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9 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 10 minutos
9 de Agosto del 2016
Gustavo Isch

Consultor político, experto en campañas electorales. 

Ecuador: all you need son mitos
El mito, por ejemplo, de que la crisis económica, sumada al desgaste del modelo de gobierno, el creciente rechazo de varios sectores sociales, el hastío de la gente hacia el estilo personal del mandatario anuncia la inevitable derrota del correismo. Si un error no puede cometerse en estas elecciones es subestimar al adversario, más aún si éste maneja a su antojo el aparato estatal, tiene recursos, controla la institucionalidad electoral y de control. Una campaña bien ejecutada puede, incluso en las condiciones más adversas posicionar una nueva versión del monstruo de Frankenstein, así sea en su edulcorada versión zombie.

Las elecciones, en sistemas democráticos, son procesos de competencia política organizados por una élite, en la que  varios grupos participan. Lo hacen para posicionarse en un campo y ganar en él un espacio de poder real o simbólico, en concordancia con sus intereses. Es una participación regulada, lo que en teoría significa que todos deben gozar de las mismas condiciones en términos equitativos, justos, conocidos, abiertos y transparentes. Debidamente informada, la gente elige una opción de  entre todas las que se le presentan, y para que ello ocurra se requiere la mediación de otro proceso: una campaña electoral.

En términos sencillos, una campaña electoral es el conjunto de acciones de comunicación política que los competidores desarrollan con la finalidad de influir en la opinión del público en general, y más específicamente, en la del  elector, para orientar sus preferencias y obtener su adhesión manifiesta a través del sufragio, en apoyo a  la oferta  que promueven.

Por cierto, el elector dispone de una limitada pero efectiva carta de opciones para consignar su decisión: votar a favor de algún candidato y su propuesta; anular su voto, lo que significa que no apoya a ninguno de los candidatos; y dejar la papeleta de votación en blanco, lo que sugiere que no está a favor ni en contra de alguno. No concurrir a votar es muestra de desinterés en la política.

Hasta ahí, todo parece claro y relativamente sencillo, gana quien más votos obtiene y pierden todos los demás; un sistema perfecto en el que cada uno cumple el rol que le corresponde y garantiza con ello la reproducción armónica del sistema, una y otra vez y en cada temporada. Sin embargo, no es tan simple como suena. La política finalmente es una construcción social que en mucho, se asienta y abastece en mitos y liturgias profundas, así como en otros mucho más recientes y endebles, masificados por la penetración de los canales de comunicación y las estrategias de campaña.

A menos de 200 días de las elecciones generales en el Ecuador, cabe repasar algunos de los mitos políticos más comunes y el modo en que se conectan con datos del fabulario pre-electoral autóctono:
En política no hay triunfadores absolutos. La sola presencia de fuerzas, tendencias y opiniones diferentes manifiestas en el proceso electoral implica que “el otro” existe, independientemente del número de votos alcanzados.

Tampoco hay perdedores absolutos. Una derrota electoral no implica la desaparición de un sujeto, y menos la de un colectivo; no justifica su anulación, y peor su sumisión por la fuerza y en abuso arbitrario de la institucionalidad jurídica a favor de la élite eventualmente en el poder. El perdedor existe más allá de la estadística de un sufragio, como un dato de la realidad que debe ser considerado, respetado e integrado a las políticas públicas que se implementen, en iguales condiciones que el resto de la sociedad.

Terminada una elección no es admisible una distinción entre electores y ciudadanos. Las personas lo son, antes de que alguien les señale cuáles requisitos debe cumplir para que el Estado le reconozca derechos, le exija obligaciones, le llame “ciudadano” y ya en el gobierno, le exprima hasta las tripas con impuestos. La gente, el pueblo –ese vocablo tan envilecido por la demagogia- es un conglomerado de individuos que, según el mito, deberían gozar de todos los derechos humanos reconocidos universalmente.

Hace mucho que políticos profesionales, analistas, consultores, y electores suspicaces, hemos entendido que hay varias formas de ganar y perder en una elección; a saber: acceder al cargo por el cual se compite es la más evidente; posicionarse como un actor político cuando antes el competidor era poco menos que un ilustre desconocido, también cuenta. Se puede ganar limpia y mayoritariamente, o mintiendo, negociando principios, alterando resultados, y con las manos atadas a los intereses de financistas y de grupos de presión. Mentir al electorado y atemorizar al contrario utilizando una estrategia sin escrúpulos, apalancada en una campaña de propaganda y publicidad permanente, viene siendo práctica común en países gobernados por el subdesarrollo. De igual modo, cuenta cuando se logra sumar votos suficientes para cogobernar, desde la oposición.  Todo esto demuestra que es un mito eso de que “siempre gana el mejor”

En el Ecuador, el escenario reelectoral chapotea entre pocas certezas y muchos mitos. Tres competidores manejan una estrategia electoral y están ya en campaña, ellos son CREO, Madera de Guerrero-PSC, y Alianza Pais. Todos los demás son contendientes menores cuyas estrategias giran alrededor de los ya mencionados, dado que aquellos son –al menos hasta el momento- los más opcionados.

Hay una clara alineación por tendencias que junta a las organizaciones participantes: dos de centro derecha, otra populista de derecha, y una de centroizquierda que existe precisamente en tanto espacio vacío en espera de ser ocupado.

En tercer lugar, la realidad fría como es, planta una alineación desde la visión derrotista de mínimos "Davidcitos" armados con hondas y piedras -que alcanzan en promedio el 2% de intención de voto, cada uno- lo cual los empuja a clamar por la unidad de todos, como ineludible condición para derrotar al "Goliath verdeflex" y su oscilante 30% de electorado cautivo y difunde otros mitos:

El mito de que el 58% quiere un candidato único es prueba de que si no se produce la unidad, el correismo volverá a ganar. La falacia de este mito radica en un error de apreciación que nace en la oposición, ya que un elector puede rechazar un candidato del oficialismo, pero ello no le obliga a votar por Guillermo Lasso, Cynthia Viteri, Lourdes Tibán, Alvaro Noboa o algún otro. De ahí el alto número de indecisos.

El mito de la invencibilidad de Correa. El 23F del 2014 demostró la falsedad de esta certeza. 

El mito de la invencibilidad de Lenin Moreno. Casi tan deleznable como la inocencia perdida del buen correísta. La precampaña viene golpeando la imagen del potencial candidato, al punto que sin aparecer oficialmente, pero siendo la carta más ganadora de AP, registra una caída en picada de su credibilidad e intención de voto, y aún la campaña no ha empezado.

El mito de que la crisis económica, sumada al desgaste del modelo de gobierno, el creciente rechazo de varios sectores sociales, el hastío de la gente hacia el estilo personal del mandatario anuncia la inevitable derrota del correismo.     Si un error no puede cometerse en estas elecciones es subestimar al adversario, más aún si éste maneja a su antojo el aparato estatal, tiene recursos, controla la institucionalidad electoral y de control.  Una campaña bien ejecutada puede, incluso en las condiciones más adversas posicionar una nueva versión del monstruo de Frankenstein, así sea en su edulcorada versión zombie.

El mito de que los militares no dejarán que se produzca un fraude electoral. Los militares ya no son ni la sombra de lo que eran, luego de ser tratados como la suela del zapato de civiles correistas. Los que quedan no parecen capaces ni siquiera de cazar un Pokémon.

El mito de que el tablero no está definido. Efectivamente, no se sabe el nombre del candidato oficialista, ni el de los candidatos a la Asamblea, o el del binomio presidencial; pero ¿ello realmente importa?     El error en este tema se produce por desconocimiento técnico: el tablero electoral es un espacio en permanente movimiento y cambia a partir de los actos de los jugadores, no al revés; esa confusión retarda la toma de decisiones de actores importantes -por ejemplo de la centro izquierda- Lo que importa es contar con un análisis de escenarios bien informado, un plan, una estrategia y recursos para sostenerla.

En definitiva, si la unidad de todos no es posible, tampoco lo es derrotar a Alianza País. No cabe duda que la gran mayoría de electores ecuatorianos ya no desperdiciarán su voto en dominguillos de papeleta; el elector finalmente decidirá por quien logre convencerlo de que puede sacarlo de la crisis y mejorar su situación.

Los mitos persisten mientras haya quien crea en ellos.

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