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21 de Agosto del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
21 de Agosto del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Dictadura de la crueldad
Día tras día, Venezuela ve salir, expulsados de su cuerpo, casi abortados, a cientos de miles de sus hijos. Se van sin volver la mirada atrás porque, como la mujer del Lot de las antiguas leyendas, temen convertirse, no en estatuas de sal, sino en cuerpos sin vida abandonados a la inclemencia de los desiertos sociales y geográficos. ¿Cómo no tener piedad de ellos?

La situación de Venezuela es cada vez más indescriptible e insostenible. Como parte de un proceso absolutamente maquiavélico, Maduro sigue reeligiéndose, una y otra vez, para convencerse de que en verdad es el legítimo jefe de Estado. Con su vozarrón de viejo camionero, grita a los cuatro vientos la verdad de que es el sucesor legítimo de Chávez, el héroe de la liberación del país. Y se ha convencido que basta serlo para que su legitimidad no pueda ser cuestionada por nadie. Chávez-mito ha llegado a constituirse en una suerte de demiurgo que concentra en sí la historia del país, su pasado, su presente en crisis, y un futuro en el que brillará para siempre la luz del progreso. Por eso Maduro, él y solo él, puesto que fue elegido para ello, redimirá al país de su pasado ominoso y lo conducirá hacia un futuro paradisíaco. Chávez, encarnado en Maduro, no fallará a Venezuela. 

Pensamiento villanamente simple, irreversible e impermeable a cualquier otra lógica. Chávez lo eligió. ¿Quién honestamente cuerdo, libre y justo puede dudar no solo de la palabra de Chávez sino de su encarnación en Maduro? Por eso él es bueno y justo, honorable y fiel. Por ende, cada vez que interviene en la política del país no hace otra cosa que seguir los lineamientos marcados por Chávez. Al tiempo que salva al país, consigue que el gran héroe permanezca vivo en la conciencia ciudadana. De alguna manera, mantener viva la imagen de Chávez es algo más que un acto reflejo medio lírico, sería un objetivo final de toda su política. Por supuesto, no se trata de un pensamiento delirante, sino más bien de una estrategia política obviamente perversa.

Día tras día, Venezuela ve salir, expulsados de su cuerpo, casi abortados, a cientos de miles de sus hijos. Se van sin volver la mirada atrás porque, como la mujer del Lot de las antiguas leyendas, temen convertirse, no en estatuas de sal, sino en cuerpos sin vida abandonados a la inclemencia de los desiertos sociales y geográficos. ¿Cómo no tener piedad de ellos?

El pueblo venezolano clama piedad y justicia. A esa piedad los países vecinos han respondido acogiendo a los que se atrevieron a abandonarlo todo con la fe de que habrá un espacio y un tiempo en los que vivirán mejor. ¿Pero se está realmente salvándolos? ¿Es que no buscan precisamente eso, salvación y no la piedad de una limosna que, en no pocos casos, solo retardaría el advenimiento de la muerte? Y se sabe que existen muchas formas de morir mientras se vive. Esos migrantes necesitarían algo más que una buena voluntad de los países que los acogen.

Nicaragua está gobernada desde hace muchos años por un incapaz corrupto convencido de que él representa la revolución sandinista que, a su parecer, cometió el grave error de pasar a la democracia representativa luego de la defenestración y asesinato de Somoza. Puesto que también él ahora es chavista, además de marxista y leninista, le pertenece la elección indefinida. ¿De qué otra manera se sostendrá la revolución nica sino con él en la presidencia? Lógica del perverso que es capaz de todo con tal de no perder los insanos privilegios del poder. A Ortega le importan un comino los cientos de nicaragüenses asesinados en las calles. Muy probablemente, hasta lo disfrute.

Carondelet ha reaccionado con demasiada tibieza que le deshonra. Parecería que por sus pasillos y en sus oficinas las enseñanzas del expresidente sigue estando muy presente en el quehacer político a través de sus fieles servidores que también sirven al actual mandatario. Se ha dado un importante paso en la descorreización del país en organismos e instituciones claves gracias a las acciones del CPCT. Pero es todavía poco frente a la presencia activa y eficaz del correato en espacios del poder político. 

Esas falsas revoluciones no constituyen más que un pérfido pretexto para instalar dictaduras avaladas por esa cohorte esclavizada que vive bien, en algunos casos con las migajas del poder, y en otros con sus abundancias. Esa cohorte que, como es lógico, se ha convertido en amplificador de las cínicas propuestas de Maduro y con la sádica crueldad de Ortega. 

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