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19 de Junio del 2017
Ideas
Lectura: 14 minutos
19 de Junio del 2017
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Los EEUU de Trump niegan 55 años de lucha ambiental
Pero si el trabajo pionero de Rachel Carson ,científica y escritora, fue el arranque del ambientalismo como un “asunto subversivo” que iba contra el núcleo del materialismo, el cientificismo y el control tecnológico e ingenieril de la naturaleza, fue también el inicio de la campaña de los grandes intereses capitalistas, tanto de fabricantes como de extractores de recursos naturales, contaminadores de toda laya, contra la conciencia ambiental.

Hace 55 años exactos la bióloga estadounidense Rachel Carson, publicó en tres entregas de la revista The New Yorker (el 16, 23 y 30 de junio de 1962) su trabajo “Silent Spring”, que luego, el 27 de septiembre, apareció como libro, convirtiéndose de inmediato en un superventas. Según el biólogo Sir David Attenborough, después de “El origen de las especies” de Charles Darwin, “Silent Spring” es probablemente el libro que más cambió al mundo científico. Tras esa frase ya no es necesario decir que ha aparecido en las listas de los mejores libros de ciencia de la historia, pero lo que sí hay que recalcar es algo mucho más importante: que ese libro es ampliamente considerado como el que dio inicio al movimiento ambientalista mundial.

En efecto, “Primavera silenciosa”, su título en español, logró interesar a una amplia audiencia, más allá del mundo científico; movilizó a la sociedad estadounidense y apenas ocho años después, en 1970, condujo a la creación de la Agencia de Protección Ambiental (EPA). Traducido de inmediato a numerosas lenguas, el libro “Primavera silenciosa” sembró en el mundo la conciencia de que las acciones del ser humano (entre ellas, los descubrimientos científicos) no son inocuas, y que pueden tener grave impacto en la Naturaleza y en la salud del propio ser humano. Eso desató, junto con la labor de otros naturalistas, biólogos y ecólogos del mundo entero, lo que llamamos movimiento ambientalista, en el que están ciudadanos comunes, y no necesariamente políticos o científicos, que ejecutan acciones políticas y sociales para detener o atenuar los perjuicios al medio ambiente.

Rachel Carson (1907-1964) ya estaba afectada por el cáncer cuando publicó el libro, y falleció dos años después, no sin antes comparecer ante el comité científico asesor del presidente John F. Kennedy, que respaldó la mayoría de las conclusiones de Carson en un informe el 15 de mayo de 1963, y ante un subcomité del Senado, al que hizo recomendaciones de política. A lo largo de esos meses, debido al avance de su cáncer, pudo aceptar muy pocas invitaciones, pero recibió numerosas condecoraciones y distinciones. Falleció el 14 de abril de 1964, de 56 años. La Medalla de la Libertad, la mayor condecoración civil de EEUU, le fue otorgada post mortem en 1980 por el presidente Jimmy Carter. Carson es también un símbolo del movimiento feminista y, en particular, de las mujeres en la ciencia.

Pero ¿por qué este libro es tan famoso y tuvo tan gigantescas consecuencias? Porque se trata de un libro de divulgación científica sobre los efectos nocivos que tiene el empleo masivo de productos químicos como los pesticidas, en particular el DDT y el grupo de los fenoles. Sin ser el primer libro que habló de la contaminación, el uso de un lenguaje transparente, el don para hacer párrafos interesantes, la abundante y sólida argumentación científica y los estremecedores ejemplos que emplea, trasladaron al gran público lo que ella y otros científicos estaban descubriendo, y que muchos tenían miedo de decir por temor a las grandes compañías químicas. “Primavera silenciosa” logró interesar a centenares de miles de lectores (antes del fin de año ya se habían editado 200.000 ejemplares), y no solo eso sino conmocionarlos y comprometerlos.

El libro inicia con una potente descripción de la desaparición de las aves, y por lo tanto de la ausencia de sus trinos en primavera, por el efecto letal de los pesticidas. Lo que podía haber sido el capítulo sobre el impacto en las aves se convirtió en la gran metáfora del libro: estamos acallando y destruyendo la naturaleza, y el veloz y admirable avance de la ciencia, en este caso de la química, al producir nuevos y más poderosos pesticidas, tiene unas consecuencias muy perniciosas para los seres vivientes. Como dice ella, más que pesticidas deberían llamarse “biocidas” porque, a través de la cadena alimenticia, el agua y el suelo, atacan a todo lo viviente.

Carson logró popularizar algo que hasta entonces lo sabían solo los científicos: cuáles son los procesos que tienen lugar en la naturaleza y cómo se alteran cuando hay agentes externos. Y proyectó con vibrante fuerza, sin exageraciones verbales sino con el dramatismo implícito en sus ejemplos reales, lo que puede esperarse en el futuro sobre la extinción de la vida y de la sociedad humana si es que deja expandir sin controles a la letal combinación de la ciencia y el interés económico.

De acuerdo con la ingeniera ambiental y experta en la obra de Carson, H. Patricia Hynes, “Primavera silenciosa” “alteró el balance del poder en el mundo. Desde entonces nadie puede vender tan fácilmente la contaminación como consecuencia necesaria del progreso”. Por supuesto, el impacto más directo del libro fue el movimiento para prohibir el uso del DDT en EEUU y en el mundo entero. Las leyes que, en casi todos los países, controlan el uso de insecticidas, herbicidas y fungicidas son una consecuencia directa del trabajo de Carson. La creación de la EPA también fue respuesta a otra preocupación suya: que no podía dejarse que el Departamento de Agricultura (USDA) fuese juez y parte promoviendo el desarrollo agrícola y el uso de pesticidas, sin parar mientes en sus efectos en el medio ambiente.

El uso de los pesticidas sintéticos se había desarrollado en EEUU después de la Segunda Guerra Mundial, a través de financiamiento militar de investigaciones y de los programas del USDA para erradicar plagas, que incluían la fumigación aérea con DDT y otros insecticidas mezclados con fuel oil (ejemplo copiado en la fumigación aérea de las bananeras en el Ecuador). Algunos propietarios de tierras y la sociedad ornitológica de EEUU, la Audubon Society, se oponían a estas fumigaciones indiscriminadas. Carson, bióloga marina y zoóloga, que ya había escrito en los años cincuenta otros libros, especialmente una trilogía sobre el mar, empleó cuatro años, con el apoyo parcial de la Audubon, en la investigación, en la que logró acumular sorprendentes evidencias de los daños fisiológicos y ambientales causados por el DDT y los demás pesticidas. Científicos hubo que compartieron con ella información reservada, alarmados de lo que estaba ocurriendo.

La noticia de que había alguien investigando movió al USDA y a las empresas químicas a publicar artículos e incluso a filmar películas defendiendo el uso de los pesticidas químicos. Para su mala suerte, justo a año seguido, en 1957, 1958 y 1959, se encontró que las cosechas de arándanos (cranberries) tenían altísima concentración del herbicida aminotriazol, por lo que el Gobierno tuvo que prohibir la venta de este fruto y de todos los productos que lo contuvieran. A Carson le indignaron las mentiras y agresiones que usó la industria química para negar la contundente prueba científica en las audiencias sobre los arándanos, pero el caso le sirvió para profundizar en el fenómeno de la bioacumulación: el hecho de que en la naturaleza los átomos de los químicos se acumulan y pueden perdurar en el tiempo y contagiar a otras plantas y animales. A la vez, estaba claro para ella que cada nueva generación de insectos desarrolla mayor resistencia a un pesticida, lo que hace necesario crear nuevos productos más potentes, en un cuento de nunca acabar (lo que hoy está pasando con los antibióticos, por ejemplo).

También investigó Carson en los Institutos Nacionales de Salud y especialmente en el Instituto Nacional del Cáncer, donde encontró que el jefe de la sección de cánceres ambientales, Dr. Wilhelm Hueper, ya tenía clasificados a muchos pesticidas como carcinogénicos. Para inicios de 1960 tenía muy avanzado el libro, pero cayó enferma y luego descubrió que tenía quistes en la mama; a fines de 1960 se sometió a una mastectomía. Sus problemas de salud retrasaron en dos años el libro. En 1961 apareció la metástasis del cáncer y tuvo que someterse a radiación, pero para entonces ya su libro estaba siendo revisado por colegas científicos, para asegurar que no había cometido errores.

Dupont, fabricante principal del DDT y otros pesticidas, y las compañías químicas American Cynamid y Velsicol, entablaron juicios contra la revista New Yorker y la editorial Houghton Mifflin, a la vez que aparecían muchos ataques personales contra la autora, de fuentes conocidas y anónimas, llamándola fanática, mentirosa, enemiga de la ciencia e incluso comunista, así como artículos, trípticos, folletos y películas que promovían y defendían el uso de los pesticidas, los que, decían, Carson quería prohibir por completo.

La bióloga nunca dijo que debía prohibirse el uso de todos los pesticidas químicos, aunque el último capítulo de su libro es un alegato a favor de lo que hoy llamamos agricultura orgánica. Pero por allí vino el ataque, pues se le acusó de querer regresar a la Edad de Piedra y dejar que los insectos portadores de enfermedades reinasen de nuevo en la Tierra y acabasen con la población humana. Lo que sostiene el libro es que programas como el de erradicación de la malaria pueden llegar a perder eficacia por la resistencia entre los mosquitos, por lo que aboga por el uso responsable y el manejo cuidadoso de los químicos.

Pero el libro también tuvo defensores: la principal edición, la del club del libro (Book-a-Month Club), de 150.000 ejemplares, apareció con un comentario del entonces conjuez de la Corte Suprema, William O. Douglas, apoyando la obra. Igual lo hizo la mayoría de la comunidad científica y de la opinión pública. En realidad, la campaña de la industria química resultó contraproducente, como han aprendido los relacionistas públicos del mundo: la controversia aumentó la conciencia pública sobre los daños potenciales de los pesticidas. A las empresas, que querían presentar a sus “respetados sabios” contra una “histérica alarmista”, les salió el tiro por la culata porque resultaba patente, en el nuevo medio de la televisión, el contraste entre los exaltados insultadores y críticos, y la figura de una mujer agradable, aunque delgada y enferma, exponiendo con calma y claridad sus argumentos.

Pero si el trabajo pionero de esta científica y escritora fue el arranque del ambientalismo como un “asunto subversivo” que iba contra el núcleo del materialismo, el cientificismo y el control tecnológico e ingenieril de la naturaleza, fue también el inicio de la campaña de los grandes intereses capitalistas, tanto de fabricantes como de extractores de recursos naturales, contaminadores de toda laya, contra la conciencia ambiental. Fue igualmente el comienzo de una escalada de gestiones para que los gobiernos no les pusieran restricciones. Ya Carson acusó a la industria química de diseminar información falsa y a los funcionarios públicos de aceptar lo que la industria decía. Desde entonces hasta hoy los ambientalistas han soportado los ataques más furibundos de los intereses empresariales y de los políticos que les respaldan.

Cincuenta y cinco años después, el paradigma del progreso científico que tuvo EEUU de la posguerra ha cambiado radicalmente: hoy se conoce mucho más el funcionamiento de los ecosistemas en particular y los perjuicios de los agentes externos. Y se ha avanzado mucho en entender el gran ecosistema mundo y los efectos perniciosos acumulados a lo largo de la Era Industrial sobre el clima de la Tierra. Pero, para vergüenza de la comunidad científica de EEUU y asombro del mundo, hoy gobierna ese país un especulador ignorante y fanfarrón, que desprecia la evidencia científica, y se ha rodeado de un conjunto de billonarios y magnates, que, movidos por sus intereses particulares, niegan el cambio climático y apoyan la explotación sin medida de la Naturaleza. Por ello, Donald Trump ya derogó los avances realizados por el presidente Barack Obama para mitigar la contaminación, dio luz verde a riesgosos proyectos de oleoductos negados por aquel, puso a un declarado enemigo de la EPA al frente de ella y retiró a EEUU del pacto climático mundial alcanzado en París. EEUU ha renunciado, así, al liderazgo mundial que ha tenido en estos temas a partir de Rachel Carson, y se coloca de espaldas a la historia.

[PANAL DE IDEAS]

Patricio Moncayo
Fernando López Milán
Rodrigo Tenorio Ambrossi
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Carlos Arcos Cabrera
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