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15 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 11 minutos
15 de Septiembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Drogas y contemporaneidad: reto político y ético
¿Se ha pasado por alto la sencilla verdad de que el puesto que deja un micro traficante es inmediatamente ocupado por otro? Esta es la real historia que no cambiará mientras haya drogas que vender y clientes que la demanden. Llenar nuevamente las cárceles con pequeños traficantes ni es ni ha sido una buena alternativa. Ellos no son los responsables de la presencia de drogas en las calles.

En estos días, el tema de las drogas ha vuelto a ocupar la atención política y social. Por lo que está aconteciendo en algunas ciudades, especialmente en Guayaquil, respecto a la droga H (heroína mezclada con varias sustancias nocivas), el gobierno central se ha visto en la necesidad de revisar la tabla de cantidades que por cada droga podría llevar consigo un usador. Al gobierno le pareció que esta tabla era demasiado benigna y quizás incluso medio cómplice por cuanto permitía la tenencia de dosis, aparentemente, nada despreciables. El CONSEP, por su parte, no se demoró mucho en proponer una nueva tabla que reduce significativamente aquellas dosis. ¿Se trata, acaso, de un retroceso político y social?

En verdad, el problema de los usos de drogas no se halla precisamente en esa lista que, pese a todo, ha servido de protección a los usadores y también de subterfugio para algunos pequeños traficantes que, desde siempre, se convirtieron en la cabeza de turco de una realidad en la que ellos constituyen el penúltimo eslabón de un sistema infinitamente complejo e indudablemente perverso. ¿En dónde están los grandes traficantes? ¿En qué playas descansan de su gran trabajo consistente en atesorar increíbles fortunas? ¿Quién ha identificado los grandes negocios socialmente bendecidos y que sirven para lavar dineros de muy dudosos orígenes?

Desde luego que ni el CONSEP ni el gobierno central piensan que la temperatura está en las sábanas. Sin embargo, los pequeños traficantes desde un comienzo se convirtieron en las víctimas de una guerra que, probablemente, no ha tenido ni pies ni cabeza porque se propuso, no solo erradicar de la faz de la tierra las plantas de mariguana, de amapola y de coca sino también borrar del planeta mágico del deseo el supuesto y real placer ligado al uso de estas y de otras sustancias.

¿Se ha pasado por alto la sencilla verdad de que el puesto que deja un micro traficante es inmediatamente ocupado por otro? Esta es la real historia que no cambiará mientras haya drogas que vender y clientes que la demanden. Llenar nuevamente las cárceles con pequeños traficantes ni es ni ha sido una buena alternativa. Ellos no son los responsables de la presencia de drogas en las calles.

Para el poder, siempre ha sido relativamente fácil prohibir el acceso a la bienaventuranza de los placeres y los goces. Curiosamente, una prohibición que se halla en el inicio mismo de la imaginaria existencia humana. En el mito occidental de la creación, Yahvé, que ha hecho de la nada todas las cosas, ofrece este mundo de realidades a la primera pareja humana, con una sola salvedad, no podrán probar el fruto del árbol del bien y del mal ¿la mariguana? Apenas el creador les da las espaldas, la pareja primordial ya ha experimentado el maravilloso sabor del fruto prohibido.

La prohibición crea el deseo, lo sostiene y lo fortalece. Desde siempre, el objeto prohibido se transforma en objeto de deseo pues tan solo así se enfrenta al sujeto al sistema de leyes y de controles que se halla ligado íntimamente a la violencia del poder. En efecto, la prohibición no solo que coarta los procesos de satisfacción sino que también explicita la capacidad que posee el poder de administrar incluso aquello que forma parte de lo personal e íntimo. El poder es la capacidad que posee alguien de administrar la muerte. Por ejemplo, el cristianismo se apropió de la sexualidad en tanto dadora de placer. A lo largo de la historia, todos los poderes han pretendido apoderarse tanto de las rutas que conducen los objetos capaces de provocar placer y goce como del mismo placer. La cárcel del cristianismo se llama infierno. También nuestras cárceles son infiernos.

No es solo una sospecha sino una realidad histórica que si no se hubiese declarado la guerra a las drogas, en particular a la mariguana, los usos habrían sido significativamente menores e igualmente menores los riesgos de llegar a usos conflictivos y extremos de otras sustancias en sí mismas nocivas como la H o el krokodril. En efecto, el mal no se halla precisamente en la sustancia, incluso cuando puede llegar a ser altamente nociva. Pero la heroína no es mala, ni lo son la mariguana y la coca. De hecho resultan altamente beneficiosas para la salud si son adecuadamente utilizadas.

Sin embargo, es preciso reconocer que ninguna sociedad funcionaría si no contase con una especie de estado de frustración que da cuenta de que no es posible lograr la satisfacción de todos los deseos. No todo es posible porque es inviable una sociedad sin límites y regulaciones. Pero también es preciso reconocer que la sociedad se ha encargado de construir una especie de mega-mercado en el que se ofrecen todos los objetos listos a producir la suma de los placeres posibles. La nuestra es una sociedad eminentemente hedónica que no se amilana ni cuando se trata de crear las rutas para la satisfacción de los deseos ni cuando se trata de imaginar y de crear los objetos de satisfacción.

Si los placeres y los gozos son efímeros, también lo son los objetos que los producen. Lo que no es efímero es el deseo que actúa indefinidamente al ritmo de la existencia. Únicamente la muerte pone fin al deseo. Parte importante de los ejercicios del poder se expresa en su afán por controlar el deseo del otro, por limitarlo e incluso por apoderarse de él y convertirlo en uno de sus trofeos. Cuando el poder logra el control de los deseos, se convierte en tiranía o en religión.

Una de las propuestas de la psiquiatría ha sido acaparar para sí el campo del uso de drogas tratándolo como una enfermedad que debe ser tratada con medicamentos, ordinariamente, antidepresivos e inclusive con hospitalización y aislamientos. ¿Cuál sería la diferencia entre un sujeto adicto a la mariguana y otro sujeto hecho adicto (con frecuencia bajo presión) a un medicamento. ¿Qué cura ese medicamento?

El uso de drogas no es una enfermedad incluso cuando podría devenir conflictivo. Es probable que los excesos tengan que ver con una suerte de adhesión del sujeto al sufrimiento al que pretendería enfrentar, en unos casos, u ocultar en otros con los supuestos placeres que ofrecen las drogas. Es decir, así como en otras circunstancias, la comida o la bebida pueden convertirse en el síntoma de un sujeto, de igual manera acontece con el uso de drogas. Ello quiere decir que por sí mismo el uso de mariguana, por ejemplo, ni es una enfermedad ni tampoco su síntoma.

Socialmente es difícil aceptar y asumir estas diferencias. Para el discurso común que se halla atravesado y sostenido por una ética simple de bueno-malo, no es posible realizar las necesarias distinciones cuando lo que se halla en juego ya ha sido calificado de malo por el poder.

Si la lista de cantidades de sustancias que un sujeto podía llevar consigo para su uso personal fue algo inadecuada, había que revisarla. Esa lista no quería decir que el Estado estaba legitimando o legalizando los usos. Tan solo pretendía proteger al usador de los abusos de los que ha sido objeto por parte de la policía, y también proteger al pequeño traficante que era detenido, encarcelado y condenado con sentencias muchísimo más severas que otros actos delincuenciales, incluidos asesinatos y violaciones.

Desde luego que la venta de droga al menudeo constituye un problema social. Pero se halla a mil años luz de otros graves crímenes que pasan desapercibidos y por los que la sociedad no se escandaliza en igual o mayor dimensión. Por estafar al Estado, por apropiarse alegremente de dineros públicos, los implicados reciben penas que parecen alabanzas. La tabla y las modificaciones a la ley pretendían crear espacios de equidad jurídica y ética mas no promover ni el uso y menos aun el micro tráfico.

La verdad es que la disminución de las cantidades de sustancias que puede llevar consigo un sujeto cualquiera usador o micro traficante no va ni a disminuir ni a limitar el tráfico y el uso. Al respecto, es clara y absolutamente patética la historia de la humanidad. “Ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte”. El tema del micro tráfico merece miradas especiales porque, formando parte, casi siempre, de las estrategias de sobrevivencia, no tiene nada que ver con el gran tráfico cuyos actores forman el privilegiado grupo de los intocables.

Desde la prohibición y la penalización se ha maltratado a los usadores de múltiples formas, desde los malos tratos familiares y sociales hasta la pérdida de su valor como sujeto ante los otros. En efecto, a la mariguana se le confirió el poder de destituir al sujeto de su calidad de hijo y de ciudadano, de escolar y de amigo. El mariguanero pertenece a la hez social.

The Economist (marzo 2009) en su artículo Guerra a las drogas, dice: Han fallado los Estados y las políticas. La legalización es la solución menos mala. A lo largo de esta guerra se ha incrementado el número de sustancias. La H es una de ellas. Pero sobre todo, se ha incrementado la violencia ejercida en contra de los usadores que, sobre todo en estos casos casi extremos, requieren de benevolencia y atención.

[PANAL DE IDEAS]

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