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13 de Agosto del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
13 de Agosto del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los dineros del Estado no son del poder
El ejercicio del poder, los éxitos y los fracasos del actual régimen no van a medirse ni a justificarse únicamente por su actitud inquebrantable frente a la corrupción de su antecesor y a la nueva que podría aparecer. Es indispensable que exista un coherente y sostenido plan de desarrollo que llegue y afecte positivamente al país.

Es absolutamente recurrente la queja de los ministerios, de la presidencia de la República de que no tienen dinero. No tengo dinero, dicen para justificar el hecho de que no se realizan las obras programadas y aquellas que ofrecieron en el calor embriagante y quizás malsano de las concentraciones populares para ganar votos, en las visitas a las ciudades y en los innumerables discursos de marras. En tiempo de elecciones, cada candidato se cree Midas que, con solo tocar, las cosas se convertirán en oro. Ese oro mágico que sostiene las ofertas que se repiten sin cesar a lo largo y ancho del país. Tiempos de las memorias en los que tan solo cambian los ofertantes y la fatua decoración de las ofertas. 

También de marras se ha convertido el discurso que da cuenta de las manos vacías y de las arcas fiscales enfermas de tisis originada por el malsano aire de la corrupción política.

La cronicidad de la pobreza y el subdesarrollo no provienen precisamente de la vida de los Estados sino de las falacias e incompetencias de gobernantes y administradores. ¿Es acaso pobre nuestro país que exporta no solo petróleo sino una inmensa cantidad de productos agrícolas, de productos elaborados, de bienes y servicios? Si realmente fuésemos pordioseros, ¿acaso los prestamistas internacionales aflojarían sus millones como si nada? Porque quienes aparecen como dueños del dinero a lo largo y ancho del mundo lo son, no porque dilapidan sus dineros sino porque los administran con austeridad y verdad. Los países son ricos no porque sean avaros sino porque no derrochan un solo centavo porque poseen administradores honestos. Honestidad: qué palabra tan pesadamente rara y vacía de sentido para el mundo de la corrupción democrática, particularmente aquella del tiempo correísta. 

El modelo de la riqueza y desarrollo no es El avaro de Moliere que no cesa de acumular y que evita toda inversión. Pero tampoco del dispendioso que solo piensa en el aquí y ahora y no coloca sus proyectos de vida en la ruta del futuro. Es dispendioso el gobernante de las manos sueltas que reparte las fortunas del Estado como capillos en cada visita a una ciudad. Existe una relación directa y lógica entre la solidez ética, ideológica y política de un gobernante y su capacidad de invertir en el desarrollo manteniendo un estricto y ético control del gasto. 

Desde luego que la corrupción no es ni generosidad administrativa y menos aun creatividad política. La corrupción posee una sola significación: robo. Por ende, el administrador, sea cual fuese, presidente, alcalde, ministro, que no cuida los bienes del Estado, es decir, los bienes de todos los ciudadanos, es un verdadero y auténtico ladrón y estafador. Sin tutías. El robo es evidentemente polisémico e involucra no solo al actor del mismo sino también a los cómplices y encubridores. 

Es preciso tomar en cuenta que el despilfarro y la ratería del gobierno de Correa y los suyos no solo constituyen el telón de fondo del escenario en el que se desenvuelve el actual régimen, que ya ha recorrido una buena parte de su período. Sino que es parte de lo que podría entenderse como una suerte de principio de la situación real. Sin embargo, el que el país haya quedado espeluznado ante semejante atraco a los bienes públicos no puede servir como una especie de gigantesca rémora que lo impida moverse hacia el futuro por el camino del desarrollo. Ya no son necesarias las lamentaciones sobre lo ocurrido pues ya caducó su tiempo. A la justicia le corresponde lo suyo. 

El ejercicio del poder, los éxitos y los fracasos del actual régimen no van a medirse ni a justificarse únicamente por su actitud inquebrantable frente a la corrupción de su antecesor y a la nueva que podría aparecer. Es indispensable que exista un coherente y sostenido plan de desarrollo que llegue y afecte positivamente al país entero. Sabemos que no hubo la tal mesa servida y que Correa y los suyos se fueron con el santo y la limosna. Que sea la justicia la que, sin rasgarse farisaicamente las vestiduras, los juzgue con la severidad que ameritan los delitos. Por ejemplo, el proyecto de la matriz energética no puede seguir escandalizando sin que la justicia y el mismo ejecutivo le den la importancia que merece. Pero el país no puede transformarse en eterna plañidera que deja pasar la oportunidad tanto de juzgar severamente el pasado como de re enrumbarlo hacia la justicia, la verdad y el desarrollo. 

Si el anterior régimen se encargó malévolamente de tapar su gigantesca corrupción con inútiles obras faraónicas, el actual no puede dejar que esa realidad lo impida caminar con pasos seguros hacia metas claras y seguras. El desarrollo no se consigue al pie del muro de las lamentaciones sino en el ejercicio claro, coherente y firme del poder. 

Pese a que quizás suene ya cansino, la descorreización del poder sigue siendo absolutamente indispensable para se ejecuten con eficiencia los proyectos presidenciales. El correísmo y los correístas constituyen una férrea rémora. La reciente renuncia de uno de los grandes correístas encargado de un tema clave como la educación superior, lo demuestra. ¿Por qué no aceptar, de una vez por todas, que el mono, aunque se vista de seda, mono queda? 

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