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21 de Agosto del 2022
Ideas
Lectura: 11 minutos
21 de Agosto del 2022
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Diario de México: Jornada 5
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No deja de ser sorprendente que la unidad identitaria del movimiento indígena se vea cuestionada por el surgimiento de una posición clasista en su interior. Más sorprendente aún que quién suscribe el planteamiento sea el máximo dirigente de la CONAIE. ¿Desatará Leonidas Iza la lucha contra los «campesinos ricos y la burguesía indígena» al interior del movimiento indígena en el campo y en la ciudad? Al parecer el discurso sobre la identidad étnica tiene un límite: la división del mundo indígena en clases sociales. Sin lugar a duda, es un viraje estratégico del movimiento indígena o de algunos de sus dirigentes.

No escribiré sobre México y las sorpresas que tiene para el visitante. Mi propósito es cerrar las reflexiones en torno a Estallido, el libro de Iza, L; Tapia A; Madrid, A. Inicio este texto reproduciendo la frase con la que se inicia la tercera sección del libro:

«Octubre fue el crisol de las luchas que se venían gestando, en condiciones adversas, durante varios años; pero, sobre todo, fue un acelerador de la historia. Como pensaba Lenin: “hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas”.  […] La epopeya ensambló el levantamiento indígena y campesino con la revuelta del sector urbano. Las redes de solidaridad desbordan las fronteras del Estado nación y construyen internacionalismo proletario.» (Pág. 231)

Octubre/19 fue un parte aguas. La referencia al líder de la extinta Revolución Rusa tiene otra connotación, más allá de las afinidades ideológicas: Octubre/19 es el equivalente de la frustrada revolución de 1905 contra el zarismo. Para el futuro queda la réplica de 1917.

Cuatro son, para los autores, los aprendizajes de la experiencia octubrina. 1) Los nuevos repertorios de lucha; 2) Las dificultades; 3) La violencia; 4) La tareas pendientes para la «izquierda anticapitalista».  Los tres primeros son tratados, de una u otra forma a lo largo del libro, así que me concentraré en el de las tareas pendientes, pues define el proyecto futuro del movimiento indígena y de las fuerzas insurreccionales. 

Afirman los autores «Octubre raya en la epopeya […] No fue aún la revolución». (Pág. 281) ¿Por qué no lo lograron? La razón más importante fue «la vanidad y el espíritu de secta de la izquierda», que se contrapone a la capacidad de los dominantes, del «poder-realmente existente» que dio una «respuesta unitaria… a la Rebelión de octubre». La tarea futura es buscar la «unidad del campo popular […] para la transformación del Ecuador (obrero-campesina-indígena-popular, excluyendo a los campesinos ricos y burguesía indígena)». (Pág. 282) Es una unidad que excluye.

¿Dónde están los campesinos ricos y la burguesía indígena que serán excluidos del nuevo reino? ¿Acaso se concentran en Otavalo, entre los exitosos salineros de Bolívar o los comerciantes de verduras y tubérculos de Chimborazo que tienen estrechas relaciones con el mercado de la Costa? Lo nuevo desde la perspectiva de la CONAIE es poner en el tapete la existencia de esa «burguesía indígena» que debe ser excluida. Por lo demás es el rancio discurso de la ortodoxia marxista que se arrastra desde Lenin y que tuvo su momento de terror en la colectivización forzosa que llevó a cabo Stalin, en el maoísmo y su clímax en la Camboya de Pol-Pot: ningún campesino rico se salvó, ni ningún burgués, independientemente, de su condición étnica.

No deja de ser sorprendente que la unidad identitaria del movimiento indígena se vea cuestionada por el surgimiento de una posición clasista en su interior.  Más sorprendente aún que quién suscribe el planteamiento sea el máximo dirigente de la CONAIE. ¿Desatará Leonidas Iza la lucha contra los «campesinos ricos y la burguesía indígena» al interior del movimiento indígena en el campo y en la ciudad? Al parecer el discurso sobre la identidad étnica tiene un límite: la división del mundo indígena en clases sociales. Sin lugar a duda, es un viraje estratégico del movimiento indígena o de algunos de sus dirigentes. A renglón seguido se profundiza en este aspecto:

«La unidad (me imagino que la alcanzada en los días de la insurrección y la que se busca para el futuro) no debe torpedear el horizonte estratégico, a diferencia del planteamiento del multiculturalismo, el cual sostiene la idea de tolerancia de las diferencias, sin reparar en las desigualdad social y económica. La unidad entre sectores de la izquierda implica la igualdad de intereses en tanto proyecto anticapitalista.» (Pág. 283)

Sólo pueden ser parte de la unidad anticapitalista pobres y proletarios, a esta condición se debe subsumir cualquier identidad cultural específica y sus demandas particulares, de allí que se requiera el «fortalecimiento de una línea anticapitalista en el movimiento indígena». (Pág. 286) Las diferencias identitarias, culturales, no son relevantes. La propuesta hecha por la borda no sólo la larga reflexión sobre el movimiento indígena y los temas de identidad y diferencia que se iniciaron en Ecuador, con gran impacto en toda América Latina, desde los años 70, sino ente todo, los logros concretos que el movimiento indígena obtuvo en sus luchas históricas. El marxismo más ortodoxo, totalmente ausente de las luchas indígenas en los ochenta y noventa, vuelve a la palestra.

Un segundo aspecto es el rechazo radical del sistema de partidos y de la «pesadilla electoral», en la cual existe el riesgo de dilapidar «los sueños de Octubre». El único camino que queda es la insurrección. De allí que Junio/22 es necesariamente el corolario de Octubre/19. En esta perspectiva el horizonte de este pequeño y marginal país, en camino de convertirse en un narco país, está preñado de octubres y de junios.

No deja de ser sorprendente que la unidad identitaria del movimiento indígena se vea cuestionada por el surgimiento de una posición clasista en su interior. Más sorprendente aún que quién suscribe el planteamiento sea el máximo dirigente de la CONAIE

II.

Reflexión final:

«¿Qué se necesita para derrotar al capitalismo?»  se preguntan los autores al final del libro.  Yo me pregunto ¿Puede ser derrotado el capitalismo? No es una pregunta retórica. El socialismo real colapsó y lo que queda son pequeñas tragedias nacionales en unos pocos lugares del planeta lideradas por dictadores tropicales. La guerra que hoy se vive a nivel global y que es una escalada sin precedentes en la loca carrera por la extinción como especie, es entre dos grandes bloques con modelos políticos distintos y con una base económica similar de tipo capitalista. Unos viven en el leguaje de Estallido, «la ilusión democrática burguesa», otros bajo regímenes en que el Estado está presente en todos los poros de la sociedad: unos y otros disputan el control del mercado y la hegemonía política mundial. Uno y otro son esencial y profundamente capitalistas.

Sí, vivimos una crisis civilizatoria que se expresa en el cambio climático, en una inimaginable concentración de la riqueza en muy pocas manos, en el riesgo palpable de un cataclismo nuclear, en la evidencia de un planeta que ya no tiene recursos para atender las insaciables necesidades de la plaga humana, pero sobre todo porque el espíritu del capitalismo (que nada tiene que ver con el concepto de Max Weber) en su versión más pedestre que combina búsqueda de riqueza, privilegio como fines en sí mismos y un individualismo extremo, es parte del ADN social de la gran mayoría de la población mundial.

El gran triunfo del capitalismo, su presencia global, es haberse transformado en el ADN de la sociedad. Externamente se manifiesta en cada mensaje de WhatsApp, en cada TikTok, en cada video de YouTube, en cada like: es poderosa e irresistible la inercia social en que se sustenta el capitalismo. Es un ADN vinculado al artificio tecnológico ―que nos sujeta con más fuerza que la más poderosa jaula de acero―, y también a los más íntimos deseos del cuerpo. Atrapados en esa abigarrada red estamos convencidos de que gozamos de casi total libertad.

Las grandes «masas» viven con ese ADN; se rebelarían si alguien con suficiente poder les privaría del mismo. No importa si marchamos a la muerte colectiva, al desastre humanitario global o a la redención prometida en las grandes religiones: el capitalismo está allí, instalado en las sinapsis neuronales que condiciona la conducta colectiva. El capitalismo se convirtió en genética, en un habitus.  No requiere de una revolución para imponerse, ya está allí, en toda parte y lugar, es el dios terrenal que gobierna la vida del planeta. El capitalismo ya no se requiere del Estado para garantizar hegemonía y dominación sobre la humanidad.  

El filósofo judío alemán Walter Benjamin ―al verse atrapado entre los nazis que lo perseguían y el triunfante franquismo que fusilaba a republicanos, comunistas y anarquistas se suicidó en Portbou, España, un 26 de septiembre de 1940―, fue uno de los pensadores más lúcidos de la Escuela de Frankfurt y un marxista nada ortodoxo. A diferencia de Marx para quien la revolución era la locomotora que conduciría a la humanidad al futuro, Benjamin consideraba que la revolución era el freno de mano que el maquinista debía accionar antes de ser arrastrados al abismo por la ficción del progreso. Lo cierto es que ahora, en la segunda década del siglo XXI, 82 años después de su inmolación en Portbou, la locomotora a la que se refería el filósofo es un tren bala que no tiene conductor, que se gobierna por sí mismo más allá de la voluntad individual o colectiva de los humanos que enajenaron el conocimiento y la capacidad para detenerlo.

Es todo por hoy.

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