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4 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
4 de Mayo del 2020
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Diario de cuarentena XXVIII
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Hoy las grandes salas de cine son lugares de potencial contagio. Si se reabren, los sillones estarán protegidos por láminas de mica y separados por dos metros y medio de distancia, un verdadero viaje para robar un beso o una caricia.

Viernes, 1 de mayo de 2020

Un abrazo a la distancia a Raúl Borja. Sobran las palabras.

Sábado, 2 de mayo de 2020

10:35. Memoria cinéfila: Luego de la inevitable etapa de las películas de Isabel Sarli, en el cine Granada o en el Hollywood, y de los ahora clásicos western italianos, en el Capitol y en el Alameda, inicié el viaje por el CINE, en mayúsculas. Me enteré de la existencia de un cineclub en el desaparecido cine Fénix.  Cada sábado proyectaba una película. Los asistentes eran estudiantes —hombres y mujeres— de colegios católicos de Quito. Yo era estudiante del Mejía, colegio fiscal laico.
Las proyecciones eran organizadas por el doctor Campos. Nombrarlo en el cerrado mundillo intelectual y político quitensis era nombrar a un réprobo, a un cubano que había abandonado la venerada isla, a un «gusano». Tal calificativo sintetizaba cobardía, traición, lo peor de la conducta de un ser humano. Cuba era en ese momento, en 1967, un símbolo demasiado poderoso como para entender que alguien estuviera en desacuerdo o se opusiera a la Revolución. Era un momento en que las opciones eran blanco y negro, revolución y contrarrevolución. El dogmatismo era una virtud y cualquiera que buscase una tercera posición hacía de «tonto útil» del imperialismo y de la CIA.
A pesar de todo, fui al cineclub. De lo que recuerdo, el doctor Campos era calvo, un tanto pasado de peso y tenía un acento que nada tenía que ver con las erre que arrastrábamos incontrolables. Antes de cada película, el hombre presentaba al director y la obra, y al final procuraba suscitar un debate entre los asistentes.

Fueron varios sábados de cine. No sé cuántos. En perspectiva, debo reconocer que Campos era un tipo audaz, muy audaz, probablemente más innovador que muchos otros que militaban en la otra orilla. No de otra forma puede calificarse que exhibiera El evangelio según San Mateo, de Pasolini, censurada por el Vaticano por ser la obra de un ateo, anticlerical, homosexual y por presentar a un Cristo demasiado alejado de la iconografía reconocida por la Iglesia y las películas de Hollywood. La historia tiene sus vueltas: en 2014 el Vaticano reconoció que era la mejor película filmada sobre Cristo. En la provinciana capital, Campos nunca fue reconocido como un innovador de la forma de ver cine, de comprenderlo no solo como diversión, sino como arte. Sus opciones políticas sepultaron su aporte. La iniciativa de Campos fue anterior al Cine Club de la Casa de la Cultura y su actividad, contemporánea a la de Los Tzántzicos.

Para mí, el momento culminante de aquellos sábados de cine fue la proyección de Blow-Up, de Antonioni. Campos hizo una presentación del director. Pasolini y Antonioni era los jóvenes directores de algo llamado “neorrealismo italiano”. Para un grupo de muchachos entre los 16 y 18 años, aquellas palabras eran lo más cercano al mandarín. Luego vino la película y los comentarios de Campos: habló de los enfoques de la cámara, de los colores, del silencio. Demasiado para un público adolescente atrapado en una fascinante incomprensión y que lo único que deseaba era que dejara de hablar para juntarse con algún grupo de chicas e ir a tomar helados en la Amazonas.
Pasaron algunos años y volví a ver Blow-Up. Recién entonces comencé a desentrañar la compleja creación de Antonioni y aún en mi cabeza, años después, me inquieta. Pasolini y Antonioni marcaron con sus obras a varias generaciones de cinéfilos.

El cine en la gran sala fue duramente golpeado por el cine en casa. En el caso de mi ciudad, (aunque nunca la consideré mía) una tras otra, las grandes salas fueron cerrando y, como para absolver los numerosos pecados que allí se cometieron, se convirtieron en templos evangélicos. Parece un tendencia irreversible. Hoy las grandes salas de cine son lugares de potencial contagio. Si se reabren, los sillones estarán protegidos por láminas de mica y separados por dos metros y medio de distancia, un verdadero viaje para robar un beso o una caricia.

La gran película ha cedido el paso a la serie y los grandes dramas, a las imágenes en 3D que privilegian la acción. Algunas las disfruto, otras me aburren. ¿Qué opinaría el doctor Campos?

22:00. Releo las notas de este día. Me suenan a una añoranza añeja. Selecciono todo y estoy a punto de aplastar la tecla para borrarlas. Me resisto. «Ya están escritas», me digo y tienen derecho a permanecer.

[PANAL DE IDEAS]

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