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2 de Septiembre del 2021
Ideas
Lectura: 4 minutos
2 de Septiembre del 2021
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Democracia directa: jugando al susto
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El bloque de Pachakutik acaba de responsabilizar al gobierno de las deserciones en sus filas y, de paso, del desprestigio de la Asamblea Nacional. La mayoría inicial está en grave riesgo de disolución.

El anuncio del gobierno de echar mano de la democracia directa como alternativa frente a un eventual bloqueo legislativo implica varias posibilidades, dependiendo de la complejidad del momento político. Todo dependerá del límite que enfrente el régimen en su estrategia de ampliar el bloque gobiernista en la Asamblea Nacional.

Hasta ahora, la cooptación de asambleístas de distinta procedencia le ha funcionado con relativo éxito, aunque insuficiente para conseguir una mayoría sólida. No solo eso: el bloque de Pachakutik acaba de responsabilizar al gobierno de las deserciones en sus filas y, de paso, del desprestigio de la Asamblea Nacional. La mayoría inicial está en grave riesgo de disolución.

No obstante, antes de arriesgarse a cualquier mecanismo de democracia directa, el gobierno insistirá en sus amarres parlamentarios. A fin de cuentas, virar asambleístas es una alternativa menos engorrosa y más inmediata.

El problema es que las exigencias de los asambleístas díscolos pueden ser inmanejables. Los escándalos del toma-y-daca ya empiezan a generar demasiado ruido. Algo peor ocurriría si los acuerdos fueran a nivel de bloques. Solo basta pensar en lo que pedirían a cambio socialcristianos o correístas para ponernos los pelos de punta. En ese sentido, la convocatoria a las urnas puede ser una tentación válida para Lasso, aunque el escenario no sea tan favorable. Veamos.

Yendo de lo simple a lo complejo, la primera salida sería una consulta popular. La iniciativa ya fue insinuada desde los primeros días del régimen y cuenta con el respaldo de varios sectores políticos. No obstante, las preguntas que lanzaron como globo de ensayo parecen ser insuficientes para los alcances que se han fijado los grupos de poder económico. Los partidarios del shock neoliberal presionan por medidas más radicales, mientras los sectores sociales advierten sobre las consecuencias de cualquier política de ajuste. En esas condiciones de confrontación, una consulta mal concebida, incluso con la aceptación que por ahora tiene el gobierno, podría terminar en un estrepitoso fracaso.

Antes de arriesgarse a cualquier mecanismo de democracia directa, el gobierno insistirá en sus amarres parlamentarios. A fin de cuentas, virar asambleístas es una alternativa menos engorrosa y más inmediata.

La siguiente salida sería la muerte cruzada, una medida sobre la cual nadie en este país tiene ninguna certeza. A lo mucho, se pueden hacer especulaciones sobre sus efectos. Y la primera inquietud apunta a la capacidad de un presidente para ser reelegido luego de seis meses de administración por decreto de una crisis impredecible e indescifrable, cuyas consecuencias serían atribuidas únicamente a su gestión. Lasso no está en condiciones de aplicar un despilfarro electorero como los que aplicó Correa para ganar varias elecciones consecutivas.

La última salida es la convocatoria a una asamblea constituyente, tal como lo reclaman muchos sectores y representantes de la derecha. Pero la aprobación de una nueva Carta Magna podría ser otro saludo a la bandera, una jugada complicada e inocua. En un país donde los conflictos de poder, es decir, donde la política monda y lironda se pasa por el forro los cuerpos legales, las constituciones no juegan un papel decisivo. La Constitución de 2008 no ha sido un obstáculo para que los grupos empresariales hayan hecho su agosto durante los últimos tres lustros.

Frente a tanta incertidumbre, es posible que los anuncios del gobierno de recurrir a la democracia directa solo jueguen al susto. Prefiere retocar los desgastados mecanismos del ejercicio del poder antes que arriesgarse a un descalabro electoral.

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