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20 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
20 de Abril del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Del enclaustramiento y su dolor
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Mentir sin inmutarse constituye una de las características primordiales del poder. Salvo las excepciones necesarias, manipular la verdad a su antojo le pertenece de igual forma que ser engañado. Ante el peso de una verdad tan infamemente cruda, lo único que podría salvarnos es la verdad.

La peste nos ha puesto a todos al borde del precipicio de los temores y las dudas. También al borde del precipicio de la violencia. No contamos con la experiencia de haber pasado por algo semejante. Una epidemia que llegó envuelta en un especial papel de regalo: el papel de la mentira oficial. Mentir, engañar, jurar falsamente y más forman parte de las inmensas virtudes que posee el poder, sobre todo aquellos poderes ajenos a la democracia. Demasiado santos y buenos si no mienten, si no ocultan lo que todos deberían saber. Para los poderes absolutos, engañar constituye no solamente un privilegio sino una necesidad imperativa transformada en una suerte de pulsión incontrolable. 

¿Conocemos exactamente lo que está aconteciendo en el país con el coronavirus? Posiblemente no. Primero por la dificultad de manejar datos exactos sobre una epidemia eminentemente móvil y patética. Segundo porque se trata de una personalización del mal. Es este el verdadero infierno al que todos hemos sido condenados. Nadie se salva, ni siquiera los inocentes ni aquellos que han puesto al servicio de la colectividad sus saberes, su buena voluntad y hasta su propia seguridad. Ojalá llegue pronto el tiempo para honrarlos. 

Mentir sin inmutarse constituye una de las características primordiales del poder. Salvo las excepciones necesarias, manipular la verdad a su antojo le pertenece de igual forma que ser engañado. Ante el peso de una verdad tan infamemente cruda, lo único que podría salvarnos es la verdad. Desde luego que para el poder central el tema de la verdad es azas complejo porque en ello va su propia subsistencia. Poder y verdad nunca se han llevado bien Sin embargo, hay que reconocerlo, tan solo la verdad nos librará del mal. 

No somos iguales. Y la epidemia se encarga de hacer crudamente evidentes las desigualdades sociales, económicas, psicológicas y políticas. El poder y el bienestar ven la cara del otro. También el dolor, la enfermedad y la muerte forman parte fundamental del grupo de los débiles, de los pobres, de aquellos que no poseen ni voz ni voto, y no lo poseen porque esos dones les fueron arrebatados hace mucho tiempo. De hecho, carecer de la capacidad de acceder a la verdad constituye una de las claras demostraciones de las grandes injusticias sociales y políticas. 

Hoy se sabe que China mintió. Inhumana política del engaño. Guardó silencio supuestamente para que Occidente no calibre la debilidad del sistema. Y dejó que el virus, supuestamente encarcelado, se extendiese libremente por Europa y las Américas. Crudas y atroces verdades que, sin embargo, no quitarán un minuto de su sueño a los culpables líderes políticos. Si el alimento primario del poder fuese la verdad, el mundo sería otro. Pero lo cierto es que allá, aquí y más allá el poder se sostiene en el engaño. 

Lavarse las manos ha sido y sigue siendo la política de los poderosos ante sus propias culpas. Al final del día, todos son inocentes. Al poder no le hace mucha mella que mueran miles de sus conciudadanos. Silencios enraizados en las políticas cerradas en sí mismas que caracterizan a países como China. Nada nuevo en la historia reciente. Muchos poderes se sostienen en su capacidad de engañar. Como si mentir constituyese finalmente uno de los más importantes privilegios del poder. 

Hoy se sabe que China mintió. Inhumana política del engaño. Guardó silencio supuestamente para que Occidente no calibre la debilidad del sistema.

En occidente, tenemos el mito de Adán y Eva: si comieseis del fruto de este árbol, moriréis. Lo comieron y no murieron. Al revés, entonces se les abrieron los ojos y aprendieron a discernir entre la verdad y el engaño, entre lo bueno y lo malo. También ahora abrimos los ojos para contemplar incrédulos lo que perversamente se mintió para proteger un sistema político.

Desde luego que la mejor estrategia de protección es el confinamiento. Una medida especialmente dura y, en muchos casos, casi imposible de mantener. Porque los sin casa constituyen una inmensa población en las principales ciudades. Pero en estos casos, los que huyen son los valientes y no aquellos que dan la cara al mal. 

Los enclaustramientos domésticos son complejos, difíciles y dañinos. Desde luego que la casa constituye el primero y fundamental lugar de protección de todos ante las catástrofes sociales. Sin embargo, los confinamientos obligados rápidamente hacen que aparezcan amplificados los temores, las angustias y, sobre todo, las ancestrales violencias incluyendo las ya domesticadas que ahora adquieren nuevas expresiones. En ciertas circunstancias familiares, el confinamiento fácilmente podría convertirse en detonante de graves violencias intrafamiliares. Y no solo entre los mayores sino también entre adolescentes y niños. 

Porque la falta de libertad rápidamente se convierte en una suerte de tortura para grandes y pequeños. Los sentidos que hacen la casa mutan hacia el fantasma de cárcel. Desde luego, ningún encarcelamiento es benigno. Y si no se da un control profundamente afectivo, las violencias domésticas terminarán haciendo mucho daño. Quizás hasta se podría predecir un crecimiento del número de separaciones y divorcios.

De pronto, en esta cárcel-casa podrían hacer crisis aquellas limitaciones personales y grupales que antes pasaron más o menos desapercibidas. Tomar en cuenta, además, que la situación de encierro posee el poder de magnificar los problemas y los defectos domésticos. ¿Cuántas mujeres no estarán siendo agredidas y violentadas por maridos antes tolerantes y cooperadores? No faltará quienes estén acudiendo peligrosamente a la bebida para ahogar sus angustias. 

Solo cuando lo pierdes, valoras el don de la libertad. Desde luego que la libertad no constituye un don dado por algún poder. Se trata del más preciado bien que poseemos individual y colectivamente. El reto consiste en seguir siendo libres pese a todo. Desde luego, son los niños y los adolescentes quienes más fácticamente la viven. Para ellos, el régimen quédate en casa se vuelve paulatinamente menos soportable o cada vez más insoportable. 

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