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6 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 10 minutos
6 de Abril del 2020
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Diario de cuarentena X
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El temor abstracto se difumina en medio de otros pensamientos. ¿Qué puedo hacer? Tan solo las imágenes tienen la fuerza de conmovernos, pero son tantas que se transforman en una película sin comienzo ni fin.

Sábado, 4 de abril de 2020

9:00. El planeta sobrepasó la barrera psicológica del millón de casos. Son cifras y toda cifra es una abstracción que infunde un temor abstracto. El temor abstracto se difumina en medio de otros pensamientos. ¿Qué puedo hacer? Tan solo las imágenes tienen la fuerza de conmovernos, pero son tantas que se transforman en una película sin comienzo ni fin.

10:07. En la madrugada tuve un sueño intenso. Veía simultáneamente dos series en la televisión. La primera o la segunda, no importa, eran recuerdos del colegio en que estudié; la otra, era una serie inglesa sobre un matrimonio agobiado por el tedio que acuerda concederse libertad para encuentros extramatrimoniales. Acuerdan también compartir civilizadamente sus experiencias. Yo pasaba de una historia a otra, cuando sucedió algo extraño: las historias comenzaron a mezclarse.

E, mi compañero de colegio ―lo llamaré así no por hacerme el interesante sino porque he olvidado su nombre― era el personaje central en el filme de mis recuerdos. Recibíamos clase de literatura con el licenciado Larenas, el Loco Larenas. Él entraba al aula con la nariz cubierta con un pañuelo de seda, apresuradamente iba a las ventanas, las abría de par en par y respiraba. Las dejaba abiertas para que el frío viento de la ciudad dispersara los pesados olores que nuestros cuerpos adolescentes exhalaban: a pobreza, a adolescencia sin desodorante y con poco uso del jabón.  El Loco vestía como los modelos de la revistas que tenía mi tía Piedad y en los días fríos llevaba sobre sus hombros una bufanda de lana o un pañuelo de seda.
 
La mirada del Loco Larenas era arrogante y amenazadora,  a través de sus gruesos lentes al punto de que nadie se atrevía a moverse. Con voz de actor, gruesa y pausada, leía las páginas de algún autor del Siglo de Oro. De pronto se detenía, sacaba un estilete de oro y se limpiaba las uñas. Respiraba a fondo y solo entonces nos daba lo que él llamaba «lecciones de vida». Una de ellas, la que vivía en mi sueño, era cómo seducir a las mujeres. No sabría decir si reproducía la escena de alguna película, la página de un libro o contaba embelesado su último y clandestino lance amoroso y para no dejarlo morir le contaba a su auditorio cautivo. La campana sonó cuando hablaba del brasier y de las medias de seda.
—El viejo cojudo habla huevadas —dijo E—. Yo les voy a enseñar la verdad.
Una semana más tarde, E nos llevó al cine Granda, donde un primo suyo trabajaba en la boletería. La película se llamaba Cómo aprendí a amar a las mujeres. Una tempestad de deseo insatisfecho sacudió la clase los días siguientes.
E miraba con desprecio todo lo que nos rodeaba. Nunca llevaba ni libros ni cuadernos excepto un diccionario español-italiano. Quería aprender italiano para viajar a Italia.
—Seré gigoló —decía― Me dedicaré a seducir a las señoras italianas en los ardientes veranos del Adriático. Viviré como rey.― Lo cierto fue que por primera vez escuchamos la palabra gigoló.

E era el más alto de la clase y se peinaba como un actor de cine, con abundante brillantina. El problema era que le olían los pies. Por eso le huíamos y, cuando alguien hacía mención del molesto olor, no dudaba en caerle a golpes. ¡Temible! Un señor trompón. En las broncas con los cadetes del Colegio Militar, luego de los partidos de básquet, era el primero en saltar y abrirse paso entre los uniformes grises. Lo seguíamos ciegamente hasta que la policía intervenía y nos separaba. Lo levantábamos en hombros junto a nuestros invencibles jugadores y recorríamos las calles alrededor del coliseo. En ese momento a nadie le importaba el olor de sus pies. ¡Era su momento de gloria!

Dejé la serie con mis recuerdos y pasé a la serie inglesa. De pronto, E apareció con su peinado la estilo de actor de los sesenta, era seducido por la mujer inglesa y hacían el amor. Fade to black, escriben los guionistas y la pantalla se hizo negra. En la siguiente escena, el marido de la inglesa, profesor de un colegio con pinta de hippie, había reemplazado al Loco Larenas en la clase de literatura de mi colegio. No salíamos de nuestro asombro. El profe de inglés tampoco. Nos miraba desconcertado e hizo lo único que podía hacer: recitar en inglés. Nadie entendía nada, ni él ni nosotros. Perdió la paciencia y comenzó a gritar:
—¡Shakespeare! ¡Shakespeare! ―Fue lo único que entendí.

Desperté pensando en E, que se quedó con la mujer del profe inglés. En la vida real, E dejó el colegio y le perdí la pista, o él perdió la mía, o los dos nos perdimos en los vericuetos de la vida. 

13:30. Videoalmuerzo con Pedro Emilio Pérez, mi corresponsal en Graneros, Rancagua, Chile. Me invitó ayer. Él ha preparado un ceviche al estilo de Quito, yo un lomo saltado al estilo peruano (seguí la receta en YouTube). Pedro vivió muchos años en estas tierras. ¡Tiene tantas historias! ¡Salud, Pedro! ¡Salud, Carlos! 

16:25. Márai: final de La mujer justa. La narración que hace Judit a su joven amante concluye con el relato de su relación con el hombre calvo. No es otro que el escritor amigo de juventud, Lázár, con quien Péter fue libre para jugar juegos en que se burlaban de los serios burgueses. Luego cada uno hará su vida y no se volverán a encontrar. Lázár tuvo su momento de gloria. Conoció a Judit cuando Péter le pidió a ella que fuera a hablar con su amigo escritor. Judit y el hombre calvo —como ella lo llama— se encuentran en Budapest, convertida en campo de batalla entre rusos y alemanes. Con él comparte los duros momentos de la guerra, el día a día, pero eso no fue suficiente para amarse. Da la impresión de una relación basada en un interés primario, por lo menos para ella: sobrevivir. Lázár ha renunciado a escribir. En palabras de Judit, «él estaba dispuesto a matar, a estrangular al escritor que había en él. Y se preparaba para ello de forma sistemática, con gran cautela. Igual que hace el asesino antes de cometer un delito […] Él no quería volver a escribir porque temía que cada palabra que escribiese … acabará en manos de bárbaros y traidores». Las más profundas dudas sobre su oficio —me refiero al escritor Márai— se plantean a través del testimonio de Judit. No solo sobre el destino de su obra, sino también sobre la condición del escritor. «Quién es y qué es, al fin, un escritor? ―se pregunta Judit― Un gran don nadie […] a veces le erigen una estatua o lo meten en la cárcel. Pero en realidad […] no es nada ni nadie para la sociedad». Escribir se ha convertido en un acto irrelevante. Las palabras han perdido su poder. El hombre calvo mirará impávido cómo el mundo, el que él conocía, vuela en pedazos a su alrededor, pero también su mundo interior. Judit lo acompañará como observadora en ese proceso de autodestrucción. El único placer del hombre calvo eran el vino y pronunciar en voz alta palabras en húngaro, voces cargadas de un sentido que Judit no entendió. Asombrada constataba que «Para él, la única patria era la lengua húngara. No por casualidad en los últimos tiempos solo leía diccionarios…, nada más, solo diccionarios. […] Ya no creía en la palabras… pero seguía amándolas, las paladeaba, las saboreaba». En esta parte final del monólogo, Judit no es Judit, es Márai y sus fantasmas. Es el escritor que no pudo renunciar a dejar en libertad a su personaje. La ficción fracasa.

19:42. Ha caído la noche en este sábado de abril. Noche diáfana . Mañana es Domingo de Ramos. El día pasó. Creo que bebí en exceso en el videoalmuerzo con Pedro Emilio y me duela la cabeza. He sentido la ausencia del viejo fumador.

[PANAL DE IDEAS]

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