Back to top
13 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
13 de Abril del 2016
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

Dostoyevsky y los auténticos decadentes
No importa que Galo Chiriboga haya perfumado su accionar desde el árido discurso de la legalidad. Cualquiera puede darse cuenta que su comportamiento fue inmoral, y él mismo se está encargando de dejarlo claro a través del nerviosismo de sus intervenciones públicas.

Cada vez que mi perro Argos se roba alguna golosina o se le antoja destrozar, impunemente, algún zapato nuevo, va al patio y lo entierra con presteza para no ser descubierto. En efecto, los pastores alemanes no pueden viajar a Panamá para ocultar sus fechorías. Eso sí, los perros tienen una ventaja, no poseen el complejo sistema  psíquico de los humanos, y no se ven atormentados por su conciencia cuando han cometido alguna maldad. Un buen periódico enrollado es más que suficiente para que el perro argos deje el mal camino. ¿Pero que pasa con los humanos?

Las instituciones coercitivas no son en realidad las fuerzas que mueven al individuo a entender los linderos de su universo ético. El escritor ruso Fyodor Dostoyevsky, lo sabía muy bien, por eso  publicó, en 1866,  su extraordinaria novela Crimen y Castigo.  En el libro se narra las aventuras del joven bribón Rodión Raskólnikov. El personaje pasa penurias económicas que lo llevan a abandonar sus estudios, y como buen admirador del socialismo utópico francés considera que la culpa de todos sus males lo tienen los demás, es decir cualquiera que se vista mejor que él, o que tenga más dinero.

Impelido por su filosofía, y empeñado en proveerse de la vida aburguesada digna de San Petersburgo el protagonista asesina a una anciana usurera, y a su hermana, para robarse sus joyas. Este evento, no es percibido en inicio como un acto criminal sino como una gesta.

Rodión Románovich trata de racionalizar su acto criminal bajo la idea fija que él es una especie de  revolucionario, un nuevo Napoleón luchando una batalla de emancipación personal. Quiere convencerse a sí mismo que la usurera era malvada, que su hermana fue una baja necesaria, que el dinero que se robó constituye un símbolo de redistribución en un mundo injusto. Lo intenta. De verdad lo intenta. Pero es inútil. El joven no es un perrito que luego de enterrar el zapato de su amo se va de lo más tranquilo a perseguir gatos. Rodión Románovich es un ser cargado de una compleja estructura psíquica. Se siente culpable. Entierra las joyas, pero no basta. Su inconsciente empieza a florecer y su mente se llena de ideas fijas, sensaciones paranoides, y desvaríos. Un agente del orden nota su comportamiento errático, lo interroga, entiende que el joven está quebrantado y que ruega en silencio ser descubierto pues insinúa sutilmente su responsabilidad.

Románovich termina explotando. Primero lo confiesa todo a su infeliz compañera de aventuras, luego corre abiertamente a confirmar a las autoridades aquello que era evidente. Él es culpable, él es un criminal. Pide que lo castiguen. Ruega que lo castiguen. Solo el clima helado de Siberia, la celda incómoda, el garrote del guardia podrían proveer de alivio a su alma atormentada. El castigo, logra redimir el espíritu del infeliz que en algún momento trató de cubrir sus felonías con la racionalización revolucionaria del socialismo utópico.

Los líderes de la  revolución ciudadana me recuerdan al protagonista de la novela de Dostoyevsky. Estos han tratado durante años de racionalizar los verdaderos alcances de sus acciones a través del mito de la revolución socialista. Románovich trataba de convencerse a sí mismo que era una especie de Napoleón; nuestros líderes tienen comportamientos parecidos. Así pues, ante las  acusaciones sobre negocios millonarios del hermano del Presidente de la República con el Estado, el gobierno respondió con amenazas hacia los investigadores y los veedores que confirmaron las denuncias, acusándolos de ser enemigos de la revolución. Si una instancia civil, la Comisión Anticorrupción, realiza un ejercicio de contraloría social y denuncia irregularidades y corrupción, enseguida sus miembros son puestos en entredicho.   Si tres altos funcionarios afines a la revolución ciudadana, dos de ellos (para variar)  familiares del Presidente, se ven envueltos en un escándalo internacional por el uso de testaferros panameños, el sistema de propaganda gubernamental tratará desesperadamente de desviar la atención, e incluso se amedrentará de manera pública a los periodistas que han tocado el tema.

En efecto, al igual que el anti héroe de Crimen y Castigo, los  líderes de la revolución ciudadana continúan tratando de legitimar sus pequeños desaciertos en nombre de la pintoresca mitología que  han confeccionado a través de la recolección de torpes retazos ideológicos. Todo está de su lado: los medios oficiales, las instituciones y organismos de control, las funciones de estado, e incluso el afable fiscal general, quien paradójicamente es uno de los actores mencionados en el escándalo de los Panamá Papers, y quien aparentemente tiene suficiente paja en el rabo como para lanzar su propia línea de Panamá Hats.

Sin embargo no importa cuanto se invierta en justificar las irregularidades.  Los altos funcionarios  son seres humanos con vidas psíquicas complejas, y se ven envueltos en conflictos parecidos al de Rodión Raskólnikov. Todos se saben responsables, y la voz de su conciencia (la conciencia es como un fiscal, pero uno de verdad, no trucho) les debe estar planteando un exquisito monólogo interior de reproches. Los efectos de este tipo de conflictos están a la vista. Recuerde usted la patética imagen del primer mandatario, quien la semana pasada se puso a danzar un baile extático en compañía de su nutrido ejército de twitteros, mientras vociferaba a viva voz una canción de Los auténticos decadentes donde coreaba versos como "ya me cansé de ser tu fuente de dinero, voy a ponerte esa guitarra de sombrero". La banda escogida para aquel aquelarre no fue casual, ni tampoco puede verse como una simple broma.

En su obra de 1905, El chiste y su relación con lo inconsciente, Sigmund Freud plantea que los ejercicios lúdicos, como las bromas o los chistes, denotan elementos inconscientes que buscan ser sacados a la superficie. Si el Presidente de la República expele intensos alaridos de gozo al compás de Los auténticos decadentes, es una clara señal de que quiere describir las características de su proyecto político.

De igual modo, el fiscal general de la nación, don Galo Chiriboga, haciendo gala de una ausencia extraordinaria de glóbulos rojos en la cara, expone  frente a los medios de comunicación, que la propiedad administrada por su empresa offshore, se la ganó honradamente cuando se le concedió el manejo de un juicio contra un matrimonio alemán, como forma de pago para saldar una deuda. No hay nada que añadir. No importa que Chiriboga haya perfumado su accionar desde el árido discurso de la legalidad. Cualquiera puede darse cuenta que su comportamiento fue inmoral, y él mismo se está encargando de dejarlo claro a través del nerviosismo de sus intervenciones públicas.

El escritor norteamericano, Edgar Allan Poe, también manejó el tema de la culpa, y la manera en que el transgresor anhela ser castigado, de forma inconsciente. En su narración El corazón delator, Poe describe a un frío criminal que, convertido en un manojo de nervios, termina sacando a la luz su felonía a pesar de haberla ocultado de manera magistral.

Al igual que el personaje de  la novela de Dostoyevsky, todos aquellos que han cometido actos reprochables padecen una solitaria angustia, y anhelan que sus andanzas salgan a la luz para apaciguar su conciencia. Por eso no debe extrañarnos que altos funcionarios de la revolución ciudadana tengan comportamientos público erráticos, canten coros decadentes, y desnuden su nerviosismo en público. Están buscando desesperadamente  que los futuros organismos de control los pongan a disposición de la justicia. No me extrañaría que la próxima canción que entonen, una vez restaurada la institucionalidad democrática, sea un tema de Los prisioneros.

[PANAL DE IDEAS]

Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Rubén Darío Buitrón
Gonzalo Ordóñez
Luis Córdova-Alarcón
Andrés Jaramillo C.
Carlos Arcos Cabrera
Consuelo Albornoz Tinajero
Carlos Rivera
Crnl. (SP) Mario Pazmiño Silva

[RELA CIONA DAS]

El callejero fantasma de la muerte
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Un alcalde bajo sospecha
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Covid-19: el festín de los insumos médicos
Redacción Plan V
Limpiar la burocracia, tarea dura pero necesaria
Mariana Neira
La Comisión Internacional Anticorrupción de Moreno: ¿fiasco o estafa?
Fermín Vaca Santacruz
GALERÍA
Dostoyevsky y los auténticos decadentes
 
1


[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

"Las vacunas no tienen ideología": Juan Carlos Holguín
Fermín Vaca Santacruz
Aeroregional suspende sus vuelos desde Latacunga hacia México
Redacción Plan V
En 2020 hubo más de 200.000 alertas sobre explotación sexual infantil desde Ecuador
Redacción Plan V
Ecuador: así es la "cacería" de vacunas y cuáles son sus causas
Redacción Plan V

[MÁS LEÍ DAS]

La dura carta de una ex cónsul en España que acusa de abusos a Cristóbal Roldán
Redacción Plan V
Tres concejales correístas podrían decidir la suerte del alcalde Jorge Yunda
Fermín Vaca Santacruz
La Universidad Andina presentó su nueva oferta académica
Redacción Plan V
Crudo Ecuador y Juan Mateo Zúñiga, los reyes del Tik Tok, asesoran a Keiko Fujimori
Redacción Plan V