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10 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
10 de Febrero del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Déspota Erdogán
¿Valía la pena para no ofender al presidente de Turquía dejar actuar a sus gorilas, permitir que vejaran y patearan en el suelo, apuntando a los genitales, a las mujeres que tenían pleno derecho a protestar?

No les faltó razón a las mujeres que gritaron en el IAEN “Fuera Erdogán, fuera”, y los ecuatorianos nos hemos quedado absortos que el régimen que nos malgobierna, que tanto ha insistido en el valor de la Patria y se ha llenado la boca con lo de la soberanía y la dignidad, se comporte de manera tan sumisa y vergonzosa dejando actuar a la guardia presidencial turca como si estuvieran en su país, dejando maltratar a mujeres y a un legislador que reaccionó, cuya propia Policía Nacional vio impávida el ataque (baldón del que no podrá librarse) al igual que los académicos oficialistas.

Que el Gobierno no se solidarice con las víctimas de los guardaespaldas extranjeros y que pida disculpas al embajador del déspota por el incidente, junto con una taimada protesta, es vomitivo.

¿Qué fueron “malcriadas” esas mujeres?, ¿Qué son del MPD?, ¿que ponen en riesgo las relaciones con ese país? La reacción de Correa es como las de las autoridades italianas tapando a las estatuas del Museo Capitolino para que no se ofendan las castas pupilas del presidente iraní, y podría aplicarse al pie de la letra lo que Massimo Gramellini, en La Stampa, ha llamado la "sumisión" intolerable de unos gobernantes ante la visita del mandatario despótico, o lo expresado por Michele Serra, en La Repubblica: "¿Valía la pena, por no ofender al presidente de Irán, ofendernos a nosotros mismos?". ¿Valía la pena para no ofender al presidente de Turquía dejar actuar a sus gorilas, permitir que vejaran y patearan en el suelo, apuntando a los genitales, a las mujeres que tenían pleno derecho a protestar?

La seguridad turca prefirió el IAEN porque era más fácil su control. Sé que descartaron otras opciones precisamente por el tema de la seguridad. Deben haberse sentido estupefactos cuando, después de tanto despliegue y coordinación, empezaron los gritos de protesta. A Correa, por supuesto, que no aguanta que le digan o hagan un reproche, le parece malo que se proteste con entereza y valentía como lo hicieron esas mujeres, que actuaron en nombre de todos los ecuatorianos que creemos en una verdadera democracia (no solo la elección en las urnas sino la legitimidad que concede comportarse como un demócrata) y repudiamos el gobierno radical, absolutista y corrupto de Erdogán y la forma en que se comporta con sus opositores, la prensa independiente y en especial la minoría kurda.

Dentro de Turquía, como lo han reportado las agencias internacionales (Ver por ejemplo el reciente despacho de Joris Leverkin para IPS) hay ciudades con un grado de devastación que más cabría esperar de Siria.

¿Por qué? Porque en las regiones del sudeste de Turquía, que son predominantemente kurdas, hay una guerra. Una guerra del Estado turco, bajo la presidencia de Recep Tayyip Erdogán, contra parte de sus propios habitantes, los kurdos. El gobierno afirma que libra una lucha contra el terrorismo, pero las operaciones de seguridad, como lo confirman los reportes internacionales, emplean de manera tan exagerada la violencia, que ciudades y barrios enteros quedan aislados y la población civil queda atrapada dentro de sus casas durante semanas.

Organizaciones internacionales de derechos humanos han reclamado que cese el castigo colectivo de toda una población por los actos de una pequeña minoría. Porque el pueblo kurdo quiere una solución pacífica. El Partido Democrático de los Pueblos (HDP, en turco), principal representante político de la población kurda, ha insistido siempre en buscar una solución pacífica al violento conflicto.

El copresidente del partido, Selahattin Demirtas, ha dicho que “si la política puede desempeñar una función, las armas no son necesarias. Donde no hay política, habrá armas”. Y ha enfatizado en que "el diálogo y la negociación deben ser el método cuando el público está en peligro. El fortalecimiento de la democracia es la única manera de salvar a Turquía del desastre”.

Pero el presidente Erdogán y su partido, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP, en turco) no quieren democracia. Ellos y el izquierdista Partido de Trabajadores de Kurdistán (PKK) optaron de nuevo por la guerra, cuando echaron al canasto las esperanzas que hubo en 2013 de alcanzar una solución política a las décadas de violento conflicto entre el Estado turco y su minoría kurda, que ha provocado decenas de miles de muertos. La posibilidad de conversaciones de paz hizo que las hostilidades cesaron durante casi dos años y medio, pero la precaria tregua terminó a mediados del año pasado a partir de las nuevas tensiones generadas por la guerra en Siria.

Es que han sido los kurdos los que más y mejor han luchado contra varios grupos opositores yihadistas y sirios apoyados por el gobierno turco, entre ellos el propio Estado Islámico (EI).

Erdogán no quiso oír de más conversaciones, por lo que los kurdos no solo que fueron blanco de atentados suicidas realizados por el EI sino que empezaron a sufrir ataques aéreos de Turquía contra objetivos del PKK en el norte de Iraq (los kurdos ocupan grandes zonas en el norte de Irak, Siria y el sureste de Turquía, pues las potencias occidentales que se inventaron países como Irak se olvidaron de crear una nación para los kurdos en su reparto imperial de las tierras del Medio Oriente) aparte del acoso y ataques por tierra dentro del propio territorio turco.

¿Qué buscan los kurdos? El derecho de hablar su lengua materna y ser educados en ella, de practicar su propia religión, de tener representación política y de proteger el ambiente natural de sus tierras históricas. Pero el estado turco ha desoído una y otra vez estas aspiraciones, y en vez de una “confederación democrática” como proponía Abdulá Ocalan, el líder del PKK en la cárcel, con autonomía de las comunidades locales y la descentralización del Estado, han recibido la represión masiva, los toques de queda, el asedio militar, ya no contra las bases del PKK sino contra toda la población. Por eso se calcula que en los últimos seis meses han muerto 200 civiles víctimas de los enfrentamientos, además de cientos de soldados y combatientes kurdos.

Erdogán no puede soportar que el HDP haya superado el 10 por ciento de los votos en las elecciones parlamentarias de junio y de nuevo en las elecciones anticipadas de noviembre y ha querido despojar de su inmunidad a los legisladores de ese partido para procesarlos ​​por apoyo al terrorismo. El HDP no se ha dejado intimidar e insiste en una solución pacífica y democrática al conflicto.

Mientras tanto, la libertad de expresión sufre constantes ataques de este Gobierno, que por más que sea resultado de las elecciones, se comporta como una dictadura; persigue a los periodistas, adquiere medios opositores, otorga jugosos contratos a los dueños de los medios complacientes, impide la disidencia. Y, en la zona kurda, encarcela y procesa a los representantes políticos, alcaldes y gobernadores de los distritos donde se ha reclamado autonomía; califica y trata como asesinos, de los que hay que limpiar “nuestras montañas, llanuras y ciudades”, a todo kurdo que defienda su cultura; se niega a dialogar con ellos e impide que los kurdos de Siria participen en las negociaciones sobre el futuro de ese país, futuro que jamás verá la paz si es que se excluye a las verdaderas partes del conflicto.

Correa tiene una predilección por los dictadores, sea que disfracen sus pútridos gobiernos en elecciones o sean hereditarios: Alekandr Lukashenko, “el último dictador de Europa” que visitó el Ecuador en 2012; Vladimir Putin, a quien visitó en 2013; los jeques de Arabia Saudita, donde llevó una nutrida delegación recientemente; sin olvidarnos de quien le trató de “muchacho”, el finado Hugo Chávez, y ahora Erdogán, quien está en el gobierno desde 2003, once años como primer ministro y ahora como presidente, inspirando gobiernos sin fin como las ilusiones que abrigaba Chávez y tienen Lukashenko, Putin, los Al Saud y el ecuatoriano.

[PANAL DE IDEAS]

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