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27 de Mayo del 2022
Ideas
Lectura: 10 minutos
27 de Mayo del 2022
Christian Escobar Jiménez

Profesor de la Facultad de CC.HH. de la PUCE. 

Los Égüez y lo público
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Los organismos de control deben investigar estos y otros casos en los que recursos públicos han sido invertidos en supuestas campañas de promoción cultural que parecen tener mucho más de favoritismos y conexiones políticas que de resultados a la hora de crear arte o de difundir la lectura en la población.

En una entrevista sobre su magnífica novela Siberia, la escritora Daniela Alcívar Bellolio dice que la primera edición ecuatoriana de su novela (publicada después en 2019 por la editorial española Candaya) tuvo un tiraje “absurdo” de 45.000 ejemplares.

Por supuesto que es un tiraje excesivo que no se corresponde a la sociedad en la que se produce. Según una encuesta del INEC de 2012 sobre hábitos lectores, el 75% de los ecuatorianos mayores de 16 años lee, pero dedica menos de una hora a la semana a hacerlo y ese tiempo se emplea más en diarios y lecturas escolares obligatorias.

Según datos de la UNESCO de 2011, en el Ecuador se leía un promedio de medio libro por año. Con los datos anteriores, resulta muy difícil comprender la enorme cantidad del tiraje y muy simple entender que en el Ecuador la lectura se concentra en muy pocas personas que elevan ese pírrico promedio. En nuestro país no se consumen libros de forma masiva y las condiciones son muy difíciles para tener un mercado librero, tanto por la cantidad de población, como por sus hábitos lectores.

Entonces, como puede dar fe cualquier pequeño editor nacional, ¿cómo es posible un tiraje de 45.000 ejemplares en un país como éste, algo que es imposible incluso para casas editoriales con penetración en toda Hispanoamérica? La explicación es simple, pero tiene aristas un tanto más complejas. Daniela Alcívar fue finalista en el año 2018 del Premio “La Linares” de novela breve, auspiciado por la Campaña de lectura “Eugenio Espejo”, dirigida desde más o menos el año 2002 por el escritor Iván Égüez, autor de la gran novela que da título al premio. Daniela recibió una mención en este concurso y eso supuso la publicación de su libro con esa cantidad de ejemplares. Pero ¿por qué son tan altos lo tirajes? Porque la distribución de los libros está anclada al pago de servicios básicos como agua y luz. Es posible que el valor de los libros se incluya en la planilla de luz. Si usted paga ese rubro (básicamente todos quienes tienen una casa y no piratean los servicios), por un pago adicional tendrá un libro en su casa. Además, puede recibir, ya sea incluido en el primer pago o por otro pago adicional, ejemplares de revistas culturales de la Campaña, como Babieca, dedicada al cine, o Rocinante, especializada en literatura.

Según su página web, la Campaña ha construido una red de lectores con por lo menos 60.000 clientes, en asociación con la Empresa Eléctrica Quito, ETAPA de Cuenca, la Empresa Municipal de Alcantarillado y Agua Potable, EMAAP de Quito y otras instancias similares. Además, reivindica haber distribuido 1´834.900 libros por medio de muni­ci­pios, universidades, ONG, gre­mios y empresas de servicio público masivo.

Además de esta forma de distribución, para quienes hemos rondado las tiendas quiteñas de libros, sabemos que tienen presencia en la Universidad Andina (donde su hermano Pavel Égüez ha pintado dos murales), en islas en centros comerciales, en la librería de Ciespal o en su propio centro cultural: la casa Égüez, una enorme casona ubicada a pocos metros del parque El Ejido y que funciona desde el año 2017.

Todos quienes hemos frecuentado locales de libros usados nos hemos encontrado con montones y montones de los pequeños libritos de la campaña, vendiéndose sin que se les haya quitado siquiera el plástico protector, lo que implica que nadie los leyó.

Entonces, el fenómeno se explica solo. No son lectores quienes compran estos libros, sino quienes están suscritos a los servicios públicos, por eso después se venden masivamente sin siquiera haber sido hojeados.

Los organismos de control deben investigar estos y otros casos en los que recursos públicos han sido invertidos en supuestas campañas de promoción cultural que parecen tener mucho más de favoritismos y conexiones políticas que de resultados a la hora de crear arte o de difundir la lectura en la población.

Imagínese que cada vez que pasa por un peaje usted tiene la posibilidad de comprar agua embotellada que le ofertan en el mismo servicio, pero esta oferta se reduce a una sola marca embotelladora. ¿Qué dirían las demás marcas embotelladoras? Seguramente se preguntarían cómo hizo esa marca para conseguir tal prebenda en un servicio público y mantenerla por décadas. Pues sí, ni más ni menos es así. A propósito de difundir la cultura, se ha anclado una empresa editorial a servicios públicos, aunque no hay cifras de cuántos de estos libros realmente se leen o si, efectivamente, a los abonados realmente les interesan.

La Casa Égüez también está dirigida por el muralista Pavel Égüez, hermano de Iván, un anacrónico pintor de bodrios imposibles como los murales del edificio de la Fiscalía General del Estado en la Av. Patria, de varios complejos judiciales alrededor del país, de los edificios de la Universidad Andina en la calle Toledo, etc.

En los últimos meses ha vuelto a la palestra pública por ser el ganador, sin licitación de por medio, de un contrato por casi medio millón de dólares para pintar un mural en el edificio del Consejo Provincial de Pichincha, como conmemoración del bicentenario. Por sus murales, el Estado, los contribuyentes (sí, usted y yo), hemos financiado al pintor Égüez, quien, como justificación de su contratación, fue declarado por Rafael Correa y la prefecta Paola Pabón, preclaros conocedores de arte, como “el mejor muralista vivo ecuatoriano”.

Las contrataciones que Égüez ha tenido con el Estado han sido bajo régimen especial (una fórmula bajo la cual no se licitaba) y la información se la puede encontrar fácilmente en internet. Aunque en el arte todo es subjetivo, me atrevo a dudar de la aseveración de Correa y Pabón. Para ello basta ver el mural de la Fiscalía, cuyos temas repiten hasta el hartazgo los de la sala del pleno de la Asamblea Nacional; a fin de cuentas, Égüez fue ayudante de Oswaldo Guayasamín.

Las caras de Febres Cordero, Allende, Pinochet simplifican para el artista el problema de representar la opresión y la lucha de clases. Sencillamente, Égüez, nuestro mejor muralista, recurre al arquetipo o introduce textos como “por nuestros hijos hasta la vida” para ilustrar su idea. Ese mural se reduce a meras citas de cara y texto. La obra de Égüez es un atajo de la expresión y una reducción del dolor. La desaparición de los hermanos Restrepo queda en mera anécdota, pedagogía e ilustración de la gran idea. Ante su inhabilidad o pereza, Égüez usa caras y frases conocidas, porque sus obras mismas no pueden expresar su idea. Su obra es una cita sin normas APA. Con este nuevo mural, Égüez es la muestra de que si usted cree que después de lo malísimo, nada puede empeorar, pues sí que puede. De otra manera, a Correa no le habría sucedido un Moreno y después un Lasso que va peleándola muy de cerca.

Los dos hermanos Égüez se han declarado socialistas consumados, cercanos siempre a la Revolución ciudadana, y han hecho gala de para qué sirve lo público en ese socialismo dudoso: para financiarse con dinero estatal. Con el pretexto de las bondades de la cultura y la imposibilidad de darle valor monetario a las obras, parece que estas prácticas no pueden objetarse.

Un tercio del presupuesto del Consejo Provincial de Pichincha para cultura se fue en ese horror pictórico. Pabón siguió la línea dejada por el correísmo en la cultura y en casi cualquier otro rubro. Precios exorbitantes, en los que Ecuador simula a Suiza, pero sin los resultados, y en los que las contrataciones se concentran en muy pocas manos.

Los organismos de control deben investigar estos y otros casos en los que recursos públicos han sido invertidos en supuestas campañas de promoción cultural que parecen tener mucho más de favoritismos y conexiones políticas que de resultados a la hora de crear arte o de difundir la lectura en la población.

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