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24 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
24 de Julio del 2019
Luis Córdova-Alarcón

Es profesor agregado de la Universidad Central del Ecuador, experto en Derecho Internacional y Ciencia Política. 

Ecuador–EE.UU.: un satélite que cambia de órbita
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Lo llamativo es que no se cuestione la condición de satélite en la que se encuentra el Ecuador desde hace décadas y se enfilen todos los dardos únicamente hacia el centro de gravitación en torno al que hoy orbitamos: los EE.UU.

La reciente visita del Secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, a Guayaquil es el último episodio de una serie de acontecimientos que afianzan el retorno del Ecuador a la órbita de los Estados Unidos (EE.UU.). Dos decisiones del gobierno de Lenin Moreno son elocuentes. Por un lado, la utilización del aeropuerto de San Cristóbal, en Galápagos, por parte de efectivos militares estadounidenses, para combatir el narcotráfico y la pesca ilegal –según declaraciones del Ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín–; y, por otro lado, el retorno de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), principal soporte institucional de la Casa Blanca en materia de «ayuda» exterior.

No es extraño que este realineamiento despierte pasiones y visiones encontradas. Lo llamativo es que no se cuestione la condición de satélite en la que se encuentra el Ecuador desde hace décadas y se enfilen todos los dardos únicamente hacia el centro de gravitación en torno al que hoy orbitamos: los EE.UU. Justo es señalar que la vocación de satélite no es una innovación del gobierno de Lenin Moreno, sino más bien un rasgo de “normalidad” en la política exterior ecuatoriana. Su predecesor, Rafael Correa, tampoco fue esquivo ante esta tendencia y en líneas gruesas su política exterior se decantó por una órbita distinta: la de China. Ese cambio de órbita ha sido mal interpretado como un gesto de autonomía política, cuando en realidad se trató de un reflejo condicionado producto del poder de atracción que tuvo China durante el «boom de los commodities» (2002–2013).

Con Rafael Correa la política exterior fue asertiva y vehemente. Sin abandonar la conducta de satélite, instrumentalizó la política internacional para barnizar su imagen a cualquier costo. El asilo político a Julian Assange es muestra de aquello.

El gobierno de Lenin Moreno ha cambiado de órbita y persiste en actuar como satélite. ¿Qué es lo nuevo? Dos factores sirven para diferenciarlo respecto al gobierno de Rafael Correa. El primero es exógeno y tiene que ver con la fuerza centrípeta que a puesto en órbita al Ecuador. Con China, esta fuerza era mayoritariamente geoeconómica. La «diplomacia de la deuda» que esgrimió Pekín fue agresiva y efectiva. En Ecuador hay múltiples ejemplos que lo confirman. Basta ver los leoninos contratos mineros o la voraz venta anticipada de petróleo a favor de empresas chinas para constatar la aquiescencia con que actuó el régimen de Correa. En cambio, con EE.UU. hoy la fuerza de atracción es geopolítica. La peligrosa internacionalización de la crisis venezolana y la expansión del crimen organizado vinculado al narcotráfico, son dos «fuentes de amenazas» que gravitan en el gobierno de Lenin Moreno a favor de los dictámenes de Washington.

El segundo factor es endógeno. Con Rafael Correa la política exterior fue asertiva y vehemente. Sin abandonar la conducta de satélite, instrumentalizó la política internacional para barnizar su imagen a cualquier costo. El asilo político a Julian Assange es muestra de aquello. El gobierno de Correa se ancló en la lógica geoeconómica de China y promocionó tal subordinación como una «alianza estratégica» entre iguales. Su astucia fue inigualable. De su parte, un gobierno desteñido como el de Lenin Moreno no ofrece más entretenimiento que el de la inercia de ser un satélite más. Como el unicornio infantil de un carrusel, a la tercera vuelta se torna aburrido y cansón. El guion que sigue el gobierno de Moreno en materia de política exterior es conocido y su desenlace también. La dependencia del Ecuador se ha vuelto crónica.

El problema no radica solo en el polo de atracción en torno al que orbita el Ecuador, sino también en la condición de satélite a la que le han condenado los gobiernos de turno. Ante la falta de políticas innovadoras en seguridad, economía y defensa, el gobierno ecuatoriano prefiere optar por un guion prestado y conocido. Innovar siempre implica abrir nuevos caminos y asumir nuevos riesgos, algo que exige entereza y liderazgo, pero Lenin Moreno carece de ellos. Por eso prefiere la «zona de confort» que le brinda una órbita predecible y arcaica como la que ofrece el gobierno de Donald Trump para América Latina.

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