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9 de Diciembre del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
9 de Diciembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Del único y de su bienaventuranza
Por fin, Ecuador tendrá, constitucionalmente, dictadores vitalicios elegidos y reelegidos una y otra vez por un pueblo que, invadido de infinita gratitud, no podrá hacer otra cosa que mantenerlos en el poder hasta el advenimiento y entronización definitiva de la bienaventuranza absoluta.

¿Por qué no nos llegan a granel las felicitaciones de todos los países del mundo, por lo menos de todos los países americanos, desde Canadá a la Patagonia, por haber dado ese paso genial de la indefinida reelección presidencial? ¿Por qué ese silencio?

¿Por qué no escuchamos la voz de la Constitución, de esa Constitución que, en la fiebre que produce el poder, fue declarada la más moderna del mundo? Aquella que duraría cien años y más, la que por primera vez en la historia de la humanidad tomaba en cuenta hasta los derechos de la naturaleza, del agua y de la piedra. Aquella que no fue armada por los políticos corruptos que hicieron del poder uno de sus bienes personales, sino por sabios y santos redentores. Por primera vez, fue creada por el pueblo, como nunca, auténticamente representado por los asambleístas de Alianza PAÍS, el movimiento político de la redención humildemente bautizado con el hermoso y conmovedor nombre de Socialismo del Siglo XXI.

Por fin, Ecuador tendrá, constitucionalmente, dictadores vitalicios elegidos y reelegidos una y otra vez por un pueblo que, invadido de infinita gratitud, no podrá hacer otra cosa que mantenerlos en el poder hasta el advenimiento y entronización definitiva de la bienaventuranza absoluta. Este sería el primer país en el que, por decreto, la bienaventuranza es un bien que pertenece a todos por igual. Nunca más el thánatos producido por la pobreza ni por la corrupción, dos horribles realidades que pasarán a formar parte del museo de las ideologías.

Con qué jolgorio se celebró ese alumbramiento. Cómo se armó la fiesta cuyos ecos no solo que llegaron a todos los rincones del país sino que, muy bien amplificados, fueron escuchados a lo largo y ancho del continente americano. Qué embriaguez narcisista sobre todo de quienes, de su nada, de su nada profesional e incluso mental, habían producido la obra maestra, la mejor Constitución jamás imaginada en la que todos tenían derechos, hasta la Tierra , el agua, el pájaro que vuela y la oscuridad de la noche. Al séptimo día de la creación se dieron cuenta de que todo era bueno. Por fin se había inaugurado en la Tierra, en nuestra América, en nuestro país, el verdadero paraíso.

Al octavo día, apareció Eco al que se le concedieron la suma de los derechos posibles e imaginables. E incluso en él se depositaron todas las condiciones del bien y del mal, de la felicidad y de la tristeza, del presente y del futuro, de la vida y de la muerte. Eco se convirtió en la primera y casi única condición de existencia en derecho y en libertad. El buen vivir, que fuera la categoría mental de la existencia, estuvo condicionada por la adoración irrestricta a Eco. De Eco fluían las bienaventuranzas de la libertad, del poder, de la riqueza. El cuerpo de Eco se había formado mediante una designación democrática que no podría repetirse ni una sola vez más porque la democracia se perfeccionó de una vez por todas en ese único acto democráticamente creador.

Desde ese momento, Eco se constituyó en el sentido de la existencia y el texto universal de toda enseñanza. Es decir, solo a él, la gran divinidad, correspondería la bienaventuranza de la libertad y el cielo de las realizaciones. Al margen de él o a sus espaldas, no sería posible existencia alguna porque el todo es Él. El reino de Narciso había llegado a su perfección absoluta.

En cierta tradición oral se habla de que se produjeron protestas por parte de algunos grupúsculos de malvivientes que en alguna oportunidad del antiguo tiempo habían probado los sabores y libertades del poder. Se cuenta que el Uno ordenó su aniquilación inmediata porque suponía que, si no lo hacía así, corría el riesgo de que pudiesen crecer las malas hierbas de lo que antiguamente se denominaba democracia y libertad. La tradición oral también dice que Uno dispuso incinerar todos los libros de todas las bibliotecas que serían remplazados por un solo texto millones de veces reeditado con carátulas en las que se representaba al Uno de forma absolutamente real. Con el Uno no cabrá alegoría alguna pues todo lo que se produzca en y desde él será real.

El Uno no posee ni cuerpo ni espíritu. No es luz ni sombra. Tan solo presencia sin ausencia. Aquello que lo define es la repetición de sí mismo porque fuera de él no es posible palabra alguna ya que Eco se ha constituido en el único espacio en el que es posible hablar pues la repetición se volvió indispensable. ¿Absurdo? No, de ninguna manera. Solamente se trata de aceptar que, existiendo tan solo el Uno, todo el resto no es más que una forma imaginaria de representarlo. Para confirmar su existencia no requiere nada más que su propia repetición. Es mítica la idea de que en algún momento la Asamblea de los ancianos y sabios de aquel lugar lo habría exaltado a ese lugar del poder. En realidad aquella Asamblea a la que se refiere la tradición no era más que la repetición del Uno, es decir, era lugar privilegiado de Eco, la segunda e indispensable divinidad.

Sin embargo, resultaba importante que La Asamblea de Eco imaginase que poseía existencia autónoma. Era importante que permaneciese convencida de que incluso poseía voz y de que era capaz de crear lenguajes y discursos propios pese a que, de hecho, no tenía otra misión que la de confirmar la existencia bienaventurada del Uno. El Uno era el ventrílocuo y la Asamblea el muñeco.

Si alguien pretendía desvirtuar el poder de Uno o, peor aun, desconocerlo, era eliminado de manera absoluta y radical. De hecho, para la Asamblea, ese era el único delito registrado en los códigos que determinaban las normas del bienvivir.

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