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17 de Mayo del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
17 de Mayo del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Del vino y la metamorfosis del mal
Hace unos años, de pronto, el país fue invadido por el poder de una moralina que se propuso erradicar de la vida cotidiana todo vestigio de mal. Bajo la sombra de un movimiento político que predicaba y auspiciaba la nueva igualdad beatífica de todos, se pretendió la creación de un nuevo mundo organizado por una nueva moral.

Es curioso ver de qué manera el mal se convierte en bien bajo el efecto de las enunciaciones del poder que, desde el comienzo, instituyó en el país un nuevo discurso sobre el bien y el mal: el discurso de la ética del buen vivir, de la nueva salud y de la salvación. No solamente que el socialismo del siglo XXI reorganizaría la economía desde la función social del dinero, del trabajo, de la protección burocrática. Sino que también construiría e impondría una ética sostenida, no en el imperio del bien y del placer, sino en la persecución del mal. De ese mal que crece sin cesar alimentado con los alimentos terrestres entre los que se hallan el alcohol y otros objetos casi innombrables.

Día santo el domingo. Por lo mismo, día en el que no se puede pecar ni vendiendo ni comprando ni bebiendo ningún tipo de alcohol. El Noé del mito no ofendió la sacrosanta mirada de Yahvé ni plantando la vid ni cosechando su fruto ni fabricando el primer vino ni siquiera cediendo a la tentación de ciertos excesos que ofrecen abrir las puertas del paraíso. El condenado fue su hijo que se burló de él. Noé llenó de vides su geografía mágica.

Por lo mismo, el placer del vino no se ligó al mal ni al deshonor ni a la vergüenza. Yahvé ni castigó a Noé ni le ordenó quemar sus hermosos viñedos. Ni le prohibió, de una vez por todas, la fabricación del vino que, desde entonces, invadió el mundo “para alegrar el corazón del hombre”. Vino mágico íntimamente ligado a lo mítico de la existencia humana: vinos sagrados de las celebraciones litúrgicas de los pueblos, de las familias, de cada sujeto. Mítica agua amorosamente convertida en vino para el divertimento de una boda. Divertimento necesario, existencial porque el corazón se detiene si no es irrigado con el agua de la alegría.

Hace unos años, de pronto, el país fue invadido por el poder de una moralina que se propuso erradicar de la vida cotidiana todo vestigio de mal. Bajo la sombra de un movimiento político que predicaba y auspiciaba la nueva igualdad beatífica de todos, se pretendió la creación de un nuevo mundo organizado por una nueva moral. Ese movimiento, con su moralina, aseguraba la salvación actual y futura de todos. Bienaventurados los que ni desean el vino ni lo beben porque de ellos será el reino imperecedero del socialismo del siglo XXI. Y se prohibió, en los días de fiesta, la venta de vinos porque su presencia dañaba la sagrada bienaventuranza de los domingos y días festivos del socialismo.

Y así pasaron largos años de la redención. Hasta que un día en sus arcas ya no quedaba nada de las ingentes cantidades de dinero recibidas, ya no les sobraba ni siquiera la sombra de un centavo. Se habían gastado todo hasta en bisutería necesaria para los engaños indispensables, absolutamente todo, incluidos los dineros anticipados por las futuras exportaciones petroleras ya vendidas.

Entonces, entre otras muchas medidas impositivas destinadas a producir dinero, se sacó al vino de la mazmorra del poder y se lo expuso, vestido de frac, en toda la estantería de los buenos y honorables bienes que hacen la llamada canasta familiar. Los domingos y días festivos, los vinos aparecerán sonrientes, coquetos, tentadores en sus perchas. Por favor, consuman vino los domingos, porque el vino alegra el corazón del hombre y de las mujeres, como dicen los antiguos textos. Por favor, consuman vino y salven la revolución ciudadana.

Fatuidades disfrazadas con ropajes de éticas trasnochadas. Esas éticas que permiten y prohíben según el talante del legislador. Con la moralina se pretende disfrazar con ropajes de santidad las propias debilidades. Que arroje la primera piedra quien se crea libre de toda culpa, de todo deseo perverso, de todo crimen. Qué santo y maravilloso el país en el que nadie bebe, ni fuma, ni roba, ni usa mariguana, ni desea a la mujer de su prójimo, ni malversa los fondos públicos, ni crea sobreprecios, ni inaugura obras aun no concluidas. Ni maneja las leyes a su antojo, ni crea paredones para la diferencia y la protesta.

La ética se convirtió en una simple enunciación: decir sí o decir no. En vender o no vender. En someterse necesariamente a la moralina. Detrás de las estanterías de la moral de circunstancia, no deja de moverse la caravana de las impunidades, de las violencias verbales, de las acusaciones infundadas, de las amenazas a los débiles de corazón que demandan un poco de agua, un poco de pan un poco de consuelo en medio de los escombros de su casa, de su barrio, de su ciudad. Esa moralina ordena que todos deben contemplar silentes, resignados, sin derramar lágrima alguna, el paso lento y pesado de las horas en medio de los escombros de la vida, de la historia personal y familiar. En medio de los escombros morales del país al que se le cargan más impuestos utilizando como pretexto el llanto, el dolor de las víctimas del terremoto. Se calla o le mando preso: amenaza incuestionable y perversa.

Moral de circunstancia, decían los antiguos filósofos. Bauman denuncia la moral líquida que da cuenta de la pérdida de la sensibilidad en las relaciones sociales. Esa moral surgida de la licuefacción de la verdad, la honorabilidad y la sensatez.

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