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15 de Octubre del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
15 de Octubre del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Despilfarro y vanidad sin culpa
Ese inmenso boato narcisista. Ese imparable atropello a las libertades y al honor de muchos. Eso y más lo pagamos todos. Lo pagó el país entero y sin chistar. Pero ahora, cuando el ídolo disfruta de sus bienes en Europa, nosotros, debemos pagar a uno de los canales de televisión la pequeña cantidad de 6.6 millones de dólares por la transmisión de 119 sabatinas realizadas entre enero de 2015 y octubre del 2017. Pequeñeces para aquella egolatría.

Una de las características del correato fue el despilfarro sin límites, como en sus grandes e inútiles viajes, por ejemplo. Correa y los suyos se consideraron dueños del país, de sus bienes, de su economía. De la misma forma que se apropiaron de su ética y su  honorabilidad. Hicieron lo que les vino en gana. Porque todo era bueno y ético si estaba destinado a asegurar que la imagen del presidente esté constantemente vivificada en la conciencia ciudadana. La propuesta fue que nadie podía dejar de mirarlo todos los días, escucharlo todos los días, amarlo y temerlo todos los días. Correa el omnipresente.

Ínfulas de faraón tercermundista. Se propuso que el país jamás olvidara su nombre, su presencia, su voz. Entre las muchas estrategias que utilizó para que su presencia estuviese muy cerca de todos sus súbditos se descartan dos: las mega construcciones y las sabatinas. 

Las sabatinas se convirtieron en la piedra más preciosa de la corona del presidente con ínfulas de rey sol. Todos los sábados invadió al país con su imagen, su séquito, la letanía de sus obras, las alabanzas a sí mismo, a sus fieles adoradores y las inclementes diatribas a sus reales e imaginarios enemigos. Todos los que no estuvieron con él estuvieron en su contra. Todos los que no eran sus amigos eran sus enemigos. Narcisismo primitivo y voraz. Primitivismo social y ético.

Y el país lo soportó porque no tuvo ninguna otra alternativa. El que muchos no encendiesen el televisor de casa no fue nunca  un impedimento para que él, el único, el sabio y sublime, ingresase con toda su presencia perversa hasta a los rincones más remotos de las ciudades y de los campos. Como la luz del sol e incluso como las tinieblas de la noche. Inevitable y fatídicamente presente.

Pero también onerosamente presente. Su vanagloria, las muy medidas alabanzas a los suyos, claramente destinadas a que reboten en su favor, sus panegíricos sobre sí mismo, los viajes de sus súbditos y de sus aduladores. 

Todo eso no lo pagó él con su sueldo, lo pagamos todos nosotros: chicos y grandes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, aquellos que se quedaron sin casa por el terremoto y los que aportamos para que se reconstruyan esas casas que nunca se construyeron. 

Los periodistas de los periódicos propios del gobierno y de los que se había apropiado truculentamente. Los articulistas de revistas. Los corresponsales nacionales e internacionales que constituían su séquito de la verdad. Los micrófonos de las emisoras, las cámaras de sus canales incautados perversamente. Todos ellos  se encargaron de que la   imagen y la voz del ungido lleguen hasta los más remotos lugares  del país. Cómo crecía entonces su ego: Rafael el grande, el único, el surgido de las cenizas de sus penurias originales. 

Ese inmenso boato narcisista. Ese imparable atropello a las libertades y al honor de muchos. Eso y más lo pagamos todos. Lo pagó el país entero y sin chistar. Pero ahora, cuando el ídolo disfruta de sus bienes en Europa, nosotros, debemos pagar  a uno de los canales de televisión la pequeña cantidad de 6.6 millones de dólares por la transmisión de 119 sabatinas realizadas entre enero de 2015 y octubre del 2017. Pequeñeces para aquella egolatría.

Hoy dicen las respectivas autoridades que los funcionarios responsables del manejo de esos y otros millones deberán rendir cuentas. ¿Qué significa rendir cuentas en este país en el que el poder ha hecho siempre su omnímoda voluntad respaldada por un sinnúmero de justificativos que terminan haciendo de la impunidad la más alta y cotizada de las virtudes?

Por desgracia, el país se ha acostumbrado a la fatua  llamarada del escándalo. Es teatral la manera cómo algunos que, desde luego, no tienen las manos limpias, se rasgan las vestiduras para proclamar su inocencia. Por supuesto que los culpables tienen su conciencia limpia porque, sencillamente, hace ya mucho tiempo que dejaron de tener conciencia.

Recién ahora el gobierno acudirá a la Fiscalía para rendir su versión sobre el manejo de los medios públicos y de los incautados. Como si no fuese una afrenta al honor y a la libertad seguir hablando, como si nada, sin siquiera sonrojarnos, de medios incautados. 

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