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6 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
6 de Septiembre del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

De Dilma y la corrupción
Por sus obras los conoceréis. Dilma no es lanzada por sus enemigos políticos al pozo de los leones. Ella estuvo allí desde hace rato. Estuvo entre los mismos que más tarde la ofrecerían como víctima propiciatoria a los grandes relatos de honradez, lealtad y patriotismo que servirán para su condena. Ella, vieja luchadora, sabía de memoria que ni la política ni menos los políticos de esa clase pueden vivir sin la carroña social.

Quien se va de Quito pierde su banquito, cantaban los niños en las antiguas rondas escolares. Finalmente aconteció lo que ya se había previsto desde el primer día o desde la víspera de ese día en el que la presidenta Dilma Rousseff fuese temporalmente separada del poder. Ni ella misma creía que podría retornar a la oficina presidencial. Se fue, se dejó ir para no volver. Y sus lamentaciones son tan inútiles como sus confesiones de honradez.

La esposa del rey no solo debe ser honrada, debe siempre aparecer como tal. Y más aun en un medio en el que la corrupción se ha convertido en ser tan indispensable como el aire para respirar. ¿Cómo no saber que cualquiera de sus reales y supuestas acciones inadecuadas o ilegales no se volverían contra ella? La corrupción, cuando se introduce en el fondo de la existencia, se convierte en una suerte de condición de vida. Es decir, ya no se puede existir sino ahí, respirando y alimentándose de lo corrompido. En esos casos, la corrupción se convierte en una suerte de condición de existencia, no solo política, sino también social e incluso familiar.

El poder, cuando es extenso y sin límites, corrompe como la muerte. En efecto, salvo que se hallen intrínsecamente integrados a la vida los principios de honradez y lealtad, el poder conduce, tarde o temprano, a ese mundo en el que se tasan el bien y el mal como si se tratase de objetos vulgares. El poder corrompe tanto las conciencias como los lenguajes. Es el momento en el que se aprende a lazar a los cuatro vientos las grandes declaraciones de amor y honradez, de lealtad y de verdad para que lo escuche el mundo entero. Entonces, de súbito, el jefe de Estado, el gobernador, el diputado se convierte en apóstol y predicador incansable de la verdad como si se tratase de una cosa sin límites. Es el momento en el que el término corrupción se instala en sus lenguajes para acusar a los otros de corruptos como una suerte de estrategia para que su propia deshonestidad quede bien sellada lengua adentro y no corra el riesgo de expresarse. De esta manera el corrupto se vuelve adalid de la verdad y de la honradez. Los lobos se vestían de corderos, y no pocos de estos fueron fatalmente engañados.

Por sus obras los conoceréis. Dilma no es lanzada por sus enemigos políticos al pozo de los leones. Ella estuvo allí desde hace rato. Estuvo entre los mismos que más tarde la ofrecerían como víctima propiciatoria a los grandes relatos de honradez, lealtad y patriotismo que servirán para su condena. Ella, vieja luchadora, sabía de memoria que ni la política ni menos los políticos de esa clase pueden vivir sin la carroña social.

El poder corrompe porque muchos de los denominados políticos lo buscan tan solo como la única estrategia posible para construir su propia identidad. Y qué grave que alguien pretenda ser identificado en la vida y en el tiempo tan solo a través del poder. Eso quiere decir que psicológicamente se convirtieron en seres en el momento en el que asumieron el poder. Para ello tanto vale cualquier migaja de poder como la representación social más alta como la presidencia de un país o de un congreso o de un ejército o de una familia. En cualquiera de estos espacios, el poder concede la capacidad de dominar al otro, de hacerlo sentir débil y tan sometido que termine reconociendo que sin él no existiría. Sin mí eres nada: le dice el marido a la mujer, el padre al hijo, el patrono a su empleado, el ministro a su subalterno, el presidente al país entero.

Todo poder proviene del otro: verdad sencilla pero infinitamente incomprensible cuando se la menciona al margen de la ley y de la democracia. Cuando pensó en salvarse, Dilma aun creía que su presidencia procedía fundamentalmente de los millones de ciudadanos que la eligieron. Se olvidó de que ya no existían esos electores. Cuando un gobernante, quizás con estupor, toma conciencia de esta simple verdad, cae en la tentación de la tiranía perpetua porque sabe que carece de un piso suficiente que lo sostenga democráticamente. No hay que dejarse engañar, cuando no se recurre a la democracia, la corrupción denunciada es inmediatamente sustituida por otra corrupción disfrazada de honorabilidad. Por eso se habla de la reelección indefinida como si no se conociesen las turbias estrategias disponibles para ganar siempre todas las elecciones habidas y por haber.

Dilma pretende dar señales de vida política. ¿A qué grupo de corrupción irá a pedir posada para elaborar su duelo? Por de pronto, acudir a las masas que la eligieron sería tan erróneo como adquirir todos los guantes del mundo para que nadie vea el verdadero color de sus manos.

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