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4 de Febrero del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
4 de Febrero del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Educación rural
A los actos de la corrupción les ligan fuertes lazos sutilmente camuflados. Mientras se construían las escuelas campesinas del milenio, se levantaba Yachay, la universidad del milenio, uno de los grandes y más tétricos ejemplos de la corrupción del correato: por un lado la gigantesca e inútil universidad para los sabios y, por otra, las inútiles escuelas para los niños campesinos.

¡Ah el correato y sus ínfulas de recreador y salvador de todo! Rodeado de los veinte sabios aduladores de palacio, dispuso que a la educación rural había que darle un giro de ciento ochenta grados. Y ese giro implicaba nada más y menos que mirar la nueva educación urbana y tomarla como modelo que debía implantase también en el campo. 

Entonces se propuso, apoyado en el coro de sus sabios aduladores, trasladar al mundo rural las representaciones urbanas sobre la educación. Ello implicó no pensar primero en los estudiantes y sus circunstancias sino en el sistema. Automáticamente, los estudiantes dejarían de ser campesinos o indígenas, cholos o montubios. Serían única y sencillamente estudiantes, como todo el resto de niñas y niños del país.

¡Para qué nombrar aquí a esa cohorte de sabios que dañó toda la educación del país desde la básica hasta la universitaria! Todos ellos insuflados de sabiduría!

¡Cómo se rasgaban farisaicamente las vestiduras esos sabios al despreciar la realidad en la que han vivido los campesinos, los indígenas, los montubios, los de la loma para arriba! De esas escuelitas levantadas en la loma y la selva y que intercambiaban saberes con las nubes y la lluvia. Esas escuelas en las que enseñaron el alfabeto y a escribir el nombre propio a miles de niñas y niños indígenas sacrificados maestros y maestras. Como lo hizo Gabriela Mistral que no exigió “escuelas del milenio” para aprender de sus alumnos del campo a mirar de otra manera tanto la chacra como la luna, la lluvia y el sentido de la existencia. 

Pero a los corruptos sabios del correato les dolió el alma mirar a niños y niñas de Colta encimados en la loma y reflejados en su laguna aprendiendo a leer y a escribir. Y se les partió el corazón en dos al constatar que esa educación contradecía los cánones de su revolución. 

Como en todo, se quedaron en las apariencias pues perversamente se resistieron a ver lo que realmente allí acontecía. Porque sus ojos estaban oscurecidos con el velo de la corrupción y el dinero, no quisieron mirar que la comunidad de campesinos e indígenas estaba contenta porque sus niños sí aprendían mucho en la escuelita mágica ubicada ahí no más, muy cerca de la casa, caminando por el otro chaquiñán o al otro lado del bosque o de la quebrada. Ahí no más. Aunque sí es cierto que no dejaron de anhelar que su escuelita fuese mejor, mucho mejor. 

Por supuesto que la mayoría de esas escuelas debió ser mejorada en todo sentido. Claro que eran pobres y algunas ciertamente precarias. Todas necesitaban una renovación física y administrativa. Era urgente reformularlas. Por ejemplo, no podían seguir siendo unidocentes. Pero no podían desaparecer sin ocasionar grandes y graves conflictos a la comunidad, a los adultos y sobre todo a niños y niñas. Pese a las numerosas precariedades indígenas y campesinas, el país ya no vive el tiempo de Huasipungo ni del Boletín y elegías de las mitas, pero tampoco desea ser víctima de los falsos profetas de un falso paraíso revolucionario. 

Para los sabios del correato aquello significaba un insulto a la equidad y a la libertad y también constituía una oportunidad calva para sembrar allí la pérfida semilla de la corrupción sabiamente disimulada en los pliegues de la revolución ciudadana. Hacer grandes escuelas del milenio que sustituirían a todas las escuelitas unidocentes se convirtió en la oportunidad calva para la corrupción correísta, es decir, para robar a dos manos mientras rezaban humildes el credo de la verde salvación. No les importó que niñas y niños campesinos e indígenas deban recorrer largas distancias para llegar a un centro educativo que no les era propio pues no los significaba. Llegar agotados y con el pensamiento en el retorno en medio del sol canicular o de la persistente lluvia de invierno. No les importó. Y una tras otra se inauguraron con bombos y platillos las escuelas de la corrupción. Oportunidad calva para fortalecer en el campesinado la revolución ciudadana marcada por la virtud de la rapiña. 

Los pueblos fueron paulatinamente quedando huérfanos de escuelitas y de profesores. Huérfanos de niños. Huérfanos de sí mismos. Porque muchos debieron recorrer a pie largos y rudos caminos para llegar a la nueva y maravillosa escuela. Otros utilizaron cualquier otro transporte y en las condiciones que fuesen para ir al otro lado de la loma. No pocos salieron de casa y ni llegaron a su escuela ni nunca más regresaron porque fueron conducidos como una carga más en camiones que se accidentaron. Pero esos sufrimientos, esas incomodidades, esas heridas y esas muertes les importaron un comino a Correa, a sus ministros y a los sabios de la educación. 

A los actos de la corrupción les ligan fuertes lazos sutilmente camuflados. Mientras se construían las escuelas campesinas del milenio, se levantaba Yachay, la universidad del milenio, uno de los grandes y más tétricos ejemplos de la corrupción del correato: por un lado la gigantesca e inútil universidad para los sabios y, por otra, las inútiles escuelas para los niños campesinos. 

¿Habrá salvación? Tal vez sí. Finalmente el presidente Moreno ha colocado al frente del ministerio de educación a una persona sensata, honorable y lúcida. De las primeras cosas que hace el Ministro es volver su mirada hacia esas escuelitas campesinas. Pero no un retorno estéril sino activo y nuevo. Ya no para repetir la precariedad escolar rural sino para vivificarla con nuevas políticas que respeten la originalidad del campo, de su pensamiento y su vida. 

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