas (secuencia y grado) debe ser especifico a cada país.

Regresar los ojos al Consenso de Caracas creo que sería imperdonable para los ecuatorianos, salvo que queramos cometer algún tipo de suicidio colectivo.

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Del Consenso de Washington al Consenso de Caracas
 
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