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22 de Septiembre del 2014
Ideas
Lectura: 7 minutos
22 de Septiembre del 2014
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

Democracia desde abajo y en las calles
El 17 de septiembre me enseñó que en el encuentro de los otros no tiene cabida el Uno (llámese caudillo, líder, elegido, gurú, etc.) porque el Uno impide el encuentro, impide el milagro humano de lo común; porque el Uno no es un ser humano de carne y hueso, el Uno es una autorreferencialidad narcisista que siempre busca colocarse por sobre los otros.

Cuando la democracia ejercida desde el Estado, ya de suyo limitada, ha sido prácticamente aniquilada por la administración de un gobierno claramente autoritario, la sociedad en toda su inmensa posibilidad política la asume desde abajo y en las calles. Este milagro propio de la cualidad política de lo humano es lo que se observó el pasado 17 de septiembre en el Ecuador.

Es absolutamente grato para el espíritu de una sociedad ser testigo de su acontecimiento político, por el cual actualiza los fundamentos irremplazables de la democracia, pues ésta no se inscribe en el marco del Estado, menos a un asunto de Gobierno; es, sí, un atributo de los seres humanos que en su infinita diversidad despliegan como proyectos vitales, historias y mundos.  Es claro que cuando los seres humanos de carne y hueso, desde su irrenunciable singularidad, vuelven a los fundamentos de su ser democrático, reconfiguran su ser en común, su alianza humana. La existencia democrática del ser humano, por la cual y desde la cual se afirma como ser en común, trasciende todo tipo de relación vertical entre los distintos, que por lo general conlleva a la dominación de unos sobre otros o de Uno sobre todos. Ese ser en común, ser democrático, es el que se desplegó por la calles del país y principalmente por las calles de la capital; ese ser múltiple que por su diversidad  de opiniones, de percepciones, de quereres se hace próximo del otro y de los otros en su común defensa de la vida, de sus vidas distintas.

El 17 de septiembre me enseñó que en el encuentro de los otros no tiene cabida el Uno (llámese caudillo, líder, elegido, gurú, etc.) porque el Uno impide el encuentro, impide el milagro humano de lo común; porque el Uno no es un ser humano de carne y hueso, el Uno es una autorreferencialidad narcisista que siempre busca colocarse por sobre los otros; porque él no tiene otro con quien fundar lo común, porque el Uno es el poder en su soledad afirmada y aclamada por la suma de los unos convertidos en una masa amorfa y acrítica.

El encuentro de los otros no necesita dirigencias, vanguardias, guías, mesías, líderes, solo necesita de los otros encontrándose, aproximándose en su voluntad común. Tampoco necesitan tarimas que los divida entre los de arriba y los de abajo, entre los que cantan y los que no pueden ni hablar, entre los que piensan y los que no, entre los indispensables y los sustituibles. Menos aún necesitan camisetas y colores que los uniformen y los vuelvan idénticos, arrebatándoles su identidad diferente desde la cual son capaces de dialogar para consensuar o incluso disentir. El encuentro de los otros no necesita la unidad, necesita las apuestas comunes, los proyectos comunes, y también los que no lo son. Los otros no reclaman verdades y mucho menos únicas, solo buscan puntos de proximidad para ir tejiendo su destino común. Los otros no quieren el proyecto con mayúscula, tejen proyectos varios y distintos como distintos son ellos.   

Los otros no avanzan por las grandes carreteras del desarrollo, solo caminan las calles de su  vecindad, de sus muchas historias, de su resistencias, de su cotidianidad. Los otros no buscan protagonismos fatuos, pequeñas vanidades, ni privilegios transitorios, buscan ir construyendo la vida, siempre lo más amable posible, porque saben que no hay sueños americanos ni milagros ecuatorianos. Los otros no creen en el gran proyecto, saben que solo existen muchos proyectos de vida que se ensayan día a día en todos los pueblos otros, que intentan convivir sin atropellarse, sin querer sobreponerse a otro y menos todavía subordinarlo o aniquilarlo en nombre del crecimiento económico y del desarrollo.  

Los otros no quieren patriarcas que decidan por todos, no quieren machos controladores, no quieren tecnócratas que diseñen con fórmulas sus vidas, ni quieren que un Uno les diga lo que es bueno y malo, lo que les conviene o no; los otros no quieren ser votos de una maquinaria electoral, ni soldados de un Estado, menos de uno autoritario, tampoco órganos de un cuerpo político, ni ladrillos de una plataforma gubernamental sobre la cual se erige el líder. Los otros no quieren ser unos con minúsculas, idénticos entre ellos y hechos a imagen y semejanza del Uno con mayúsculas. Los otros no son eco de la voz del Uno que repita, cual caja de resonancia, la “verdad” de “dios”, los otros tienen sus voces propias con las cuales expresan sus pensamientos múltiples, distintos y disidentes. Los otros, a diferencia de los unos que sumados son convertidos en masa, existen en su relaciones como otros, no dependen de la existencia única del Uno para existir. Los otros no son soldados ni del estado, ni del mercado, ni de la revolución, son personas, pueblos, comunidades creadores de sus destinos, de sus vidas.

Los otros no van detrás del Uno, van juntos, tomados de sus manos, agarrados de sus brazos, hombro con hombro, rostro con rostro. Los otros no siguen mandatos de jefes, ni son jefes que dan mandatos, no obedecen órdenes ni ordenan, no castigan ni premian, no controlan ni silencian. Los otros son coherentes con sus convicciones inmanentes, con sus quereres comunes; acuerdan entre ellos, no se imponen, no se toleran, intentan comprenderse y aceptarse. Los otros a diferencia del Uno se equivocan, se alteran,  se transforman, porque no es posible no hacerlo cuando se es con otros. Solo el Uno no se “equivoca”, porque no permite que el otro lo altere, porque permanece idéntico a sí mismo en su soledad, porque ha acallado la diferencia en su pequeño espacio de poder, pues siempre el poder concentrado en Uno es estrecho.     

La caminata del 17 de septiembre fue la puesta en acto de la democracia profunda o, lo que significa lo mismo, de la existencia común, pues más allá de quien formalmente la convocó, es claro que los otros y la otras nos reunimos allí para afirmarnos como otros u otras y actualizar nuestro compromiso común por la defensa de la vida, en toda su inmensa posibilidad de expansión creativa. Queda abierta la convocatoria a caminar nuestras comunes vecindades, nuestras comunes luchas, nuestros comunes deseos.

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Natalia Sierra
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