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14 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
14 de Abril del 2020
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Diario de cuarentena XVII
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Mis compadres están lejos, lejísimos. Y si los veo otra vez, llevarán mascarilla, guantes y no podremos abrazarnos, ni beber en la cercanía alcohólica del «¡salud, hermano!» con el que vimos atardeceres, noches, madrugadas. ¿Bailaremos? ¿Cantaremos?

Lunes ,13 de abril de 2020

09:15. Desperté optimista. Puede tratarse del optimismo de los ingenuos que repiten que todo estará bien. No me importa. España ha dado un paso audaz. Después de China, sin esperar mucho, ha iniciado el retorno al trabajo y a las actividades cotidianas. Me resisto a usar la palabra «normalidad». Lo que es evidente es que no hay una caída dramática de las curvas de contagio y defunciones. Se habla de una meseta. El objetivo es que los sistemas de salud no colapsen, que los contagios y las muertes se conviertan en un goteo, incesante pero manejable.

Mi amigo Edison Palomeque, que vive en Atlanta, me envió anoche un artículo sobre lo que ocurre en Italia. Es un artículo demoledor desde su título: Bérgamo: la masacre que la patronal no quiso evitar. Bérgamo es él área mas afectada de Italia. Es una región que concentra grandes industrias en la que además se desmanteló el servicio público de salud. La patronal, los propietarios de esas industrias presionaron a las autoridades locales y al Gobierno para que no declarara una estricta cuarentena a fin de que las fábricas siguieran funcionando aún a costa de la salud y vida de los trabajadores. No solo eso, la patronal hizo campañas masivas de comunicación para mantener abiertas las fábricas privilegiando sus ganancias por sobre la salud de los trabajadores. No querían perder un centavo. Su presión funcionó hasta cuando los sindicatos obreros amenazaron con una huelga general y los contagios y las muertes alcanzaron niveles terribles. Al igual que en Ecuador, con menos dramatismo, los cadáveres no pudieron ocultarse y finalmente el Ejército tuvo que llevárselos a otras ciudades para sepultarlos. Es la otra cara del discurso del confinamiento como «concepto burgués» del sociólogo francés difundido por la BBC. El confinamiento fue presionado por los obreros contra una patronal que provocó «una masacre», como el autor del artículo califica lo acontecido en Bérgamo. Son las diversas lecturas de la pandemia.

23:30. El optimismo de la mañana se difuminó lentamente en una blancura lechosa, titilante. No soy yo el que dibuja en la pantalla. Ese blanco irreprochable se lanza hacia mí y comienza lentamente a deshacerme, a engullir mis manos, brazos, hombros, hasta que nada queda de mí, ni siquiera la débil voluntad de escribir. En el fondo sin fondo de aquella blancura lentamente que se ha transformado en noche, me llegan las estrofas de un poema: Compadre, quiero cambiar / mi caballo por su casa, / mi montura por su espejo, / mi cuchillo por su manta… / Si yo pudiera, mocito, / ese trato se cerraba. / Pero yo ya no soy yo, /ni mi casa es ya mi casa¿De quién es? No tengo caballo ni montura, solo un desgastado cuchillo de cocina que, felizmente, aún corta. Yo, ya no soy yo, ni mi tiempo es ya mi tiempo. Mis compadres están lejos, lejísimos. Y si los veo otra vez, llevarán mascarilla, guantes y no podremos abrazarnos, ni beber en la cercanía alcohólica del «¡salud, hermano!» con el que vimos atardeceres, noches, madrugadas. ¿Bailaremos? ¿Cantaremos? ¿Podrá cantar el Igor Guayasamín con mascarilla esos deliciosos huaynos del Alto Perú y los pasillos más tristemente alegres que se puedan escuchar en la faz de la tierra? ¿Podrá el Handel continuar con sus manos de arquitecto extrayendo sonidos mágicos de su cajón peruano?

Mi tiempo ya no es mi tiempo. Mi tiempo es pasado, ni siquiera es presente. El presente es una línea delgada y tránsfuga en la que es imposible vivir. Tal vez por eso, a esta hora de la noche, en el fondo lechoso de la luz que ha cubierto este día se dibujan como sombras pasajeras, difusas, los rasgos de los que se fueron. Por allí alguno se anima y se detiene. Hablamos como viejos camaradas de un tiempo que ya no nuestro. No les preocupa el presente. Se despiden afables y se van.

A su turno, los despedimos en toda la regla: con la informalidad de las lágrimas y formalidad vacía de las palabras, con abrazos y palmadas en la espalda, a veces con canciones o música, inevitablemente con un brindis y ese reiterativo «¡salud, hermano!». A veces escudado en la cobarde ausencia para blindarme de la tristeza y evitar que me arrastre como «las hojas secas del verano ardiente». Ellos y nosotros fuimos afortunados: los despedimos con el calor con el que la vida ilusa aún quiere arroparlos.

Definitivamente, mi tiempo ya no es mi tiempo. La inmisericorde pandemia ha desatado lágrimas solitarias, ha paralizado los abrazos, ha embozado los besos, ha clausurado anticipadamente el último adiós, ha marchitado tempranamente las flores que no acompañaron a los que se fueron, ha hecho de la tecnología el vicario de las palabras de consuelo que no consuelan, de sentimientos que no encuentran su camino; ha congelado las despedidas, ha trastocado los ritos funerarios en un apurado deshacerse de los cuerpos, no importa si fue padre, madre, abuelo, abuela, hijo, amigo, sobrino, vecino. Mi tiempo ya no es mi tiempo: los administradores de la muerte han eliminado el tiempo para las despedidas.

Leo con cierta irresponsable condescendencia la noticia de aquella familia que en un viejo cuatro por cuatro lleva el cadáver de uno de los suyos tratando de hacerlo pasar como dormido para enterrarlo en su pueblo. El vacío que deja la muerte sin rito de despedida es tan desolador como la muerte misma.

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Diario de cuarentena XVII
 
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