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16 de Junio del 2014
Ideas
Lectura: 5 minutos
16 de Junio del 2014
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Ecuador y Juan Manuel Santos
Santos pasa del presidente de la guerra al presidente de la paz. Con su victoria el desafío es muy alto para cumplir con el sueño más grande de Colombia. Pero eso no se lo puede hacer desde el simplismo y la bipolaridad.

El presidente Juan Manuel Santos ha tenido una de esas transformaciones políticas más extraordinarias en estos últimos cuatro años. De ministro de la guerra en el agresivo gobierno de Álvaro Uribe a candidato y presidente de la paz.

En marzo del 2008, hace seis años, el bombardeo colombiano a un campamento de las Farc ubicado en el poblado ecuatoriano de Angostura, puso a Santos en el ojo de la rabia ecuatoriana. Fue el jefe del operativo exitoso que acabó con  la vida del segundo hombre de las Farc, un golpe del cual el grupo guerrillero no se repondría más, un golpe con el cual empezó el desmoronamiento de la cúpula. Fue la primera y brutal muestra de que la cúpula guerrillera no era intocable, como la leyenda urbana había determinado.

Por entonces, el ministro Santos defendió las acciones militares, y fue denunciado en el Ecuador, en la Fiscalía de Lago Agrio, por asesinato. Cuando el Ecuador pasó a ser de nuevo el mejor amigo de Colombia Santos ya era Presidente de su país. El hecho de que se negara a ser el títere de Álvaro Uribe y manejarse con agenda propia en el tema de la relación con las Farc enojó al expresidente de la República, que inició una oposición furibunda al anuncio de las negociaciones de paz en La Habana.

Uribe y la ultraderecha colombiana lograron sembrar la percepción de que Santos estaba siendo manipulado por los negociadores guerrilleros. De que se buscaba una paz con impunidad, y de que la guerrilla buscaba imponer su agenda al pueblo colombiano. Y generaron otra percepción: ubicar a Santos como representante del llamado Castrochavismo imperante, según ellos, en Venezuela y otros países llamados bolivarianos. Es decir, que ganara Santos casi que equivalía a que las Farc se sentaran en la silla de Santander y los hilos de la política y economía colombianas iban a ser manejados nada menos que por Nicolás Maduro.

Los extremismos no son patrimonio de la derecha o de la izquierda, sino de los políticos acostumbrados a exagerar sus posiciones y a generar una guerra psicológica en las sociedades. Y eso es lo que pasa a menudo en estos tiempos de mediocridad bipolar, donde los unos ponen al frente a la derecha y al imperialismo, preferiblemente norteamericano, y los otros ponen al Castro y Chávez y a la izquierda como la némesis de los pueblos de la región.  No hemos avanzado nada. La simplificación con la que se maneja esta política es un insulto a la inteligencia de los  pueblos latinoamericanos. Parece una versión bufa y limitada de la guerra fría, la que se ha reinstalado en los palacios de gobierno de la región.

Someter a esa visión simplista y bipolar del proceso de guerra y paz en Colombia es hasta peligroso. Las negociaciones de paz en el país hermano son mucho más complejas y el resultado incierto. Aún si se lograran todas las expectativas del pueblo colombiano, que es el silenciamiento de las armas y la reparación de las víctimas, aún el proceso depende de múltiples factores que no se explican desde la limitada visión izquierda-derecha. Tiene que ver no solo con la reparación de las víctimas, sino con la inclusión de los guerrilleros y su entorno, la deriva en la lucha contra el narcotráfico, la administración de justicia en caso de crímenes atroces, las violaciones de derechos humanos por parte del Estado, los desplazados por la violencia, la recuperación y devolución de sus tierras…

Y uno de estos aspectos es el impacto que esta negociación y la consolidación del proceso tendrá en la órbita ecuatoriana. El país ha debido gastar recursos y personal militar en la frontera entre los dos países. Ha distraído fuerza pública importante para impedir una mayor contaminación del crimen organizado. El Ecuador ha debido lidiar con el problema humanitario de los refugiados y ha tomado medidas incluso regresivas en torno a la aceptación de las solicitudes de refugio. El país ha sido usado como puente, bodega o tránsito de narcóticos, personas, armas, precursores. Ha sido en varias ocasiones refugio de la guerrilla, su centro de logística e incluso de operaciones. El papel que el Estado ecuatoriano y la sociedad que lo alimenta no es fácil. El proceso de paz es también una batalla que tendrá sus impactos en el Ecuador e, independientemente de quien haya ganado la Presidencia de Colombia, nos compromete a fondo con su resultado.

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