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4 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
4 de Noviembre del 2019
Luis Córdova-Alarcón

Es profesor agregado de la Universidad Central del Ecuador, experto en Derecho Internacional y Ciencia Política. 

Los demonios de octubre: parroquialismo, tribalismo y fetichismo democrático
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La política es un proceso de subjetivación que implica el reconocimiento de la diferencia. El otro (lo diferente y diverso) está en la exterioridad del orden social instituido. Hay que enfocar la democracia como un medio para la transformación del orden social. Cuando el orden instituido se anquilosa y se resiste al cambio, deja de ser democrático.

Las protestas de octubre han alimentado ciertos demonios. Ante el miedo a la incertidumbre provocado por las protestas es lógico que los individuos busquen una explicación que le de sentido de “orden” a todo el “caos” que los amenaza. El problema es que con ese afán tan instintivo se acentuaron tres actitudes perniciosas que nublan el entendimiento, bloquean las soluciones y prolongan la crisis. Estas actitudes son el «parroquialismo», el «tribalismo» y el «fetichismo democrático». Identificarlas y cuestionarlas puede servir para que prime la sensatez en el debate público.

El «parroquialismo» se manifiesta cuando un actor ensimismado sobredimensiona su condición. «Mirarse al obligo», dirían los abuelos. El mejor exponente de esta perniciosa actitud es el Gobierno ecuatoriano. Se llenó la boca de teorías conspirativas, sin expurgar sus culpas ni mirar su entorno. Incapaz de reconocer las causas de la crisis en procesos larvados desde hace años, que incluso trascienden las fronteras territoriales, el gobierno optó por un libreto ya conocido: criminalizar la protesta social y acusar al correismo de articular una conspiración con apoyo internacional.

Ahora, con acciones judiciales pretende hacer lo que no ha podido con acciones políticas: llenar el vacío de poder y de legitimidad. El Gobierno actúa como un suicida que cree no tener nada que perder. Ya lo ha dicho el propio Lenin Moreno: “jamás quise ser presidente”. De ahí su parroquialismo patológico y la permanente fuga hacia adelante. No afronta los desafíos de una sociedad fracturada. Prefiere cumplir los dictámenes sus titiriteros.

A esto se suma el «tribalismo» que va colonizando la opinión pública. Con este término refiero la pretensiosa actitud de explicar la protesta de octubre desde un solo ángulo. De tal forma que sus diagnósticos terminan siendo parciales y sesgados, desconociendo la complejidad (multi-causalidad y entropía) del fenómeno. Que el problema son los subsidios, que la causa de todo es el neoliberalismo, que la mayor amenaza es la insurgencia y el crimen organizado. Cada uno tira para su lado empantanado en sus prejuicios.

El «parroquialismo» se manifiesta cuando un actor ensimismado sobredimensiona su condición. «Mirarse al obligo», dirían los abuelos. El mejor exponente de esta perniciosa actitud es el gobierno ecuatoriano. Se llenó la boca de teorías conspirativas, sin expurgar sus culpas ni mirar su entorno.

Este tribalismo no se manifiesta como una confrontación de ideas para construir un debate. Se expresa como una confrontación de “verdades” y se ejecuta mediante la descalificación del oponente. Los generadores de opinión con honestidad intelectual escasean en estos días. En cambio, los fundamentalistas pululan. Y los hay de varios tipos: periodistas, abogados, economistas, sociólogos, expertos en seguridad, políticos, representantes gremiales, voceros gubernamentales, entre otros. Atrincherados en “su verdad” se empeñan por reforzarla con cada dato que encaja en “su análisis”: confunden correlación con causalidad. Así es imposible desactivar la violencia social.

Por último, están los que profesan un «fetichismo democrático». Es bien sabido que el «fetiche» es un artefacto de adoración al que se le atribuyen cualidades sobrenaturales. Algo de esto ocurre con la democracia. Por «fetichismo democrático» entiendo la actitud política de mirar a la democracia como un fin en si mismo, como un “orden dado” de una vez y para siempre, y no como un medio para (re)crear y transformar el orden social. Los fetichistas piensan que la democracia es un artefacto que existe al margen de una sociedad históricamente especificada.

Como lo explicaba Norbert Lechner (1984), en plena transición a la democracia en América Latina, «la teoría del pluralismo enfoca la democracia en tanto interacción de actores, dentro de un marco dado. No se plantea la creación–transformación del orden. […] Si el orden establecido no puede ser transformado, si es un escenario inmutable, puede haber actores, pero no sujetos». Por eso, cada vez que el movimiento indígena emerge en la escena política, los fetichistas democráticos le niegan su condición de sujeto histórico y clausuran la posibilidad de transformar el orden social.

Pero la política es un proceso de subjetivación que implica el reconocimiento de la diferencia. El otro (lo diferente y diverso) está en la exterioridad del orden social instituido. Hay que enfocar la democracia como un medio para la transformación del orden social. Cuando el orden instituido se anquilosa y se resiste al cambio, deja de ser democrático. Es la incapacidad para procesar la diferencia y recrearse continuamente lo que socava la legitimidad democrática de un orden político. En este sentido, Chile y Bolivia están dando campanazos que no deben ser ignorados.

La corresponsabilidad de una sociedad democrática exige combatir estas actitudes por perniciosas. El parroquialismo de la dirigencia política los convierte en caballos con anteojeras. Así es fácil reemplazar la inteligencia y la sensibilidad moral por criterios tecnocráticos que precipitan el estallido social, o por promesas populistas que colindan entre el cinismo y la hipocresía. Pero dentro y fuera del gobierno también hay que combatir el «tribalismo». Caso contrario se impondrán los mitos y tabúes sobre los argumentos. Para analizar los problemas actuales hay que rehuir de la especialización. La mirada holística y el análisis interdisciplinario es cada vez más necesario si se busca un diagnóstico certero. Pero este y otros desafíos exigen repensar y reorganizar el orden social instituido. Algo inconcebible para un fetichista democrático.

En definitiva, urge exorcizar estos demonios y tomar en serio las lecciones de octubre.

[PANAL DE IDEAS]

Alfredo Espinosa Rodríguez
Rodrigo Gehot
Natalia Sierra
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